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San Juanfran mártir

Liga BBVA | Real Madrid 3 - Osasuna 1

San Juanfran mártir

San Juanfran mártir

Pérez Burrull le expulsó por fingir en dos penaltis que fueron claros. Ramos empató ayudado por un error de Roberto. Higuaín y Robben sentenciaron

Cualquier generalización sobre el gremio arbitral resulta por principio injusta. Existirán y habrán existido árbitros ecuánimes y ponderados, y seguiremos viendo, no sin cierta sorpresa, muchachos que encuentran su vocación en la atención a las reglas antes que en el juego mismo. Hay gente para todo. Sin embargo, atendidas las buenas intenciones, el árbitro bueno continúa siendo una maravillosa salvedad, una perla en un mejillón. Lo frecuente es el árbitro vengativo o temeroso, el pelota, el pistolero. Los tipos son diversos. Y Pérez Burrull representó ayer las peores condiciones de la tipología arbitral. Erró en lo humano y en lo divino, se equivocó en el fondo y en la forma, en lo ligero y en lo fundamental. Y lo que es más terrible: nos arrebató el partido, el suspense, la proeza.

Osasuna está en su derecho de presentar una denuncia en La Haya, pero también deberían quejarse los madridistas, que han de soportar cómo se les reprocha la inoperancia ajena, la ayuda no requerida, el favor pastoso. Tal vez en ese mundo ideal de lamentos generales, que incluyeran a beneficiados y ofendidos, los árbitros no encontrarían escapatoria ni palmadita, aunque es mucho suponer.

Las jugadas que retrataron a Pérez Burrull fueron tan estruendosas que lo invadieron todo. En la primera, Juanfran fue derribado por Gago cuando se internaba dentro del área. La falta no permitía el debate, la zancadilla era doble, la intercepción rotunda. Corría el minuto 13 y el partido estaba empatado a cero. Pérez Burrull no sólo pasó por alto el penalti, sino que enseñó tarjeta amarilla a la víctima por haber fingido.

El fingimiento es asunto que merece capítulo aparte. Distinguirlo del amor o el dolor verdadero es una cuestión que está reservada al cielo o al polígrafo. El ojo humano, incluso el arbitral, sólo está capacitado para detectar el fingimiento zafio, el piscinazo a dos metros del defensa, la caída teatral que simula una explosión de mortero. Buscar la trampa cuando hay cercanía e incluso contacto entre los jugadores no hace sino demostrar la manía persecutoria y paranoide de muchos de nuestros colegiados, convencidos de que el mundo conspira en su contra.

En el minuto 82, con el Madrid por delante (2-1), se repitió cruelmente la jugada. Juanfran encaró dentro del área y esta vez Pepe le pisó el pie de arranque provocando su caída inapelable. Pérez Burrull tuvo en esta ocasión un impulso de lucidez y silbó en dirección al punto de penalti. De pronto, sin embargo, cambió de parecer. Su auxiliar le comunicó, haciendo uso del rutilante pinganillo, que el jugador se había tirado, arrojado, precipitado, fingido. Cambio y corto. Pérez Burrull ni siquiera se fue a conversar con su avezado ayudante: se acercó a Juanfran y le expulsó. Por simulador. Por actor.

Las secuelas. El partido terminó en ese momento aunque el balón siguió en juego. Osasuna se consumió de rabia y el Madrid encadenó varias ocasiones de gol, las que apenas tuvo durante el partido. En ese tramo, Robben rozó el palo con un disparo cruzado y hasta Marcelo, que disfrutaba del caos general y de su posición de interior sandunguero, estuvo cerca de marcar.

Fue en el tiempo añadido cuando Robben consiguió el tercer tanto. Trazó del exterior al interior, como suele y le gusta, y chutó cuando divisó el pasillo. Para su fortuna no había nadie al otro lado del hall. Roberto se comportó como los porteros que nunca lo han sido, los que temen que la pelota esconda un erizo, los que se sienten atraídos por el lado oscuro de la fuerza, los blandos.

Sí, Roberto fue anoche el único jugador que puede agradecer la nefasta actuación del señor Pérez Burrull. El desastre arbitral disimuló su Trafalgar particular, una noche que sin árbitro le hubiera señalado como el anaranjado protagonista de la derrota de Osasuna.

