De casa al purgatorio
Oliveira acude al auxilio en el debut en La Romareda

Como si el larguísimo verano no hubiera existido, La Romareda acoge de nuevo el fútbol con el mismo rostro, debatiéndose entre el apoyo incondicional a un equipo pálido y la ira desconsolada por el inacabado desastre. El Zaragoza confirmó su descenso a los infiernos en mayo (aunque ya llevaba semanas) y sigue ahí, ardiendo, sin que el purgatorio le abra la puerta. Para ello, Marcelino, al que ya se cuestiona en las barras de bar, se encomienda a la afición, que rumia su malestar y se impone paciencia, y a Oliveira, que vuelve después de que una tendinitis le impidiera estar el miércoles en Anoeta.
Ante las dos derrotas sufridas por el Zaragoza entre Liga y Copa, la Real llega con el saldo opuesto y silbando. Las bajas le asaltan y la presión se difumina. Lillo, que deberá verlo desde la grada por su sanción, mantendrá su romanticismo pero puede modificar el dibujo para protegerse algo más. Sobre todo por la lesión a última hora de Aranburu. No obstante, Xabi Prieto, Marcos, Moha y Díaz de Cerio suenan a peligro espartano enfrente de la temblorosa defensa zaragocista, donde Pulido debe fortalecer a Ayala, que no jugó el miércoles y siguió estos días un plan específico de fisioterapia para recuperar al gran Ratón.
Marcelino dejó fuera a Doblas y mantendrá a López Vallejo, quien no falla pero tampoco salva. Al que sí dará la alternativa es a Jorge López, nueva linterna futbolística de un Zaragoza cuyas ideas permanecen escondidas por ahora. Su entrada sacará del once a Arizmendi o Ewerthon. Oliveira es imprescindible. Ayer, se trabajó el ataque y la defensea ante un 3-4-3, pero si Lillo lo cambia... Quedará el espíritu, quedará La Romareda, quedará Oliveira. Hoy, en casa, deben abrirse las puertas del purgatorio.
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Si el jueves Marcelino se encerró en el vestuario con su plantilla durante media hora para lanzar un mensaje espiritual, ayer se centró en el trabajo técnico sobre el campo de entrenamiento. Después de exigir más ganas, trabajo, agresividad e ilusión, factores esenciales en su filosofía futbolística, Marcelino quiso zambullir de lleno a sus jugadores en la pizarra. Dispuso dos equipos (sin dar pistas sobre su equipo titular): su habitual 4-4-2 ensayó primero el ataque y luego la defensa frente a un 3-4-3 como el que Lillo plasmó el miércoles en la Copa. El cuerpo técnico del Zaragoza quedó enormemente disconforme con el partido de Anoeta, sobre todo en la segunda parte, y ha estudiado bien los hechos para mejorar todo hoy. Los frutos anímicos y tácticos están sembrados, falta la cosecha.



