Fútbol | Mundial de Suráfrica 2010

"Suráfrica necesita este Mundial"

El país espera que la cita de 2010 mitigue sus lacras: 40% de paro y 20.000 asesinatos al año

José A. Espina
Jefe de Sección en la Delegación de Andalucía
Jefe de Sección de Diario AS en Andalucía. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla. Pegando teclazos desde 1998, durante toda una década en Madrid (2000-2010). Sevilla, Betis, Selección española y lo que se ponga por delante. Loco por el fútbol, guarda un poco de esa pasión para su otro deporte favorito, el tenis.
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Quien espere aviones con hélice, cabras y carreteras de tierra queda defraudado pocos minutos después de aterrizar en Johanesburgo, la ciudad más próspera del continente africano. Nada más llegar: un aeropuerto con cintas de equipaje electrónicas, una legión de Mercedes y BMW que pueblan la parada de taxi y unas autopistas dignas de envidia para muchos de los países que aún rehacen su economía en Europa, más allá del antiguo Telón de Acero. ¿De verdad nos aguardaba el apocalipsis, la inseguridad digna del Salvaje Oeste de la que tanto hablan los periódicos? ¿Se presiente, al fin y al cabo, el desastre organizativo que todos intuyen en la 'velada amenaza' de Blatter, presidente de la FIFA, de llevarse a otra parte el Mundial 2010 y quizá, la Copa de Confederaciones de 2009?

A primera vista no existen motivos para huir. Las infraestructuras son de primera línea. Los hoteles, aunque quedan muchas camas por añadir, también. Pero en Suráfrica, como en todas partes, la realidad late con un segundo y verdadero corazón más allá del circuito del que no salen nunca esos turistas (nueve millones vinieron el año pasado) de cuatro y cinco estrellas. En la periferia, cifras como un desempleo procaz, del 40 por ciento, toman cuerpo. Gracias en gran medida a la falta de educación de la que se resiente la población negra, secuelas del apartheid que acabó hace nada, en 1994.

Sólo un año después, durante 1995, el Mundial de rugby puso las primeras piedras, o más bien las quitó, para el camino de unión entre blancos y negros. Entonces, la victoria de los Springboks (así se conoce a la selección surafricana de rugby) y la figura de Nelson Mandela (que cumple pasado mañana 90 años) tendieron los primeros puentes, los primeros abrazos entre una población donde los negros son mayoría y los blancos, ricos. Eso convierte a Suráfrica, el país más desarrollado del África subsahariana (con un 50 por ciento del PIB total) en, también, el más desigualado del mundo. Con una fuente de problemas a los que aún queda un largo trecho para resolver, como su criminalidad fatal, la segunda más alta tras Colombia. Hubo casi 20.000 asesinatos el año pasado.

"Ahora más que nunca, Suráfrica necesita el Mundial, para que haya por fin unión entre todos", nos dice Godfrey, el chófer que acompaña al redactor y al fotógrafo de AS a lo que muchos considerarían, más que una aventura, una temeridad: dos blancos en el corazón del barrio periférico de Alexandra, uno de los más humildes en Johanesburgo.

'Negrofobia'.

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Es invierno en el hemisferio Sur, pero ya (parece) se han acabado los días duros. Pasó el frío de abrigos gordos y pasó, también, una ola de violencia brutal contra los inmigrantes africanos. Hace apenas un mes, aquí en Alexandra murieron 63 inmigrantes extranjeros, mozambiqueños, zimbauos y nigerianos. "Negrofobia, no xenofobia", la bautizó el City Press, un periódico para la gente de color. Odio de los negros hacia los negros. Pero ahora la alegría aparece de nuevo en las caras de los cientos de niños que pueblan las calles de este mar de puestos de lata y casas destartaladas. La pelota ha vuelto a rodar.

Deloy, entrenador en una escuela de chicos desfavorecidos, se extraña al vernos pasear por su campo: "¿Habla usted con Blatter? Dígale que podemos. Que este país está comprometido. Nos merecemos un acontecimiento así. Que el fútbol es el deporte de los negros de Suráfrica". Unos metros más allá juega al fútbol un puñado de chicos de 12 años entre los que sobresale Tim. Deloy le llama y le presenta: "Aquí, Tim, mi estrella. Aquí, un periodista de España". Tim, que llegaba serio y desconfiado, abre los ojos y sonríe: "¿Cuándo van a venir Villa y Casillas? ¿En la Confederations Cup? ¿En el Mundial? Estoy deseando verles". Por sonrisas así existe el fútbol, y también los Mundiales.

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