Y es que antes de tragarse el gol de Robben, Roberto se había comido el lejano disparo de Sergio Ramos que significaba el empate. El tiro era potente y botó antes de llegar a la portería, cierto es, pero también que venía centrado, a los guantes del portero, en caso de haberlos puesto, naturalmente. Sucedió en el minuto 49, al regreso del descanso, y cambió radicalmente el panorama.

Antes, durante la primera mitad, Osasuna se había apoderado del partido. Y no lo había hecho mediante las virtudes raciales que se le suponen a Camacho. El equipo se sostenía con un prodigioso sistema de ayudas que ofrecía a cada jugador con balón un compañero con los brazos abiertos. Así se desplegaba Osasuna, generoso en el toque, valiente, sumando efectivos en las acciones de ataque, como en el gol de Nekounam.

Lo asombroso es que ese planteamiento incluyera también un cepo para Robben. Sin romper el equilibrio del sistema, Osasuna se hacía impenetrable por la izquierda, donde Monreal y las ayudas del gran Plasil maniataban al holandés, que no veía la forma de darse la vuelta y escapar.

El juego del Madrid, entretanto, confirmaba que el equipo, solvente en la contención, encuentra muchos problemas en la creación reposada. Sin opciones de contraataque y sin la ganzúa de Robben, el centro del campo se desconecta de la delantera. Ni Gago ni Lass pueden solventar ese problema porque su influencia termina en los dos tercios del campo. A partir de esa frontera invisible, el equipo echa en falta el talento de un centrocampista ofensivo y talentoso. Serviría Sneijder, de no sentirse atormentado, y valdría Guti, de estar sano. Sin esa aportación de ingenio, el Madrid se debate peligrosamente entre la mediocridad y la inspiración de Robben.

Decisiones. Juande advirtió los problemas y buscó soluciones audaces después del descanso. Sentó a Cannavaro y dio entrada a Huntelaar; sustituyó a Sneijder y entró por él Van der Vaart. El equipo se recompuso con Lass de lateral diestro, Sergio Ramos de central, Van der Vaart de centrocampista y Raúl de mediapunta; Huntelaar, en su sitio. Casualidad o consecuencia, el Madrid tardó cuatro minutos en empatar en un arrebato de Sergio Ramos. Tal vez Juande descubra en uno de sus polimórficos replanteamientos cuánto vale Sergio como centrocampista, cuántos goles, cuánto fútbol.

El segundo gol llegó prácticamente en el mismo impulso. Robben controló un balón en la izquierda, dentro del área, y amagó hasta despejarse de piernas. No está claro si el balón que salió de su zurda era tiro o pase, pero fue mortal. Confundidos por esa misma indefinición, los defensas de Osasuna dudaron si tocarlo o no, escoltando el viaje de la pelota hasta que apareció Higuaín, que remató a placer.

No cabe duda de que entre las mejores noticias para el madridismo debe estar el crecimiento imparable y constante de Gonzalo Higuaín, que ya suma doce goles en Liga. Su aportación trasciende los goles, aunque ya los mete. Últimamente está perfeccionando un modo de romper las defensas que consiste en desafiarlas a la carrera y con el balón en los pies. Su corpulencia sugiere colisión grave, pero la zancada le mete en la cocina y la habilidad le deja en boca de gol. De esa forma estuvo a punto de marcar a los 26 segundos del inicio y así asistió a Raúl en Mallorca.

Pero regresemos al Bernabéu. Camacho relevó a Plasil por Portillo y su plan nos chirrió por vez primera. Osasuna no había hecho nada mal y no había razones para rectificar. El cambio no mejoró la circulación ni añadió mordiente en ataque. No obstante, los visitantes dispusieron de una buena oportunidad al lanzamiento de una falta de Puñal, que recorrió todos los balcones sin que nadie acertara a rematar.

A continuación sucedió lo dicho, el penalti a Juanfran, la nueva y terrible irrupción de Pérez Burrull, la perversión de los pinganillos. Lo demás fue perdiendo importancia hasta quedarse en anécdota. Poco importa y apenas se comenta que Huntelaar pospusiera su gol o que Lass corriera la banda. Menos aún se puede decir del debut de Boluda en el palco. El partido estaba escrito. Ayer, día de Santa Margarita y Santa Prisca, se incorpora un ángel nuevo al santoral: San Juanfran mártir, abatido por fingir cuando realmente sent en sus tobillos, primero, y en su corazón, después.