Un sainete feliz
La escena tragicómica del Calderón pudo cerrarse con el alivio de los tres puntos. Al fin pudo el hincha rojiblanco hacer coincidir una fiesta soclal, el día del Niño, con un triunfo. Y victoria importante, por cierto, pese al sainete.

Fastos. En el seno rojiblanco había temor antes del partido. Temor, sí. Porque como todos saben estaba preparada una pequeña fiesta previa, el Día del Niño, y cada vez que se organiza un fasto similar en la ribera del Manzanares los puntos vuelan. Pero hubo final feliz, aunque una vez más con nudo en el estómago, al menos durante 45 minutos. Los que estuvo el Almería rondando el milagro con nueve hombres con Bisbal en el palco.
Guión de quilates. Ni siquiera el recientemente desaparecido maestro Azcona lo hubiera escrito mejor. El Atlético preparó otro partidito folletinesco, con un guión que a cada minuto deparaba un nuevo giro argumental digno de culebrón venezolano. Primero, se golpea y cuando el rival, 2-0 abajo, debería dar muestras de entrega, llega el efecto desfibrilador rojiblanco. O lo que es lo mismo, se insufla un poquito de aire al paciente y un par de descargas. 2-2 con escenas dignas de un sainete. Cada acto del Calderón dejaba un tufillo mezcla de folletín galdosiano (goles de Antonio López y Forlán con expulsión de Pulido, realismo puro ateniéndonos a los presupuestos de uno y otro equipo) y el histrionismo cómico y exagerado que bien podría acercarse a un film, Loca Academia de futbolistas podríamos titularlo (observen el primer y segundo gol del Almería para constatarlo).
Contagios. Ante tanta comedia hasta jugadores serios se acaban convirtiendo en permeables. Diego Alves, el portero del récord de imbatibilidad, se hizo el harakiri en una falta de Simao. El balón se le escurrió como una trucha y dio paso al respiro rojiblanco para llegar al descanso 4-3. Nervios, pero menos. Pensó alguno.
Futbolista serio. Entre el sinsentido del primer tiempo, cabe destacar a Simao. El luso aprovechó el barullo para diseccionar al Almería y regalarle algo de tranquilidad a la cada vez más enloquecida parroquia rojiblanca. Con frialdad de cirujano se apartó del teatro de máscaras para poner cordura. Dos goles y una asistencia que ponen al Atlético rumbo a la sintonía de la Champions.
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Transistores rotos. Volaban por las gradas, por lo que me cuentan. Era otra de esas tardes en la que todo va saliendo redondo, menos lo tuyo claro. Otra constante del folletín rojiblanco. La gente escuchaba que perdía el Racing, que el Espanyol caía, pero su Atlético no era capaz de dar la dentellada final y, claro, siempre paga el más inocente. Al final, la honestidad de Emery, ni con nueve paró de atacar, puso en bandeja un feliz retorno a casa para el atormentado hincha rojiblanco.
Cayó el telón. Algún día el PPV debería estudiar el precio del pinchazo atlético. Ayer, por todo, para unos y otros mereció la pena lo pagado. La cartelera colchonera funciona así, pero muy mal lo tiene que hacer ya para no pasear su cine (de un género inclasificable) por los grandes festivales europeos. Rían, rían, pero piensen que el Atlético dio ayer un pasito de gigante para codearse con los grandes.



