Copa del Rey | Zaragoza 3 - Pontevedra 1

García vuela en el precipicio

Un gol en plancha de Sergio salvó la Copa en el 91'. Gabi reactivó al equipo. El Zaragoza perdía de penalti en el 17'. Diego y Oliveira hicieron los otros

Mario Ornat
Actualizado a

Un gol de cabeza en plancha acostumbra a dejar un recuerdo duradero. Hay una hermosura antigua en ese remate, a medio camino entre la acrobacia, la habilidad y el arrojo. Si el gol, como el que firmó Sergio García anoche, le da forma épica a una remontada en la Copa, ya casi nadie lo olvida. El Zaragoza está vivo en el torneo, eso es un hecho, aunque sus constantes siguen tan discutibles como lo eran antes de terminar el año. Excepto el resultado, que condenó al Pontevedra cuando se moría la noche, todo lo demás está sometido a las consideraciones habituales. La victoria salva a Víctor Fernández, obvio, pero también otras cosas: un cierto orgullo para un bloque cuyas convicciones estaban muy disminuidas; la victoria supone una relativa redención para un Zaragoza cuyo deseo continúa por encima de su fútbol.

La gesta tiene valor por lo que significa: la clasificación, el regreso de otro fracaso. Lo multiplicará si sirve para mejorar la autoestima del grupo. Hay otras muchas cosas que mejorar, en realidad, pero los avances del Zaragoza llegan de forma muy lenta; continúa anclado en largos episodios de juego sin sabor ni contenido. Ayer se obligó a regresar de un 0-2 en la eliminatoria por su crónica impericia con la pelota y sin ella. Durante mucho rato se mantuvo vulgar en la construcción, relajado en la vigilancia de los espacios importantes del campo, y demasiado generoso en las dos áreas, la propia y la contraria. En esas condiciones, el Pontevedra lo tuvo eliminado durante 91 minutos. Suerte que lo que cuenta es el final. Cuando todos caían por el precipicio, Sergio García voló a por un balón de Gabi y su remate en plancha fue la Providencia.

El Zaragoza no está para exigirle casi nada, ni siquiera la recuperación de un 1-0 frente a un equipo inferior en dos categorías. La consiguió y en ese camino dejó tanta satisfacción por el resultado como dudas en el juego. En realidad, todas estas constataciones ya las hicimos frente al Aris, y estamos hablando casi de lo mismo tres meses después. Salvo por el marcador, el proceso pudo ser exacto: un primer partido con trazas de apatía o de impotencia, no se sabe lo que es peor, y un segundo de incapacidades reunidas y alguna desgracia intermedia para aderezar el caso. Como el inconveniente penalti que ayer le pitó Rubinos a Ayala por contener con su brazo (o pensar que lo había hecho) un salto de Turiel. O como las tres veces que Diego Milito, Oliveira y Zapater llegaron pero no llegaron a las barbas del portero Saizar en la primera parte. Todas se quedaron en el intento: un mal control, un pase retardado que acaba en un disparo fuera, una elección equivocada en el área o un paradón del guardameta... El mejor, una mano derecha tremenda con la que negó el voleón de Diego Milito que iba camino del 3-1. