Los tatuajes marcan tendencia en el fútbol | La intrahistoria

Todo comenzó con 'El Gusano' Rodman

La NBA mira con recelo esta moda

Alejandro Delmás
Importado de Hercules
Actualizado a

Hasta que irrumpieron los 90 y Dennis Rodman, El Gusano, los tatuajes eran algo extraño: incluso en la NBA. Pero, hacia 1991, Rodman, que durante siete temporadas iba a ser el máximo reboteador en la gran Liga estadounidense, le vio la punta al asunto: lo de "punta" es literal. "Disfruto con muchas cosas de Dennis, incluso con las caras de dolor y de alivio que pone antes de jugar, cuando tiene que extraerse los aretes presurizados de sus partes bajas", dijo una vez Phil Jackson cuando entrenaba a los Bulls de Rodman y de Michael Jordan. Esos aretes los conoció bien Madonna. "No pondría a Dennis como ejemplo para mis hijos", lanzó Jordan, poco o nada tatuado. El tatuaje estrella de Rodman era un delfín emergente entre el sol.

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Pero Jordan dijo eso porque, en realidad, las modas de los tatuajes y los pañuelos anudados a la cabeza hunden sus raíces en una mística a medias carcelaria, a medias de gueto, que a la NBA no gusta. En 1996, por la puerta que abrió Rodman se coló el ex recluso Allen Iverson, que se tatuaba con su alias: The Answer. (La Respuesta). Ese fue el nombre que Reebok impuso al modelo de zapatillas que Iverson iba a usar en la NBA. La última respuesta de la ley a The Answer ha sido un reciente multazo de 260.000 dólares por consentir la paliza de uno de sus guardaespaldas al dueño de un club de lujo, en Washington D. C.

Tras Rodman e Iverson, el diluvio. Diluvio de tatuajes sobre la NBA, inundada por la mística del gueto: The Brotherhood, The Hood: La Hermandad. Hood es también la capucha de los chubasqueros de lana que usan ciertas estrellitas, como LeBron James, tatuado con la leyenda The Chosen One (El Elegido). Mike Tyson se pintarrajeaba el cuerpo con las caras de Mao, el Ché Guevara y el tenista Arthur Ashe. "La belleza salvará al mundo" puede leerse, en serbocroata, en el brazo del tenista Janko Tipsarevic. Eso escribió Dostoievski, en El Idiota. Al fin, desde El Gusano, llegamos a la belleza. Algo es algo

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