Medicina de banquillo
Pablo y Saúl abanderan la remontada de Las Palmas

Las Palmas es un conjunto poliédrico. Igual te ofrece una superficie plana que otra puntiaguda. No negocia líneas continuas, es puro sobresalto. En un partido, en noventa minutos, se pudo comprobar como este equipo baila en el alambre del descenso y también coquetea con los puestos altos de la tabla. Provisionalmente, ayer, se acostó a cuatro puntos de la Primera División, que dicho así puede sonar fuerte. Entre esa dinámica perversa que dejaba casi vacante el puesto de entrenador y esa que ponía los pelos de punta sólo medió cuarenta y cinco minutos y dos futbolistas: Pablo y Saúl.
Pero antes del gozo, la Unión Deportiva vivió en la indefinición. Juan Manuel sorprendió con una alineación inédita y, a tenor de lo visto, poco ensayada. Mandó un mensaje con ruido a la defensa, juntó por parejas a veteranos e inexpertos: Samuel-Ruymán, en el flanco izquierdo, y David García-Ione, en el derecho, pero el experimento resultó un desastre que dejó en medio de la carretera a un damnificado: Ione. Del medio campo para adelante, otro caos. Márquez, desasistido en la punta; a su lado, Gerardo y Francis, que sólo revoloteaban.
El primer tiempo fue un dolor de cabeza incluso para un espectador medio de Segunda. Los visitantes no sabían cómo acometer el choque: si por arriba, por abajo, con fútbol de salón o industrial. Lo único cierto en sus cabezas eran las urgencias. Y, ya se sabe, cuando hay prisas, el balón quema y en vez de diálogo con la pelota salen a relucir los gritos y alaridos. Los locales se bastaron con pelotazos a la espalda de la defensa para sobrevivir holgadamente. Yagüe avisó cabeceando al palo al poco del inicio y Sutil remachó con la testa a la red un despiste generalizado de la defensa. A Santamaría se lo comían los demonios con tanta impericia. El Éibar tiró de oficio hasta el descanso para dejar la ventaja en el casillero anfitrión.
Deshacer entuertos. Ese fue el papel del entrenador de Las Palmas en el descanso. La entrada de Pablo y Sergio, obligada, ofreció amplias vías de colaboración entre compañeros. El campo se volcó hacia la puerta de Zigor y el peligro cambió de trayectoria. Primero Gerardo con un semivolea que caprichosamente se marchó fuera y después dos cabezazos de Marcos Márquez fueron el preludio al gol del empate de Pablo Sánchez.
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El segundo tanto de Saúl fue digno de su primo Adrián. Pinchó el balón que le sirvió Pablo, quebró con sangre fría a dos adversarios en la frontal y batió por bajo al portero local cerca del punto de penalti. Un golazo de nueve. Un respiro. Un suspiro desde el banquillo.
Al final, Ipurúa, célebre por ser pequeño, corto, embarrado e incluso feo, fue un paraíso para la Unión Deportiva. Un oasis.



