La pegada del Rayo le da la victoria ante el Eibar
Enguix, Aganzo, Pachón y Collantes hicieron cuatro golazos

Vallecas se está acostumbrado al pata negra, a que haya espectáculo en cada partido. Ayer, a falta del juego hilvanado y preciosista que ha exhibido el Rayo en anteriores partidos, el equipo de Pepe Mel deleitó a sus incondicionales con cuatro golazos. Enguix abrió el marcador con un lanzamiento desde fuera del área, Aganzo rizó el rizó escorándose a un lado y picando el balón cuando lo fácil hubiese sido el disparo en el primer contacto con el balón o rematar hacia el palo más cercano a partir del momento en que se fue hacia un lado; Pachón cruzó espectacularmente el balón desde casi el pico del área y Collantes culminó una jugada personal en la que regateó a cuanto contrario le salió al paso, portero incluido.
Y eso que el Eibar se lo puso difícil. Este Eibar de Pouso se parece en poco, o en casi nada, al tradicional equipo azulgrana que tenía en la fortaleza defensiva la mejor de sus virtudes. Ahora, no. Ahora también le gusta dar buen trato al balón. Tanto que fue el cuadro guipuzcoano quien comenzó teniendo el control del juego y las oportunidades.
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La diferencia es que el Rayo, además de otras cualidades, posee una pegada tremenda. Al equipo de Mel no le hace falta merodear mucho por el área contraria. Al conjunto vallecano le vale con crear una ocasión. Ayer esperó hasta el minuto 26 para tener la primera y fue suficiente. Ni defensa ni portero ni sus compañeros vieron pasar el balón debido a la potencia que imprimió Enguix en su disparo. El Eibar había amagado, pero fue el Rayo quien golpeó.
La contundencia del puñetazo recibido no dejó, sin embargo, noqueado al Eibar, que continuó tratando de llegar a la cara del Rayo. Lo hizo hasta que Aganzo le despertó de su sueño. Luego Pachón y Collantes lo convirtieron casi en alucinación. Y eso que Jesús Perera se topó con la cruceta en lo que pudo ser el quinto tanto rayista. El gol de Toquero casi se puede considerar una anécdota, aunque al menos premió el hecho de que el Eibar no bajase los brazos en ningún momento.




