Final champions league | La contracrónica del partido

Aficiones vírgenes

Moscú se ha descubierto como una ciudad que le dio la espalda al evento. La lluvia no ayudó a que la previa tuviera mucho colorido, pero a medida que se acercó la hora del encuentro la cosa se fue calentando. Pero de buen rollo.

Guillem Balagué
Redacción de AS
Actualizado a

Había huecos en la grada. Le costó entrar en calor a esta final que se jugó entre dos equipos vírgenes de cantos humillantes a sus rivales (pero sí se oyó, "nosotros aquí, y los del Liverpool en el Caprabo", traducción libre de lo que cantaron juntas las dos aficiones de camino al estadio Luzhniki). Hubiera sido otra cosa si hubieran llegado los de Rafa Benítez. Fue difícil vender la totalidad de las entradas, algo que la UEFA deberá tener en cuenta cuando decida montar otra final pensando primero en sponsors, luego en pagar favores a federaciones amigas y finalmente en el aficionado. Se vieron huecos entre los 69.500 asientos y eso que el mismo señor que la mañana del lunes vendía una entrada por 3.000 euros, ayer aceptaba lo que fuera, con tal de librarse de las que tenía sin vender.

Leyendas veteranas. Se jugó por la tarde un partido de leyendas veteranas (Mijatovic, Suker, Begiristain, Graeme Le Saux.. bueno, unos más que otros) en la plaza Roja, el centro neurálgico de las celebraciones al que llegaban los aficionados en cuentagotas más que en riadas, pero nadie se metió con nadie. Estaba prohibido beber en las inmediaciones de la plaza, así que se tiró mucha foto, se paseó y se compraron souvenires. Mucho "United, United" y mucho "we are the Chelsea boys", pero poco más. Chapi Ferrer buscaba un buen restaurante, Mark Hughes se dejaba fotografiar por ambos bandos (jugó con los dos) y Arsene Wenger decía a todo que sí mientras se alejaba de todos con prisa.

No se vio a Abramovich. No se vio por el céntrico hotel del Chelsea a Roman Abramovich, que luego apareció por el palco, pero Avram Grant se paseaba tranquilo por el lobby como si la cosa no fuera con él. Hay quien dice que así es como entrena. La lista de VIPS era larguísima, pero el que se merece los mayores honores es el más chulo de todos. El nombre de Andrei Lugovoi no les sonará de nada, pero el tipo está buscado por los servicios secretos británicos por el asesinato del ex espía ruso Alenxander Litvinenko. Y va y se mete entre 40.000 ingleses a ver la final de la Liga de Campeones, y lo anuncia al mundo en un diario.

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Los tres mosqueteros. Hubo que pasar mucha seguridad hasta el asiento pero la atmósfera seguía siendo de la de un Almería-Sevilla: rivalidad sí, pero bueno, qué tal estás, a ver quién gana hoy. Ya me entienden. Sir Alex sacó a los tres mosqueteros (Tévez, Rooney y Cristiano Ronaldo) y Pedja los miraba desde la grada mascando chicle. Detrás estaba Davor Suker. Mijatovic, el hombre de la séptima del Real Madrid, hizo gestos de aprobación tras un par de detalles técnicos del portugués pero se quedó impasible con su gol. Un gol que luego quedó emborronado por su fallo en el penalti de la tanda que decidía el trofeo.

Presión hacia el árbitro. El descanso llegó con mucho silencio y Ferguson la lió al salir. Sir Alex ha creado un estado de terror en la liga inglesa e intentó hacer lo mismo anoche: le dio con el dedo en el pecho a Lubos Michel metiéndole presión. Quizá protestando por el juego duro hacia Cristiano Ronaldo. Luego sustituyó a un mosqueado Rooney, que tiró la camiseta al suelo. Antes de los penaltis, hubo hasta tángana, caricia de Drogba a Vidic y expulsión, y la más inglesa de las finales acabó de lo más latina, con muchos jugadores por los suelos, perdiendo tiempo y mirando más al córner que a la portería.

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