Demirel mata el sueño
Detuvo tres penaltis. La defensa hundió al Sevilla

El Sevilla murió por las dudas y la irregularidad que arrastra desde hace tiempo y que ha sido incapaz de superar. Incompetencias denunciadas que fueron ocultadas por mensajes victimistas. Dejó escapar una oportunidad histórica por renunciar a hacer lo que mejor sabe: jugar al fútbol con valentía. La segunda parte que firmó no es propia de un grupo armado para ser atrevido, entrenado para las batallas más duras y diseñado para pasar por encima de equipos como el Fenerbahçe.
Volvió a perder la memoria y acabó cayendo por el precipicio estrepitosamente por culpa de la inexistencia del mínimo concepto defensivo serio para campear por Europa. Es como meterse en la trinchera con bermudas y chanclas, como intentar seducir a la más guapa del antro con Chayane a su lado, como volar sin alas. A la guerra hay que ir, como mínimo, con casco y fusil. Y el Sevilla camina a pecho descubierto. Antes o después, tenía que aparecer el estacazo. Y eso es lo que sucedió anoche. Salvó algunos trámites milagrosamente, como la eliminatoria copera ante el Denia, pero a la suerte no se puede acudir siempre.
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El fútbol es tan mágico que en solo unas horas convierte al villano en héroe. Demirel sintió el infierno en sus carnes y acabó tocando el cielo. El impulso de un Nervión en éxtasis hizo que el Sevilla se apoderase pronto del duelo y encontró en el guardameta rival a su gran aliado. Alves y Keita montaron dos disparos, para calentar bocas, que Demirel se encargó de rociarlos con veneno. En un chispazo, sin haber roto a sudar, el trabajo estaba hecho. El Sevilla se frotaba los ojos y Zico maldecía interiormente al portero de discoteca que defendía sus intereses.
El Sánchez Pizjuán rugía y los goles eran mensajes ilusionantes. La suerte había dibujado el paraíso. Sólo faltaba que los estambulíes pararan el partido, se arrodillaran ante los sevillistas y rogasen por una de sus camisetas. El Sevilla se sentía cómodo, con Capel haciendo diabluras entre las patadas de Gokhan. Olía a baño histórico. Pero la facilidad del éxito lo llevó hacia el lado oscuro. Sintió la gloria de los cuartos de final en la sangre y se dedicó a disfrutar de la fiesta. Los turcos, conscientes de que el rival defiende como simples aficionados jubilados, insistieron hasta que Deivid encontró un doble premio en dos acciones a balón parado imperdonables. Los nervios se comieron el arranque exitoso y paralizaron a los sevillistas. Alex, Aurelio. Deivid y el genial extremo izquierdo, Ugur, empujaron con decisión. El Sevilla se fue del partido, renunció a jugar y dejó pasar el tiempo. Buscó la épica en los lanzamientos de penaltis y se estrelló contra la reivindicación de Demirel. El sueño acabó en pesadilla.



