Primera | Sevilla 2 - Levante 1

Puntos de oro entre silbidos

La victoria acerca al Sevilla a los puestos de Champions. El árbitro no vio un penalti a Geijo. El Levante acabó apretando. Pitos en la despedida

<b>SUFRIDO TRIUNFO. </b>Los sevillistas vieron cómo el colista se puso por delante en el marcador y se vieron obligados a otro esfuerzo extra para ganar tras el de la Champions.
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Estocá trasera, victoria sufrida y amago de bronca en la grada. El enfado de la afición sevillista ha crecido peligrosamente, hasta el punto de lanzar al aire pitos recriminatorios más de dos años después. Y eso es noticia. Ni un triunfo que acerca a Nervión a los puestos de Champions endulzó la preocupación y el malestar que la hinchada tiene con el juego del equipo y... Manolo Jiménez, cuestionado ya por un amplio sector. Los fantasmas tienen caras y números de abonados. El Sevilla ha perdido la chispa y la velocidad. Su fútbol entra en lagunas mentales, que entregan las armas a los rivales y estimulan hasta al colista.

Sufrió para ganar y lo hizo rayando el milagro, gracias al bendito error de un mal árbitro, González Vázquez, que decidió no ver un penalti clarísimo de Lolo sobre Geijo. Esa acción sucedió en el tramo final del encuentro, cuando el Levante tenía entre las cuerdas al nervioso y hundido Sevilla. Fue un final taquicardico, al que se llegó por deméritos propios.

El Sevilla se ha acostumbrado a vivir de su poder ofensivo, una trampa mortal en la que cayeron en Copa y en Champions. Es consciente de su capacidad y abusa de ella. Como el estudiante privilegiado que, con sólo dos golpes de apuntes la noche antes, supera los exámenes. Juega con fuego. Su sistema defensivo es un desastre y la psicosis recorre la mente de todos los jugadores. Los errores aparecen hasta con los voleones de un endeble Levante. Pero lo peor es que este Sevilla ha dejado escapar su huella de grandeza. Le cuesta un mundo saltar al ruedo y hacerse dueño del partido de principio a fin, poder que lo llevó a la gloria hace muy poco tiempo. No se trata de marcar más o menos goles, de defender mal o peor. Ahora se conforma con ganar a los contrarios sin querer arrasarlos con personalidad y fuerza. Por ese hueco se escapan muchas cosas.

Despiste inicial.

El colista volvió a confirmar su lifting. De Biasi creó un enjambre con dos líneas de cuatro hombres que paralizaron a Luis Fabiano y Kanouté. Riga se encargaba de lanzar al equipo y Geijo de explotar su habilidad. El arranque fue demoledor. Aún lamiéndose las heridas que el Fenerbahçe dejó en los cuerpos, Geijo eliminó las marcas con un quiebro y Riga firmó una vaselina espectacular desde 30 metros. La gente no daba crédito. Tras superar la empanada mental, el equipo tiró hacia arriba. Capel, una vez más, se convirtió en el recurso más fácil. El canterano, asfixiado con tantas apariciones, lo intentaba una y otra vez. Maresca, con sus pases al espacio libre, era su mejor aliado. Con Luis Fabiano y Kanouté rodeados por cinco contrarios, el Sevilla se recostó sobre las bandas. Keita soltó amarras y acabó sorprendiendo en una llegada. La cosa se calmaba.

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El Levante saltó al campo en la segunda parte sin Álvaro, lesionado. Sin su contundencia, era más vulnerable. El despiste de la defensa no tardó en llegar y el pichichi lo aprovechó. En dos golpes de calidad, el equipo giraba el marcador. Había sufrido, pero el trabajo estaba hecho. Sólo había que rematarlo. Pero fue incapaz. Con el paso de los minutos, acabó aculado, enredado en sus dudas y ofreciendo muestras de un terrible desgaste físico. El Levante recibió los gritos de socorro y se lanzó a por el empate. Aquello parecía la Holanda de Cruyff, el Bayern golpeando con fortaleza. Aunque detrás de ese acoso y derribo estaban Descarga, Riga, Saúl, Pedro Léon...

Jiménez, una vez más, se bloqueó. Fue incapaz de mover alguna pieza para revertir la situación. Tardó un mundo en oxigenar al equipo, que llegó muerto a la recta final. Le tiene terror a los cambios (por las críticas que puedan generar), arrastra su desconfianza y transmite demasiada inseguridad. Con este desolador panorama, el Sevilla sufrió en los últimos minutos. La victoria evitó las almohadillas, pero no pudo frenar los silbidos de parte de la afición. La Champions se acerca, la desconfianza crece. Son las exigencias.

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