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La Juve estira su leyenda

Liga de Campeones | Juventus 2 - Real Madrid 0

La Juve estira su leyenda

La Juve estira su leyenda

Marcó al inicio de la primera y la segunda mitad. El Madrid dominó en la segunda parte. Van Nistelrooy acortó distancias. Pero la Juve resistió

El partido dio una oportunidad a cada equipo para demostrar su grandeza. La demostró la Juventus, que ganó cuando la daban por muerta. Y también la demostró el Real Madrid, que reaccionó con rabia y fútbol cuando perdía por dos goles. De modo que la cita no dejó mal a nadie, porque ni preocupa demasiado la derrota ni significa tanto la victoria, sólo que los grandes se respetan y, en el fondo, se necesitan.

La Juventus salió reconcentrada, con el instinto de supervivencia activado y con la angustia de quien se sabe en el precipicio. Y no conviene despreciar la angustia de un gran club. Los equipos legendarios lo son porque la camiseta se sostiene sola y también porque en los momentos cruciales juegan once más el escudo y los fantasmas, de Charles a Scirea, en este caso.

Además, por muy mal que esté un equipo, siempre le quedan cinco minutos furiosos en propio campo y en ese mínimo temporal desapareció el Madrid. En el primer minuto, Amauri ya había cabeceado fuera, pero cerca. Al cuarto, la Juve robó en el centro del campo y Del Piero rajó la defensa con un desmarque que alimentó Amauri. Cuando le tocó resolver, Del Piero dio el triple salto. Sin defensas alrededor, en lugar de penetrar en el área, decidió chutar desde fuera, como si se tratara de una falta. Seguramente Del Piero, 33 años, no tenía piernas para más, pero la jugada fue hermosa e impecable: el balón, tocado con el interior, tomó curva y entró junto al palo. Casillas lo siguió con el rabillo del ojo.

La Juventus estaba en el mejor de los escenarios posibles. Después del primer arrebato, el sentido común se ajustaba con su querencia natural, el contragolpe, el castillo y la cota de malla. No le sobra nada a la Juve, pero cuenta con una defensa aplicada, pulmones en el medio campo y dos delanteros incomodísimos, uno por vigoroso, Amauri, y otro por malvado, Del Piero. El dibujo de un arco y un par de flechas.

Problemas.

Fue entonces, en el tiempo de dominar el juego, cuando el Madrid se atascó en el centro del campo. El problema no es nuevo y tiene su origen en la falta de especialistas o en la abundancia de mediapuntas. Pasan por centrocampistas magníficos jugadores sin paciencia en la circulación y con un incontenible impulso atacante.

Así es Sneijder, eléctrico y fundamental, pero un futbolista del último pase o del primer tiro, siempre vertical. Y algo similar parece Van der Vaart, aunque su recorrido es mucho menor y su disparo algo más fuerte. El resultado es que el equipo resulta brillante muchas veces, pero sufre cuando hay que voltear tortugas.

Con De la Red en el banquillo y Diarra y Guti lesionados, sólo Gago se comporta como un experto de la tierra que pisa. Y ayer volvió a ejercer de hermano responsable, repartiendo y cuidando la granja, creciendo, ajustándose al estilo del Madrid, una pasión que debe conjugar con sus maneras de estudiante en La Sorbona.

Remató mucho el Madrid en el tramo que siguió al gol. Van der Vaart lo hizo hasta tres veces, dos con la derecha y todas con peligro. Pero la Juventus se sentía cómoda en la madriguera. Las piernas infinitas de Sissoko robaron balones de oro y propiciaron contras que siempre desembocaron en las bandas, donde los italianos hacían camino.

No es casualidad. En los laterales del Madrid se detecta otra faceta por mejorar. Sergio Ramos no está bien y el saberlo le desespera y le precipita. Sigo pensando que el lateral es un calabozo para un jugador de su vuelo, pero como nadie más lo cree sólo me queda confiar en que recupere el resuello y la pausa. A Heinze no se le puede poner tacha en la colocación y el conocimiento: defiende bien y sube cuando toca, pero se le echa en falta más agilidad en las acciones de ataque.

Pasada la media hora, Sneijder centró al área y Ramos, en boca de gol, controló con el pecho, aunque sin tiempo para girarse y chutar porque Manninger se lanzó sobre la pelota como un guepardo. La jugada marcó el punto más alto en el dominio de un Madrid que todavía se sentía, sin embargo, como un niño con pantalones de franela. Inquieto.

Nada más empezar la segunda parte, la Juve completó el mejor de sus sueños: volvió a marcar. Nedved, que ayer pateó la banda izquierda, aprovechó el único error de Pepe para profundizar y centrar al segundo palo, templado y venenoso. Allí estaba Amauri, que ganó el salto a Heinze y tuvo la fortuna de que su remate tropezó en el argentino, burlando al atónito Casillas.

En ese momento sucedió algo inesperado si atendemos al discurrir del partido. El Madrid, hasta entonces lineal, se enfadó de pronto. Como si dos goles fueran el límite de la ofensa. Y como quien se rebela por un error imperdonable, se entregó a un asedio encendido y hasta salvaje.

Enorme.

Estimulado por el amor propio, el equipo se elevó y aceleró, demostrando su altura, enorme, si la comparamos con la aseada disciplina de la Juve. Y en el torbellino que se formó destacó sobre todos Sneijder, que fue sembrando el campo de pólvora, tirando balones como si fueran cables, activo, incansable, ambicioso. Primero mandó un regalo a la cabeza de Van der Vaart que se perdió junto a la escuadra. Después envió a Robben una pelota que sólo había que peinar, cruel ironía. Y a continuación, desasistido de socios, quemó los guantes de Manninger con un disparo seco. No satisfecho, luego tiró al palo. Y todo lo que cuento sucedió en cuatro minutos febriles.

Sneijder es holandés y carece de salero, pero confieso que a mí me recuerda de algún modo extraño e inexplicable a Juan Gómez, Juanito. Y acepto el castigo que merezca tal herejía.

El gol llegó después, fruto de una incursión por la izquierda. Heinze penetró por la banda como suele, con responsabilidad pero sin entusiasmo, como el que debe buscar una farmacia a medianoche. Y encontró lo que quería. Su balón alcanzó la cabeza de Van Nistelrooy, que remató picado e imparable, indignado.

Si el Madrid hubiera continuado el acoso, si después hubiera logrado el empate, y no quiero ni pensar la victoria, estaríamos hablando ahora de un partido histórico, de una demostración inolvidable, de una exhibición de casta y de escudo que rompería una racha de más de cuarenta años sin triunfos en Turín.

Pero el Madrid se detuvo un momento. Es posible que se conformara con la demostración de su superioridad o tal vez se sintió solidario con ese club legendario en horas bajas. Los futbolistas modernos son piadosos con los colegas en apuros y piden disculpas a partir del quinto gol. El caso es que al reanudar la marcha, la Juventus ya se había recuperado del susto.

En los últimos minutos fue imposible conquistar esa plaza amurallada. Los italianos se defendieron con la sabiduría de más de cien años de práctica y el Madrid rebotó contra ese cemento. No aportó nada la aparición de Drenthe, con el que Schuster hace gala de una paciencia bíblica.

El árbitro señaló el final y los italianos lo celebraron agitando las banderas (y hasta los pantalones) desde las rendijas de los torreones de su fortaleza. El Madrid se marchó contrariado, pero seguro de sus músculos, consolándose en lo que pudo ser y en lo que será cuando lo valiente no deje sitio a lo cortés.