Una flor en el desierto
Jorge López ilumina un partido mediocre. La roja a Willy Caballero deshizo al Elche. Ewerthon, letal: marcó y dio otro. Segunda parte para la siesta

En medio del áspero alquitrán de un partido sosote, mucho menos generoso por parte del Zaragoza de lo que haría suponer el marcador, brotó una flor que salvó la tarde para el equipo aragonés. Nació en el pie derecho de Jorge López, que se pasó el encuentro hilando seda desde el medio, enseñándole al Zaragoza los caminos abiertos por la inferioridad numérica en la que quedó varado el Elche, inerme desde que se quedó sin Willy Caballero, expulsado por bajar a Hidalgo en el área pequeña. Un penalti algo torpón y de altísimo precio. Además de descoser el partido, Jorge López vino a demostrar también que no hay categorías sino futbolistas; y que en Segunda todo es atropello porque la mayoría juegan al atropello, agitando los músculos y las pizarras. Su fútbol le hizo al Zaragoza de metrónomo y brújula, todo a la vez, componiendo un artilugio de mágica diversidad que la ciencia no ha inventado.
Ese tranco leve con el que se mueve por el campo Jorge López, jugador de grácil contención física, supone en Segunda una extravagancia luminosa para la vista, y un punto de apoyo a partir del cual mover el mundo, a la manera de Arquímedes. O a un equipo de fútbol, como en este caso: su dominio del tiempo y los espacios (cada pase venía precedido de una pausa deliciosa, como si midiera las variantes), más un par de aceleraciones feroces del promiscuo Ewerthon deshicieron a un Elche que compuso buena figura mientras tuvo a los once. Luego cayó en una depresión durante la cual el Zaragoza resolvió la tarde para luego echarse la siesta. Con esa actitud irresoluta con la que jugó el segundo tiempo, el Zaragoza no se hizo ningún favor.
El penalti de Willy (previa vaselina de Jorge López a la espalda de la zaga) lo resolvió Ewerthon con una cucharada de calma. Raso a la izquierda. Ni flojo ni fuerte sino todo lo contrario. Si hubo o no fuera de juego en la jugada previa, por cierto, cualquiera lo sabe. David Vidal rehízo el cuadro quitando a Saúl, y abrió a Santos y David Fuster a los lados. Cuando aún se estaba mesando el bigote, Ewerthon estiró los músculos en una carrera feroz, enfrentó a Olmo y lo rebasó con un autopase (el regate más sencillo para los velocistas). Cuando reencontró el balón sobre la línea de fondo, volvió el tobillo y giró un centro ingrávido que Caffa bautizó de un cabezazo: 2-0.
Aburrimiento. Contra la rotundidad de la ventaja local, cocida en apenas 25 minutos, el Elche no pudo siquiera verbalizar una amenaza. Dani jugó de eremita o desterrado, en severa soledad y con la obligación de alimentarse de lo que diera la tierra, que era nada. Y quizás rumiando en la memoria aquellos tres goles que hizo en La Romareda cierto día con el Betis. A pesar de todo, el global del partido dejó un punto de sospecha por el sesteo informe en el que incurrió el Zaragoza durante la larga y tediosa segunda parte, cuando el Elche reencontró pelota y ritmo de la mano de Rodri, y pudo incomodar arriba con Miguel. Hasta Usero, concienzudo toda la tarde, largó un pelotazo que tocó el larguero. A Vidal esos detalles le bastaron para que le creciera un paternalista orgullo por sus jugadores. Paternalista no significa injusto. El Elche puede hacer su recuento desde la perspectiva utilitarista (no gana y sigue abajo) o subrayar el peso de las circunstancias, más el relativo progreso de la segunda parte. Y las dos cosas serán verdad.
Si se trata de ponderar avances, lo tiene mejor el Zaragoza: portería a cero; dos centrales compuestos, por fin (Marcelino se hartó de aplaudir a Pavón, terapia de confianza); Pulido sacando limpio desde atrás el bal el tiralíneas de Jorge López en el medio centro, que no debería quedarse en solución ocasional vista la dimensión que le da al equipo; la aparición de los dos pivotes en los balcones del área y la constancia en el rendimiento de Caffa y Ewerthon, rápido, motivado y listo para aparecer entre líneas. No son pocas cosas. Si Arizmendi le diera el balón a algún compañero de vez en cuando y Braulio hiciera algo, así en general, podría la gente hasta echar algún cohete. De los de mecha, ojo.
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