Primera | Levante 0 - Real Madrid 2

Maquillajes Van Nistelrooy

El Levante resistió hasta que Serrano cometió penalti. El holandés marcó y sentenció poco después. El Madrid no brilló, pero viaja a ritmo de récord

<b>COURTOIS EVITÓ EL GOL. </b>El Madrid pudo adelantarse en el minuto 21 en una doble ocasión que salvó Courtois. Primero evitó bajo palos que el remate de Baptista entrara, pero el balón salió rechazado y llegó a Raúl, cuyo disparo volvió a pegar en el jugador del Levante y de ahí a Kujovic, que detuvo.
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Hace algún tiempo que los partidos del Real Madrid nos dejan la impresión de haberlos visto antes. Si esa sensación nos asaltara sin previo aviso podríamos decir que se trata de un déjà vu ("ya visto"), que es el término francés con que la parapsicología denomina este fenómeno que altera nuestras diapositivas vitales. Sin embargo, en nuestras experiencias no hay sorpresa, ni sobrecogimiento, ni bola de cristal. Se nos repite el Madrid como se repite el día y la noche, el perfume de la chica o el gazpacho de su madre. Con sol, nubes, estrellas o boca de lobo. Ayer, en concreto, fueron chubascos y aliento de gato.

La única incertidumbre suele ser el cómo. Y al poco lo descubres. Si el Madrid juega bien, gana. Si lo hace mal, también. Y en este segundo caso la resolución es fría, sin otra hermosura que la belleza de lo implacable. Así ocurrió contra el Levante. Después de 75 minutos parejos y chiclosos, Van Nistelrooy marcó de penalti. Al rato, sentenció con un disparo lejano, duro y cruzado.

De modo que al final sólo queda eso, la victoria y los zarpazos. Lo suficiente para rellenar el resumen de televisión y destacar los fabulosos números del Madrid y de su delantero centro. Una magnífica composición para los madridistas sin televisión o para los que viven en Australia.

Con ese panorama de felicidad intersemanal, si criticas eres un cenizo y si elogias, un populista. En esas condiciones, la historia que rodea cada mal partido se convierte en una anécdota, en una valoración moral, en un sermón que suele citar a Capello como si fuera Mefistófeles.

El discurso no tiene efecto si lo que importan son los títulos. De esta forma (y otras peores), Capello ganó una Liga, la última, sin que encontráramos un castigo divino para su tacañería. La cuestión es que por eso, por rácano, Capello fue despedido, en una decisión que algunos entendieron mal, pero que responde a una aspiración del madridismo antiguo: la perfección.

Esa bandera tomó Schuster y a ello se aplicó desde el principio, consiguiendo momentos de bastante brillantez. El problema es que, llegados a este punto (mitad de temporada), el equipo de Capello se apodera con demasiada frecuencia del equipo de Schuster y amenaza con derrotarlo para ganar a su manera.

La última prueba la tuvimos ayer: la victoria del Madrid frente al Levante fue capelliana y se basó en el goteo y en el ahorro. Y aunque eso lo hemos visto mil veces, resulta inevitable tomar este partido (y el de Mallorca) como una señal de peligro de la que no libera ninguna ventaja.

El hecho es que no hubo tanta diferencia entre el líder y el colista. Si acaso, se podría admitir una leve superioridad visitante que se tradujo, hasta el gol, en dos balones estrellados en los palos. En el juego hubo empate técnico, aunque el equilibrio se consiguiera de distintas maneras.

Plan.

Mientras el Levante estaba perfectamente preparado (y parapetado) para el cero a cero improbable y el milagro imposible, el Madrid se atascaba en su propio centro del campo. El asunto es más evidente cuando el rival se cierra. Gago inicia la jugada, pero abandona pronto. Sneijder es un ayudante cualificado, pero no sirve como distribuidor. Y entre el primer pase que hace Gago y el último que pretende Sneijder se abre un vacío que no rellena el cuerpo de Baptista. Añadan a eso un fútbol sin bandas (sin Ramos) y un Robinho perdido. La consecuencia es que los delanteros eran soldados atrapados entre las líneas enemigas. Héroes por sobrevivir.

El partido se presentó así y así discurrió. A los 13 minutos, Sneijder abrió el fuego con un disparo desde fuera del área, más centrado que potente. Kujovic detuvo sin problemas. A renglón seguido, contestó el Levante: Courtois acudió a recibir un saque de esquina y, en lugar de escapar hacia fuera (el mundo), escapó hacia dentro (lo desconocido). Pedro León hubiera marcado en el córner que resultó de haberse dejado las uñas del pie más largas, mala costumbre por lo general.

Con el Madrid sin orden y con el Levante con eso únicamente, el encuentro vivía convertido en una aglomeración. Los barullos eran frecuentes dentro del área. En uno de ellos, Courtois repelió dos veces la pelota bajo palos; primero, con la pierna y luego con el pecho. Tenía imán de caucho.

En el Levante lo mejor era su coordinación a la hora de provocar el fuera de juego y lo peor su falta de pegada. Riga era un incordio sin gol y nunca sabremos el verdadero estado físico de Casillas, que saltó al campo con bufanda y el pantalón del pijama. En cualquier caso, si durante la semana padeció gastroenteritis, ayer pareció gastroenterito, y ustedes disculpen.

Como no está de moda sustituir jugadores en el descanso, Schuster aguardó diez minutos en dar entrada a Guti, al que necesitaba como el comer. Baptista, que había dispuesto de una ocasión clarísima, desapareció como un fantasma.

Ocasiones.

Antes del cambio, el Levante se había acercado un par de veces al área del Madrid. Pedro León había chutado junto al palo y Riga había cabeceado inocente un buen pase de Juanma desde la banda de Marcelo, habitualmente descontrolada. Robinho respondió con un chut al palo.

El siguiente ajuste del Madrid dio más resultado. Higuaín entró por Sneijder y en una de sus primeras intervenciones buscó el área desde la derecha. El balón golpeó en un brazo de Serrano, que los tiene frondosos, y el árbitro señaló penalti. Fue una jugada sin pena ni gloria, tan accidental como antirreglamentaria.

Van Nistelrooy marcó y el Madrid lo celebró con esa mezcla de entusiasmo y alivio con la que se sale de los verdaderos aprietos. De otro lado, el plan del Levante no podía soportar un gol en contra. Su recorrido y su talento se terminaban en ese momento, y conviene decir que resistir tanto fue un mérito y un honor. Pese a todo, Riga tuvo la ocasión de empatar después de robar un balón a Pepe. No la aprovechó.

No tardó en llegar la puntilla. Van Nistelrooy recibió de Guti a dos metros de la frontal del área grande; el holandés levantó la cabeza, apuntó y disparó cruzado junto a la cepa del poste. Fue un gol de la segunda página de su amplio catálogo. Es un delantero espléndido, no cabe duda.

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En el tiempo que condujo al pitido final, los madridistas respiraron profundo y Riga continuó insistiendo por la superficie, sin alcanzar el virus de Iker.

Ese Madrid ganó al colista. El otro, finalizada la primera vuelta, ha batido el record de puntuación en la Liga de tres puntos (47) y cabalga a ritmo de proeza sobre las cenizas y sobre los cenizos.

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