Chelsea - Barcelona | La contracrónica

Andrés, el héroe

El Barcelona ya lo ha probado todo este año, y casi todo bueno. Anoche en Londres supo del sabor del heroísmo, y comprobó que era duro, difícil, pero lleva a las lágrimas de alegría.

Iniesta celebra el gol conseguido junto a sus compañeros.
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Lágrimas. Confieso que cuando terminó el partido sentí una intensa emoción viendo a Iniesta y a los demás, a Guardiola, a los que jugaron y a los que miraron, celebrar este empate como si fuera la victoria total. El partido fue una preparación difícil para este instante. Alcanzar el empate fue como vencer un maleficio. Era simbólico que lo rompiera Iniesta. Y ver a este tipo sencillo, juvenil y pálido desprenderse de la camiseta para contagiar su alegría me devolvió a los momentos más emocionantes de mi fe futbolística.

Empate. Este Barça no está acostumbrado a estas señales de alarma que anoche duraron prácticamente todo el partido. Mientras iba siendo evidente que la ansiedad iba a romper incluso la puntería, pensaba en algunos vacíos: por ejemplo, el que deja Henry en el equipo; su elegancia es un buen antídoto para jugar contra la marrullería sintomática del Chelsea. Pero no estaba. El otro vacío era el del juego al que el equipo nos tiene acostumbrados. El Chelsea no le dejó, y eso se sabía. Se echaba en falta, entonces, una táctica de berbiquí, para la cual Messi es el más dotado. Pero los ingleses hicieron del catenaccio una de sus malas artes, y Messi se perdió en la desesperanza. Hasta que acertó, e Iniesta fue su beneficiario.

La lucha. Carlos Martínez dijo en Canal+, cuando el partido iba uno-cero y acababa ya así, que convenía rezar al dios del fútbol. Ya sabemos quién es el dios del fútbol, se llama Andrés, es tímido y es de Albacete. Es buena persona y anoche me hizo llorar. Qué más puede decir uno de una victoria tan rara, tan consistente, que mete al Barça en una final que pondrá a prueba una nueva historia del fútbol.

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Roma. El Manchester es capaz de dejar jugar, y así el Barça juega mejor. Ayer se agarrotó el equipo; Alves fue uno de los grandes vacíos del encuentro. Este equipo es capaz de heroísmos, pero no debe tentar la suerte. Por cierto, hablando de suerte, cuando entró Belletti en el campo me entró un sudor frío, porque él simboliza una victoria azulgrana, y ahora hubiera simbolizado lo contrario. Quedó atrás el maleficio, gracias a un chico que no se parece a nadie y que juega como si estuviera descalzo en el patio de un colegio rural.

La emoción. El fútbol es para esto. Para ver cómo un entrenador joven, en el que sólo confiaba la suerte, recorre la banda, lleno de alegría, para celebrar que se produce otro milagro, uno más de los que él ya ha fabricado. Su abrazo a Messi es la imagen de una época, es decir, de un equipo que él ha hecho. En esa constelación de dioses del fútbol, Guardiola tiene reservada una estrella muy grande.

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