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Siete goles, siete, le metió el Madrid a un Valladolid que pagó cara su valentía. Los blancos ponen otra vez mucha tierra de por medio con ese Barça que empató pero casi pierde en el Sánchez Pizjuán. Dos goles de Forlán devuelven al Atlético a Champions y uno de Guille Franco consolida en el tercer puesto al Villarreal.

Robben
José A. Espina
Jefe de Sección en la Delegación de Andalucía
Jefe de Sección de Diario AS en Andalucía. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla. Pegando teclazos desde 1998, durante toda una década en Madrid (2000-2010). Sevilla, Betis, Selección española y lo que se ponga por delante. Loco por el fútbol, guarda un poco de esa pasión para su otro deporte favorito, el tenis.
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Fútbol club punterazo

Xavi empató en el Pizjuán y su gol fue una metáfora de este Barça insípido. Xavi marcó con un punterazo, forma de disparo que tiene mala prensa por poco estética, pero que es muy efectiva cuando los centrales aprietan, cuando no hay otra opción para marcar y/o sobrevivir. A igualadas como la de Sevilla está ahora abocado un equipo al que no le quedan ya ni las cenizas del mejor Ronaldinho y que va tirando, por decir algo, mientras intenta embarcarse en la filosofía que legó Etoo antes de marcharse a la Copa África: "Hay que ganar, aunque sea jugando mal". Mientras traiciona o trata de traicionar, sin resultados, el estilo que vertebra gran parte de su historia y con el que tanto ganó hace apenas dos telediarios. Mientras cambia, no hay mejor resumen, la clase del empeine por la ordinariez de una puntera.

Emery y Goyo: 0-0 entre alumno y profesor

Lógico resultado el 0-0 de Son Moix, empate fraguado desde dos pizarras más cercanas en lo sentimental que en lo físico: del lado mallorquín Goyo Manzano, el profesor; de la parte almeriense Unai Emery, que fue su alumno durante los años que compartieron como entrenador y futbolista en los campos de fútbol rocoso, el que más enseña, en las tierras de Toledo. Emery, centrocampista trotón, jugó tomando notas en la memoria para convertirse, con Marcelino, en la sensación joven entre los técnicos españoles. A los 35 años le saca cinco puntos al Mallorca y confirma, de momento, la teoría evolutiva de Darwin aplicada a los banquillos: que los hijos suelen superar a los padres.

Uche demuestra que sólo importa el gol

Todo es paz y armonía en el Coliséum, los pájaros cantan y las nubes se levantan pocas horas después de la agria polémica suscitada por Uche, al que se echó de menos durante dos días porque Nigeria fue eliminada el domingo y él no llegó a Getafe hasta el jueves. Es la terapia del gol, medicina universal que (casi) todo lo cura, sobre todo el rencor. Empezando por Ronaldo, la historia está repleta de vivaslavida perdonados por su facilidad para mandarla a la red. Bien lo sabe Laudrup, que convivió en el vestuario del Dream Team con otro brasileño nocturnísimo y también muy goleador, Romario. El danés se tragó el enfado y puso en Riazor a Uche, el del empate.

Diego Forlán se ha contagiado de Torres

Al final, Forlán hizo un doblete y escribir esto les parecerá una insolencia, pero el uruguayo se ha contagiado de una enfermedad que padecía Fernando Torres. A saber: se desespera cuando se da cuenta de lo que tiene (o más bien, no tiene) en su centro del campo, y decide retrasarse en busca de balones que nunca llegan arriba. Diego juega a 30 metros del lugar donde más rinde, el área. Por eso se llevó tantos partidos sin marcar. Ayer, Forlán anotó dos goles y lleva nueve. Pero si se ocupara sólo de lo suyo, la portería, enchufaría muchos más. Debería olvidarse ya el Atlético de los defensas y los extremos, y buscarse de una vez a un Touré o un Keita, a un Guti si la tesis es atrevimiento. A alguien, en fin, que le gobierne de verdad el mediocampo, ese abismo por donde se despeñan sus opciones de volver a ser un grande. Pregúntenle, si no, a un Niño que se marchó a Liverpool.

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El personaje: Robben

Robben intervino en cuatro de los siete tantos que marcó ayer el Real Madrid, y comenzó así a justificar esa inversión mastodóntica de 36 millones de euros, dinero que le convertía en el cuarto futbolista más caro de la historia del club blanco por detrás de, al loro, Zidane, Figo y un tal Ronaldo. Las lesiones habían levantado una polvareda de críticas acerca de la conveniencia de gastarse tal fortuna en un futbolista llamado a servir de atrezzo, que no parecía capaz de decidir partidos por sí solo. Porque la maquinaria blanca no admite paciencias, adaptación, y el puesto de Robben tampoco ayuda: son estos unos tiempos difíciles para los llamados extremos puros, obligados a migrar de banda, de posición, hasta de equipo. Y Arjen es de esos que no podrían sobrevivir en otro hábitat que el carril, se trata de un ejemplar único que se extinguirá algún día, pero que, mientras ello ocurre y la tarde ayuda, se convierten en elementos fundamentales para la creación de partidos repletos de éxtasis, como el que vivió el Santiago Bernabéu.

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