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Las razones del líder

Primera | Real Madrid 3 - Sevilla 1

Las razones del líder

Las razones del líder

El Madrid se exhibió y recuperó la magia. El Sevilla plantó cara, pero tuvo que rendirse. Raúl elevó al equipo. Higuaín sentenció y rompió el maleficio

No es ganar, es el estilo. Y no son los puntos, sino las sensaciones. Tan importante como la victoria es la manera de conseguirla y el gran rival que cayó a los pies. El Madrid venció al Sevilla en un partido espléndido y recuperó todo lo bueno que tuvo. El líder nos refrescó la memoria y nos recordó los motivos de su ventaja, el fútbol, la inspiración, esa electricidad que de pronto lo ilumina todo.

La talla del partido fue enorme y eso prestigia al Madrid, que interpretó la cita como una final con premio, porque si algo no puede negarse es que este equipo viste etiqueta en las grandes ocasiones. Y esta lo era. Por eso al finalizar el partido los madridistas se abrazaron como si hubieran ganado un título o un buen pedazo.

Si el partido entero resultó formidable, la primera mitad fue extraordinaria. El Madrid salió impulsado por un entusiasmo arrebatado, ansioso, como si tuviera su vida en juego o como si lo hubiera comprendido todo de golpe, la oportunidad, la suerte de estar aquí, la historia, la primavera.

Desde que se levantó el telón, el Madrid desplegó una presión frenética que comenzaba en el jardín del Sevilla y que continuaba después, cuando los delanteros y los mediocampistas rodeaban a quien portaba el balón, que entonces sentía bajo sus botas las brasas de un volcán.

Alardes así suelen durar diez minutos, los primeros, y podemos decir que rozan el récord del mundo cuando superan los quince. Sin embargo, el Madrid rompió los límites que se recuerdan. El hecho es que siguió y siguió, contagiando el ardor como se propagan las epidemias.

En este sentido, el caso más sobresaliente fue el de Robben, al que teníamos por un frío estilista. Falso: anoche estuvo poseído por el espíritu de Juanito y Lola Flores. Si se trata de su verdadero carácter pueden subir el precio de las entradas porque pagaremos; si fue algo que merendó, pediremos lo mismo.

Cualquier otro rival se hubiera ahogado en esa marea, pero el Sevilla salió nadando, como los surferos que surgen entre las olas, peinados y silbando. La grandeza del equipo ya está conseguida y no se mide por la clasificación en la Liga o por sus eliminaciones en otros torneos. El Sevilla tiene automatismos de campeón y eso, que necesita de años y copas, no se pierde en una mala temporada. Al contrario: el espíritu regresa en las grandes citas y en los grandes campos.

En los cinco primeros minutos se marcó el ritmo del partido y el reparto de las ocasiones: Robben reclamó penalti a los pocos segundos del inicio y Capel respondió con un contragolpe que dibujó una flecha. Justo después, Higuaín disparó alto y duro. El Madrid ponía el doble, pero el Sevilla se apuntaba cada afrenta.

Crónico. El primer gol del Madrid se anunció desde que el árbitro señaló una falta en el flanco izquierdo del Sevilla. No es casualidad que el equipo de Manolo Jiménez haya encajado once goles en jugadas de estrategia. Y no es raro que los siga recibiendo, porque los sevillistas ahora temen más a la estadística que a los balones parados. Recuerdan y tiemblan.

El caso es que Sneijder puso la pelota en la olla y Heinze se lanzó hacia la multitud al estilo de los cantantes de rock. Su cabezazo fue a bocajarro y Palop no pudo hacer más que dejarse tumbar por la onda expansiva.

El partido no cambió, esa fue la buena noticia. El Madrid continuó avasallando, con un fútbol excelente, y el Sevilla siguió levantándose después de cada revolcón, con una elegancia exquisita.

No obstante, para explicar cuanto ocurría había más razones que el entusiasmo madridista. Schuster había ganado la batalla de los laterales. Aunque Alves jugaba de interior derecho, la hiperactividad de Robben también le atrapaba a él, especialmente después de que Crespo viera una amarilla a los seis minutos. En la otra costa, Sergio Ramos le ganaba el pulso a Capel, que fue de más a menos.

Desde esa superioridad, el Madrid se agigantó en el centro del campo, donde Guti se movió como un tiburón y Sneijder como Speedy González, favorecidos ambos por la sucesión de contragolpes en que se convirtió el partido.

En el minuto 24, Higuaín falló su primera ocasión, aunque esta vez su error se disimuló en los sucesivos remates de Raúl y Sergio Ramos, que también se toparon con Palop. Pese a todo, se escuchó un rumor maligno.

Navas relevó al amonestado Crespo y el Sevilla marcó a continuación. El gol se generó en una falta lanzada por Alves: el balón tropezó en varios jugadores y terminó por alcanzar a Kanouté, que marcó de un latigazo y señaló al cielo con nubes.

Un escalofrío recorrió el Santiago Bernabéu, aunque duró poco. Si algo distingue al Madrid de los últimos tiempos, dos años ya, son sus respuestas inmediatas. En ocasiones lo confundimos con la buena suerte, pero ya recordamos demasiados goles blancos que contestaron goles ajenos y que casi siempre los marcó Raúl, como ayer. Así que debe haber más arte que casualidad.

Remate. Un minuto después de la alegría sevillista, Sneijder buscó al capitán en busca de instrucciones. El pase tenía ciencia y Raúl tuvo que controlarlo con la cartuchera. A continuación, forcejeó con Adriano al tiempo que protegía el balón, formando una estampa estrambótica pero repetida, la de alguien que doma una pulga con un tigre en la espalda. Como en tantas ocasiones, de aquella pelea salió un gol de Raúl.

Es extraño. Todavía hay quienes piensan que se trata de un futbolista limitado técnicamente, como si fuera posible batir récords legendarios a base de insistir y a fuerza de sudar. Ojalá. Jugaríamos nosotros.

El Sevilla se marchó herido al vestuario y salió para vengarse, pero el Madrid no se dejó ganar un metro y prosiguió con su asedio. En la mejor oportunidad, Higuaín falló por dos veces y el destino nos pareció demasiado cruel. Primero quiso fusilar a Palop y eso hizo: estrellar la pelota contra él. Después, medio hundido, quiso marcar con la zurda y volvió a tropezar con un magnífico portero al que ya nadie observaba. Lo admito: pensamos en llevar flores a Higuaín.

Entonces sucedió el milagro o el exorcismo. Guti se internó por la derecha y su pase radiactivo fue desviado a gol por Higuaín, que lo celebró como un indulto. Sólo en ese instante apreciamos el gran partido que había hecho el argentino.

El Sevilla no pudo más y por si acaso Schuster dio entrada a Diarra por Guti. Se desató la pasión y se esfumó la emoción, pero el líder había logrado el objetivo: querer y poder, invocar la magia. Las Ligas se ganan de muchas formas, pero se merecen así.