Tributo al amor propio
Las Palmas exprime su fe y al Celta se le acaba el fuelle

Cuando los futbolistas de Las Palmas y Celta de Vigo asomaron sus cabezas por la escalinata de los vestuarios se olía una tarde de cuchillos largos en el Gran Canaria. El escenario lo componían silbidos, murmullos y aplausos furtivos a jugadores, técnicos y al presidente. Un tótum revolútum, a priori, propicio para los visitantes. Pero cuando el balón empezó a rodar, la rabia contenida de los chicos del recién estrenado Javier Vidales pudo más que la actitud pusilánime de los celestes. Sin firmar un encuentro redondo, Las Palmas, sólo jugando a ratos y trompicones, se deshizo con más facilidad de la prevista de un rival de barro.
En esa batalla intestina entre Jorge y Trashorras, salpicada hasta la saciedad de comparaciones, ganó el de casa. Durante catorce jornadas en la acera amarilla se echó de menos al medio gallego. Ayer, resucitó el canario, que ya ve la luz al final del túnel. Un repertorio de pases, controles y sombreros, hasta ahora no vistos, devolvió la ilusión y la confianza a los aficionados. Jorge ha regresado.
Pepe Murcia declaró en la rueda de prensa que Las Palmas se mueve igual con Vidales que con Juan Manuel. No es del todo cierto. La Unión Deportiva ahora intenta jugar como el Barcelona. Tres volantes, dos extremos y un delantero centro. No es un exageración, porque, por ahora, sólo lo intenta. Ante el Celta, trató de dominar al rival a través del balón, no pegó demasiados patadones hacia Márquez e incluso se atrevió a defender lejos del área de Santamaría. Toda una declaración de intenciones. Tres cositas nuevas, tres ideas que sirvieron para dejar los puntos en casa.
La deriva del partido encontró su primer punto de inflexión en la facilidad defensiva visitante. Rubén se convirtió en una magdalena andante y cometió un penalti inocente al rechazar con las manos un centro. Márquez anotó el primero y rebajó el estado de ánimo. Se pasó de la gresca a la expectación.
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Rosada se multiplicó, pero sin Trashorras y con una defensa tiritando, Edu Moya lo puso todo más complicado. Una entrada al borde del descanso sobre el omnipresente Jorge le costó la expulsión. El calambrazo vigués sólo le alcanzó al Celta para tirar al palo y merodear el área, poco más.
En el segundo tiempo, una tonelada de hielo. Todo frío, todo plúmbeo. Las Palmas jugaba a aguantar y los vigueses a nada. A Peña se le ocurrió que no podía hacer nada mejor para acabar con el sufrimiento que placar a David García dentro del área. El penalti lo tiró Márquez al graderío. Más sufrimiento. Más emoción. El personal olvidó la semana turbia con el segundo de la tarde. Un proscrito, Saúl, brindó con sidra el cambio y el triunfo. Lo mejor en el Celta: la vuelta de Oubiña. Un consuelo.



