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El Madrid toca el cielo

Primera | Racing 0 - Real Madrid 2

El Madrid toca el cielo

El Madrid toca el cielo

Valiosísimo triunfo del líder, que ya siente el título. Raúl abrió la cuenta y sentenció Higuaín. El Racing puso mucho entusiasmo, pero no le bastó

La celebración final resultó inequívoca, porque los jugadores del Real Madrid repitieron los gestos de los campeones, las carreras desde el banquillo hasta el campo, los abrazos, los gritos, los oés. Y fue una sorpresa, porque no es frecuente que los jugadores se anticipen a las manifestaciones populares de alegría. Generalmente el futbolista entiende después, ya en La Cibeles, porque habitualmente el futbolista llega más tarde a las emociones que el aficionado que lleva toda la vida esperando.

Sin embargo, ayer se invirtieron los papeles. La afición colindante celebró el gol de Higuaín más como un alivio que como un título. Y en cambio los compañeros sobre el campo interrumpieron el partido con festejos y achuchones, como si se hubiera tratado de un gol de oro y diamantes.

Hubo que verlos para sentir la cercanía del título y para comprender que quien persigue un objetivo y lo alcanza no repara en el paisaje. No lo hacen los ciclistas, ni los viajantes, ni los conductores de autobús. El mundo se observa por la ventana y se cobra en la ventanilla. Es la diferencia entre ser espectador y protagonista.

Desde hace algún tiempo ya, damos por hecho el triunfo del Madrid en el campeonato, y lo reconocemos como justo, pero esperamos un partido que valga un título y que lo demuestre en 90 minutos gloriosos. No lo encontramos. Con escasas y magníficas excepciones, como el lejano encuentro del Camp Nou, el Madrid se ha hecho campeón a retazos de buenos momentos. Como anoche.

En Santander, el virtual ganador repitió la estrategia de la temporada entera, si es que se puede llamar estrategia al impulso natural que nos lleva a emplear la fuerza precisa para el trabajo concreto. Y no me refiero al esfuerzo que exige sudar, sino al que reclama pensar, imaginar, ser brillante.

Las más de las veces, el Madrid corre como su adversario y deja que el partido se precipite a su favor por la pura estadística del talento. Sólo eso le asegura una veintena de triunfos en Liga (la Champions es otra cosa), al tiempo que refuerza la confianza del equipo, que conoce un camino para ganar que puede recorrer con los ojos cerrados.

La fortaleza mental y el espíritu de sacrificio, la humildad, son virtudes que recuperó Capello y que ha reforzado Schuster. Lo que les distingue es que el alemán aspira a un fútbol mejor, y gana en obras, mientras el italiano no sentía otra aspiración que ganar de cualquier modo. Sospecho que la insatisfacción que afea el carácter de Schuster es, en el fondo, el rasgo de un perfeccionista que sabe que bastantes críticas son ciertas.

Sometido. Es muy probable que el Racing no entienda nada. Pudo perder fácil, pudo ganar complicado y, finalmente, perdió por dos. Y en cada estación, el partido siempre pareció propiedad del Madrid, para lo bueno y para lo malo. Cuando el líder tocó el balón, el Racing se dio una paliza a correr. Así se pasó los primeros 20 minutos, a merced de su enemigo. Luego, cuando recibió la pelota, el equipo escaló cada ataque como si se tratara de un Everest. Siempre alcanzaba el último metro sin suficiente oxígeno o bastante compañía. Y al rato, sin explicación aparente, el Madrid volvía a mandar. Más que sometido a su juego, el Racing estaba sometido a sus caprichos.

En ese primer tramo marcó Raúl. Coincidió con los mejores minutos de Sneijder, que era un relámpago. La combinación desembocó en Robinho, que centró desde la izquierda con tiempo para acomodarse el balón a la diestra y resoplar. El centro fue excelente y fue su única excelencia del partido. No está claro si Raúl tocó la pelota con la punta de la bota o sopló con fuerza, pero marcó gol, otro.

Sin determinación para fulminar el partido, para acometer ese exceso, el Madrid se dejó llevar. Fue entonces cuando el Racing correspondió a su fama. Duscher se nombró comandante y el equipo luchó por la revolución. El problema es que entre este Madrid y el resto de equipos, Barça incluido, se abre una brecha que es un precipicio.

Para ganar al líder necesitas un mérito extraordinario o un error excepcional y ninguna de esas cosas se produjo ayer. Tampoco falló Cannavaro en la medida apropiada. E incluso cuando sucede todo eso lo más probable es estrellarse con Casillas. En la única ocasión en que se precisó un milagro, Iker desbarató una pared entre Munitis y Tchité. Es inevitablemente cruel preguntarse dónde estaría el Getafe con un portero así.

Pese a la imagen dominadora del Madrid, la primera mitad se cerró con dos cabezazos de César Navas que rozaron el palo y con un penalti de Diarra que el árbitro no señaló porque fue imprescindible una repetición para saber en qué parte de su humanidad había golpeado el balón.

En el segundo tiempo no se alteró el argumento. El Madrid siguió exhibiendo a sus futbolistas de combate. Raúl se multiplicó por cien, Gago se encadenó al timón y Heinze extendió su imperio por la defensa. Ramos, a cambio, alternaba luces y sombras. Alguien debería decirle que se encuentra a la misma distancia de ser un futbolista casi irrepetible que de no ser casi nada. Y ni siquiera eso vale para Robinho: cada vez resulta más difícil creer que gane uno solo de los Balones de Oro que se imagina.

Enfrente, ni Colsa ni Jorge López oponían resistencia ni fútbol, y lo tienen. Munitis ofrecía sólo voluntad y Tchité era un robinsón. Acarició medio gol con media chilena, pero peleaba contra una multitud. Smolarek, que entró por Serrano, estiró el ataque y El Sardinero volvió a encender al equipo de Marcelion.

Esperanza. Era un hermoso ejercicio de fe. Poco más. El Madrid contestó con una ocasión formidable. Sneijder descubrió el desmarque de Robben y el zurdo aterrizó en el paraíso de los delanteros: solo, sin defensas, con la pelota botando y el portero temblando. La mandó al mar. Acto seguido, el árbitro anuló un gol a Higuaín, sin que todavía se conozca el motivo, quizá falta de Raúl. No tardó en compensar. A la salida de un córner, Cannavaro agarró a Tchité en las narices de Muñiz Fernández; el árbitro, chitón.

El Racing se deshizo en el tiempo añadido. Está bien jugar, pero no que jueguen contigo. Eso es demasiado. Balboa se durmió cuando pudo sentenciar y un minuto después lo tuvo más fácil, porque su ataque sólo encontró enemigos rendidos y abatidos. Sorteados los cuerpos, entregó a Higuaín, que marcó con rabia. Fue entonces cuando sus compañeros saltaron al campo a abrazarse, cuando el Madrid celebró la Liga sin avisar.

Al finalizar el encuentro, se repitieron los festejos, los gestos de los campeones, y los periodistas metieron sus micrófonos en la algarabía porque aquello no podía se otra cosa que un título.

El detalle: Casillas se acerca a Toño

La lucha por el Zamora se estrecha. Con los dos tantos encajados ayer, Toño lleva 23 en 26 (0,88 tantos por partido). Casillas sigue con 30 en 33 (0,90 por encuentro).