Virila Abbiati
El despropósito rojiblanco en defensa casi saca de sus casillas al portero italiano. El desaguisado comienza a poner al Atlético al borde del precipicio y el colchón ya se ha esfumado. Aguirre no encuentra soluciones al caos.

Un santo. Cuenta la leyenda que el abad Virila, del Monasterio de San Salvador de Leyre, salió a meditar y se quedó maravillado oyendo el canto de un jilguero. Tan maravillado se quedó que cuando volvió a Leyre habían pasado 300 años en vez de un minuto, como pensó el abad. Hasta el punto de que ninguno de los monjes del monasterio le reconocía. Tuvieron que ir a sus archivos para comprobar si había existido un abad cuyo nombre era Virila, quien recibió así la prueba de lo que puede ser la eternidad. Abbiati se reencarnó ayer en Virila. El meta del Atlético seguro que quiso desaparecer eternamente ante lo que vivió ayer en el Reyno de Navarra. Virila, un pensador, y Abbiati ayer pensó de todo.
Mártir. El italiano pensó en las razones por las que alguien le mandó ayer esa dura prueba. Las visicitudes del abad fueron pocas en comparación con las penalidades de Abbiati, quien no daba crédito a lo que vio durante el primer tiempo. Al carcerbero no le dio tiempo a levantarse ante los continuos errores de Pernía. Seguro que meditó en qué estaría pensando Eller o por qué Reyes perdía el balón siempre cerca de su área. Abbiati miraba, agachaba la cabeza, se estiraba, desviaba y volvía a pensar, a agachar la cabeza a atajar y a tirarse abajo. Él quiso perderse no sólo 300 años, sino 500. Pero no pudo, la prueba de la eternidad la pasó Virila y el italiano sólo pudo hacer que el Atlético no saliera goleado de Pamplona.
San Javier. Cerca de Leyre está el Castillo de Javier. San Francisco Javier es el patrono de Navarra, quien ayer se acordó de los suyos. El santo fue protector de su equipo, mientras que otro Javier, Aguirre, estuvo atónito en la banda ante los continuos regalos de su equipo. Igualmente atónitos estaban los demás componentes del banquillo rojiblanco y los directivos en el palco. Francisco Javier, de familia acomodada, renunció a todo para predicar la fe cristiana por el mundo. Otra fe, la atlética, se somete a duras pruebas domingo a domingo, semana a semana, mes a mes y temporada tras temporada. Esa fe es la que mueve a tanta gente a ir al Calderón o a viajar con el equipo, a pesar de lo que se vio ayer y a pesar de lo que se lleva viendo en estos últimos años. Igual que Francisco Javier se mostró inquebrantable ante sus ideas los rojiblancos lo son con las suyas, a pesar de los pesares.
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Desastre. Esa fe es la que lleva a los atléticos a pensar que todavía pueden jugar la Champions porque otros motivos no existen para ello. Los de Javier... Aguirre pierden y pierden, unas veces injusta y otros veces injustamente y los demás, de una manera u otra, ganan. Lo de todos los años. Si el equipo rojiblanco tuviera la fe de San Francisco Javier o la de sus propios aficionados, otra cosa resultaría, pero no la tiene. Por eso este equipo lo tiene cada vez más complicado para lograr su objetivo, ser cuartos y entrar en Champions, quedan 13 partidos y ya no queda colchón para errores.
Irún. A pesar de los pesares, la Peña Fernando Torres de Irún celebró su cuarto aniversario el sábado por la noche. Más de cincuenta personas acudieron a la cena, junto a ellos miembros de las peñas Pelayo de Gijón, Pantic de Ourense, Petón de Zaragoza y Tomahawk de Madrid. Ellos sienten los colores y la camiseta rojiblanca. Ellos se fueron ayer a casa con la cabeza agachada, pero pueden seguir mirando cara a cara a los demás. Algunos jugadores no pueden decir lo mismo.



