Clasificación Mundial 2010 | Cuba 0 - EE UU 1

"Esperábamos odio y sólo hubo amistad. Ha sido algo inolvidable"

61 años después de su último partido en la Isla y 46 desde que comenzara el embargo, la selección de 'soccer' de Estados Unidos jugó y ganó en La Habana. No hubo tensión: en realidad, los cubanos se dedicaron a animar a los jugadores yanquis casi tanto como a los de su equipo. Los futbolistas estadounidenses, que esperaban animadversión, no salen aún del asombro.

Los jugadores de ambos equipos se felecitan al final del partido
José A. Espina
Jefe de Sección en la Delegación de Andalucía
Jefe de Sección de Diario AS en Andalucía. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla. Pegando teclazos desde 1998, durante toda una década en Madrid (2000-2010). Sevilla, Betis, Selección española y lo que se ponga por delante. Loco por el fútbol, guarda un poco de esa pasión para su otro deporte favorito, el tenis.
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Estados Unidos ganó en Cuba, 61 años después: no sólo un partido, tres puntos, una parte de la clasificación para el Mundial. Ganó una batalla moral, tal vez publicitaria, porque ni bloqueos, ni embargos, ni imperialismos: Castro no logró que su gente odie a los yanquis. "Esperábamos odio y encontramos amistad. Ha sido una experiencia única. Qué grande es este deporte", comentó Dempsey, goleador norteamericano (0-1), en una zona mixta a lo cubano con batata, humo y niños corriendo, Dempsey, casi con lágrimas en los ojos, acababa de presenciar cómo el milagro del fútbol se asomaba a La Habana. Los americanos esperaban piedras y aguantaron aplausos, sonrisas, incluso vítores. "Coreaban nuestros nombres. Eso no nos pasa ni en EE UU", corrió a manifestar Landon Donovan.

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Las autoridades cubanas se habían empeñado en calentar el partido y repartieron los boletos casi gratis, pero hubo gente que se los dejó encima del televisor. Con todo, la mayoría de los que fueron (15.000 según los aforadores) al estadio Pedro Marrero se dedicaron a animar a los yanquis, ante el asombro de los pocos políticos (Raúl Castro decidió quedarse en casa) que se acercaron a este histórico reencuentro en el destartalado estadio habanero. 500 policías cubanos, preparados con tensión, apenas hicieron de maniquíes. Dos decenas de americanos o proamericanos se infiltraron, disfrazados de nariz para abajo con sus banderas, pero pronto se dieron cuenta de que jugaban en casa.

¿Fútbol? Importaba menos que el morbo, y hubo poco. Apenas el gol de Dempsey, pura inercia si se tiene en cuenta la diferencia de calidad entre uno y otro equipo. Cuba pudo adelantarse y luego, empatar, más por esfuerzo que por juego. Al final, los jugadores locales bajaron los brazos, boquiabiertos ante lo inesperado del ambiente. Dempsey se fundió en un abrazo con el portero al que hacía una hora había goleado sin piedad, cogió a sus compañeros de la mano y se marchó al fondo B, el que más banderas cubanas enseñaba, para saludar y mandar besos. El milagro no era sobrevivir. El milagro fue quererse.

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