Eurocopa 2008 - Final | Alemania - España

Había 10.000 rojos: eran menos, pero gritaron más

Ante 40.000 alemanes. "Yo soy español", nueva proclama

<b>JOLGORIO. </b>Las calles de Viena vivieron una auténtica fiesta española antes y después del partido ganado en el Prater.
José A. Espina
Jefe de Sección en la Delegación de Andalucía
Jefe de Sección de Diario AS en Andalucía. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla. Pegando teclazos desde 1998, durante toda una década en Madrid (2000-2010). Sevilla, Betis, Selección española y lo que se ponga por delante. Loco por el fútbol, guarda un poco de esa pasión para su otro deporte favorito, el tenis.
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Los alemanes coparon la mayoría de la gradas del Prater: 40.000 contra 10.000 españoles. Pero para medir el concepto "afición" no basta con las matemáticas, también se ha de contar con cosas del corazón como la pasión, la distancia y las ganas. Ni su superioridad numérica, ni un tifo inmenso que prepararon con la imagen del trofeo Henri Delaunay, ni la solemnidad de siempre en el himno germano. Los españoles gritaron más, los alemanes parecieron siempre menos. Tienen Viena al lado y están hartos de jugar finales: para ellos, ir a Viena fue como dar un paseo al supermercado. Para los españoles, tras 44 años sin título y 24 sin una final, se convirtió en un viaje a la luna.

Muchos se vistieron de Ulises, no les importó recorrerse media Europa para llegar a la capital austríaca. Algo o mucho ha cambiado de un país en el que algunos no se levantaban de la cama para ver a la Selección y ahora otros, como el sevillano Juan Antonio, deciden hipotecarse con tal de estar en la final: "Mi mujer quiere matarme por pedir un crédito. Pero esto había que vivirlo". Juanan, sus cuatro amigos de Utrera y la mayor parte de la afición roja cantó en el centro de Viena como si allí no hubiera un solo teutón. 4.000 de los españoles no encontraron entrada, pero dieron aliento desde la zona de afición instalada a pocos metros del centro. Antes, todos compartieron cánticos y bebida en Stefanplatz, donde la Policía, en vez de desmontar los puestos de venta ambulante o llamar la atención a los reventas (la más cara se vendió a unos 1.800 euros), se hacían fotos con españoles disfrazados de torero, de toro, hasta de Mortadelo y Filemón.

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La camiseta Roja oficial (las de pega se vendieron como rosquillas en los aledaños del estadio) se ha agotado en muchas tiendas hace ya seis días. Muchas lucían infiltradas entre la mayoría alemana. Como la de Lorenzo, que hizo un Ceuta-Madrid-Milán y de allí a Viena en coche: "Antes de irme de Italia compré la camiseta roja. Allí están cabreados desde cuartos y no la quieren ni ver".

"Yo soy español, español, español", se escuchó sin parar casi todo el partido. Un grito de guerra nuevecito, con el que aliviar dos traumas de color parecido: el de triunfar con la Roja y el de portar la bandera sin sonrojarse. 24 y 44 años después del "Qué Viva España" y del "España, España", por fin hemos cambiado el repertorio. Ha costado mucho, casi tanto como volver a triunfar.

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