El sonrojo, segunda parte
El Castellón empató y pudo ganar. Se llevó un punto y otro pedazo de la credibilidad del Zaragoza. Marcaron Ulloa y Ewerthon El equipo ya es cuarto

En Gerona, Marcelino habló del sonrojo, palabra muy rotunda para el convencional diccionario de este juego. Una de esas que van al titular de inmediato. Ayer nombró la actitud, concepto con mucho menos vuelo periodístico, de impacto más sosegado, y que además revela el orden de prioridades del técnico. Marcelino se quedó con la actitud de sus jugadores, nombró 20 minutos aquí y otros 20 allá y, si bien lo sigue afectando una cierta extrañeza en cuanto a la naturaleza del problema, ayer la limitó al rebajarla con una disculpa para la abundancia de errores de su equipo. El valor del resultado no difirió gran cosa: para el Zaragoza, perder en el campo del Girona o empatar en casa viene a ser lo mismo. Tiempo perdido. Ansiedad ganada.
El partido de ayer pone en cuestión muchas cosas que deberían haber sido puestas en cuestión de antemano. Por ejemplo, esa idea de que estamos ante el mejor equipo de Segunda. El concepto hay que matizarlo, como poco. Por precio y valor real de su plantilla, no hay quien le pueda toser. Y sin embargo, un buen número de equipos lo va logrando: el Zaragoza ha perdido 15 de los 33 puntos. Casi la mitad. Su presunta superioridad tiene que ver sólo con eso: una presunción indulgente, que olvida detalles o los recubre de convención. El Zaragoza cuenta con los mejores jugadores. Pero está lejos de haber reunido aún al mejor equipo.
Como suele ocurrir en Segunda, el partido se acaba en la ficha técnica. Fueron mil chinos en una cabina telefónica, con más ritmo que fútbol y la cuenta de ocasiones adelgazada al mínimo. El Castellón empató como pudo ganar. La diferencia estuvo en el pie de Ulloa, ariete de porte antiguo y rostro de talla india, que sabe buscarles los lados de sombra a los defensas. El argentino le puso la bota con finura a un pase enroscado de Arana para el 1-0, pero torció otro sencillo de Nsue, después de que Ayala resbalase. Un resbalón de Ayala cuando va en ventaja al cruce construye un presagio fatal. Si Ulloa la mete, arde La Romareda, donde el desasosiego es material inflamable.
Sin patrón.
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A esas horas el Zaragoza había rendido el medio campo, suceso frecuente, e iba camino de equivocar no menos de un millón de pases. La insistencia lo llevó a fatigar todas las formas del error. Caffa vació el catálogo. Los centrales subieron balones en el viento. El Castellón esperaba lejos de su área, cosa de que a nadie se le ocurriera salir de la cabina e ir a jugar el partido a un parque. Así, con la línea defensiva en la cuerda floja, los chicos de Abel fueron haciendo restas aquí y allá, sumando pequeñas felicidades hasta que les pasó como al Xerez o como les pasará a otros. Se quedaron un segundo pesando el aire, que es como buscar la geografía del alma, y extraviaron un saque de banda. Jorge López y Ewerthon armaron en dos pases una contra que Braulio corrió a todo tren. Cuando llegó al fondo contrario, se la dejó al brasileño para el empate. A continuación, el línea salvó a los funambulistas del Castellón con un fuera de juego muy generoso. Gol anulado.
Salvo por eso, un cabezazo abombado de Ayala y el remate de Braulio al guante del portero rival, el Zaragoza se fue arriba con más estómago que fútbol. El Castellón hizo un trabajo clínico. Administró morfina en las dosis adecuadas y le aspiró el oxígeno a Jorge López cuando intentó darle trazo al Zaragoza. El equipo oscureció con la tarde y Dealbert llenó el cielo de balones, hasta que se le subieron las bolas. Había quedado demostrado algo que quisimos ignorar: que el mejor equipo no se define en la alineación, sino en los rendimientos individuales y el desarrollo colectivo de una idea. "Hay que encontrar un patrón de juego", diría Ayala después. Esa declaración resuena como un bombazo, porque niega una suposición general: que en Marcelino, en su figura, hay un patrón de juego. La pregunta es si, además de ideas, el técnico guarda soluciones. Lo que se llama un plan B.




