Defensa autodestructiva
El Sevilla, superior, se ahogó en su propia debilidad

La debilidad defensiva arrastró irremediablemente al Sevilla hasta la derrota. Ni la ambición, la capacidad para golpear y la consistencia del centro del campo hacia arriba pudo anular tantas pesadillas defensivas. El resultado no es mortal ni definitivo, pero sí frustrante. Cuando desprendes superioridad, la derrota produce más dolor. El equipo estuvo decidido, jugó con más atrevimiento y personalidad, pero se encargó también de echarse tierra encima. El paso por el Sürü Saracoglu, ante 50.000 turcos enloquecidos, supo a oportunidad perdida, a golpes en el pecho maldiciendo los errores.
Los técnicos anunciaron el carácter anárquico del Fenerbahçe. Zico debía tener asumido ese defecto y preparó un planteamiento serio y disciplinado. El objetivo era controlar los contragolpes del Sevilla. Perdería locura arriba y llegada, pero mantendría sujetos a la pareja de moda en Europa: Luis Fabiano-Kanouté. Para conseguirlo, instaló una línea de cuatro defensas e incrustó como pivote, un pasito por delante, a Sahin. Los delanteros eran atosigados. El Fenerbahçe montaba también dobles y triples ayudas en las bandas. Navas se esfumó y Duda, que salió sorprendentemente por Capel, sólo lo intentaba.
Con terreno por delante, los sevillistas se apoderaron del balón. Y se adueñaron del partido. Poulsen y Keita se sentían cómodos y apretaban. Con el muro enfrente, Alves asumía la responsabilidad de traspasarlo con sus impulsos. Roberto Carlos andaba por allí, dedicado a pinceladas y a las tres cartitas.
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Kanouté y Luis Fabiano, asfixiados por los centrales, dieron un paso hacia el centro para respirar. Con este guión de acoso ordenado, marcajes estrechos y nubarrones defensivos transcurrió el encuentro. Primero golpeó el Fenerbahçe: Kezman se colaba entre Drago y Escudé. La suerte acompañó una de las apariciones de Alves: Edu coló un pase del brasileño en su portería. Lugano rompía, de nuevo, el partido, rematando solo un córner. Cada balón que volaba sobre el área de Palop llevaba el sonido de un avión de guerra y la destrucción de una descarga de bombas racimo. Pese a todo, el equipo se levantaba y recuperaba su sitio. Hasta que apareció, otra vez, la debilidad atrás.
Tras la tercera estocada, el Sevilla ya no tuvo tiempo para reaccionar. Incompresiblemente, Manolo Jiménez fue incapaz de matar el partido con el empate a dos. ¡Sólo hizo un cambio! Con Luis Fabiano y Kanouté casi desaparecidos, el entrenador no supo rearmar atrás al bloque con alguna decisión técnica. Demasiadas concesiones, demasiadas carencias defensivas, demasiados regalos. Una pena. Pero queda la vuelta en el Sánchez Pizjuán.



