Segunda | Zaragoza 2 - Real Sociedad 2

Ewerthon se queda solo

El Zaragoza desperdició dos goles del brasileño. Lillo inspiró el empate sin bajar del palco. Marcos fue clave en la igualada vasca. Pitos en La Romareda

<b>MALA SUERTE. </b> Ewerthon envió al larguero este potente disparo desde la frontal del área. De haber entrado, el Zaragoza se habría puesto 3-1 a falta de 14 minutos.
Mario Ornat
Actualizado a

El Zaragoza elevó su ventaja sobre la velocidad y la Real Sociedad la deshizo con un tratado de arrojada paciencia. Lillo, que dirigió desde el palco por su expulsión en Copa, anhela una utopía: que su equipo elabore desde el fondo, como si jugaran Baresi, Maldini, Tasotti y Costacurta. "El secreto del Milan es que su fútbol lo inventan los defensas", dijo el visionario Cruyff mientras todos mirábamos a Gullit y Van Basten. Pero Mikel, Labaka, Castillo y Carlos Martínez manejaron la pelota de forma lastimosa y permitieron al Zaragoza dos goles a todo trapo, el estilo preferido de ese goleador serial llamado Ewerthon, y un severo control del juego. En el intermedio, Lillo agitó su filosófica melena rizada y dejó tres defensas. Y apareció Marquitos, al que ahora hay que decir Marcos, para dirigir con su eléctrico culebreo la larga y feliz recuperación de la Real frente a un Zaragoza inmaduro, cuyas virtudes languidecen a toda prisa, incluso en posición hegemónica. Se alejó de la pelota, le brotaron los defectos y acabó atrapado por un temor que encarnaría el nítido cabezazo de Díaz de Cerio para el empate.

El Zaragoza del primer tiempo tuvo valores notables. Obligó a la Real Sociedad a la precisión en cada pase, con un ejercicio minucioso de presión y reparto de los espacios. Y la Real no estaba para exigencias de ese tipo. Insistió en su idea de salir desde atrás con tanta terquedad como ineptitud. El Zaragoza, en ese primer rato de actividad entusiasta con la pelota y sin ella, le fue cerrando todos los caminos, anulando las conexiones, obligándola a ir a ningún sitio y regresar otra vez por el mismo sendero. Por si faltara algo, Ayala y Sergio se recrearon en su autoridad y Paredes cerró a Xabi Prieto, futbolista con mucho interés en los pies. Mientras, Zapater fue creciendo. Cuando el Zaragoza ya ganaba, pegó una falta de vuelo elegante que Zubikarai se dio el gusto de negar con una estética zambullida.

Decadencia.

Ewerthon concluyó en poco rato lo que los demás hacían bien. Al minuto y medio cabeceó con franqueza un pase de Arizmendi, que había robado la pelota en el área rival. Los cuatro de atrás de la Real se pasaron el rato dándole sustos Zubikarai, que sudó hasta los tacos de las botas y se resbalaba como si alguien le hubiera encerado el área. Al poco, la Real se equivocó en otra salida, prolongó Oliveira con una cucharita y Ewerthon se fue contra Zubi como un toro. El 2-0 se lo metió por el sobaquillo, punto flaco de los toreros y las mujeres barbudas.

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Lillo no hacía más que llamar por teléfono desde el palco a su banquillo, pero por lo visto comunicaba. Sin embargo, la lesión de Oliveira a los 24 minutos tuvo un efecto retardado para el Zaragoza, que se acható con Braulio, la lógica desconexión de Jorge López y el desencuentro de Generelo y Arizmendi con ese inagotable objeto esférico llamado balón. Con todo, el Zaragoza se agarró a la estela de Ewerthon, que andaba en conexión con otro planeta y se bastó para sofocar a Zubikarai y sus amigos: dos que casi y un al larguero. Ewerthon agarraba la pelota donde fuera y se iba contra el mundo. Y ganaba. Cuando está en ese plan, da para sacarlo en procesión.

El movimiento de Lillo en el descanso fue uno de esos raptos de osadía que ya no se ven. O, tal y como estaban los suyos, pudo deberse a una resta lógica: tres defensas se equivocan menos que cuatro. El caso es que le funcionó. Y entre el oficio de Gerardo, la manivela de Elustondo y la verticalidad de Marcos, fueron horadando el creciente desgobierno del Zaragoza, culminado en la confusa gestión de la pelota que acabó en el 2-1. Es imposible contarla. Fallaron todos y López Vallejo, notable hasta entonces, le regaló el despeje a Marcos. A partir del gol, al Zaragoza se le aflojó todo: las marcas, el fútbol y los esfínteres. Marcos dio otro aviso y fue asociando amigos para la causa del empate. Lo culminó Díaz de Cerio, con el Zaragoza víctima de sus fantasmas, La Romareda soplando y Marcelino en el diván. Ewerthon había empatado su batalla contra el mundo. Y bastante fue visto lo visto.

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