Márquez y la divinidad
Resuelve con dos goles un partido de idas y vueltas

Con el partido acabado y el himno a todo volumen, las gargantas se rebelaban al orden establecido. Clamaban por Marcos Márquez en un cántico desgarrado, estremecedor por la consideración mística que recogían sus ecos. Homenaje unánime al héroe eterno que nunca abandona. Márquez se encargó de todo. Es su uso y costumbre y por eso le venera el personal. Ayer emergió para solucionar un partido áspero, afilado por la ortodoxia de un Sevilla Atlético impecable en las maneras y que, a ratos, dio un recital de fútbol de laboratorio. Posesiones armónicas, democráticas, con pulmones en el eje y una velocidad inalcanzable en los flancos. Puro narcótico para el que la veía venir, rendido a semejante catálogo, apología limpia del trato a la pelota y de respeto al espectador. Hasta el descanso, la dictadura impuesta por Cordero, guía del filial, alcanzó fronteras sublimes. Pero Las Palmas achicó, escapó del lío y llegó a la orilla del descanso intacta. Mérito y suerte porque el destrozo amenazó con ser descomunal ante la riada de llegadas a Santamaría. Hasta cuatro opciones nítidas, con remates de todos los colores.
El Sevilla Atlético se permitió el lujo de presumir de indulto. Un pecado de juventud que le costó el partido. No debieron entender los aplicados meritorios de Fermín Galeote que con la Unión Deportiva no se juega. Mucho menos si acecha Marcos Márquez, con la persiana bajada hasta el intermedio y luego multiplicado por la crecida que propiciaron los cambios de Juan Manuel Rodríguez, iluminado para reconducir una faena que anunciaba ruina. Rondón y Darino le metieron músculo y electricidad al equipo, que comenzó su deshielo sin pedir permiso, descolocando a un rival al que se le indigestó la improvisación.
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Mandaba Las Palmas en un intercambio de golpes delicioso en los fondos. Pero ningún martillo es como el de Márquez. En un escorzo imposible se inventó el primero. Luego puso la sentencia con un zapatazo sin miramientos. Todo con fuego cruzado. Perotti dibujando diabluras, Pablo, rozando el toque de gracia, el propio Marcos, en caza incensante del tercero (se le anuló otro tanto por error)... Sin tregua. Así saben mejor los triunfos. Sales del lodo y adecentas la decoración con orgullo, pierna y dinamita. Con un enemigo que exige y no dimite.
El nueve fue el elemento diferencial. Desde que llegó, en el páramo de la Segunda B, no ha dejado de hacer historia. Goles memorables, sudores generosos, conductas ejemplares, rutinas de profesional grande, que dignifica su oficio y se rige por modelos puros y mecanismos que le distinguen. Por lo de ayer, por lo de otros tantos días, Marcos Márquez invita a aplaudir cada amanecer suyo con este escudo.



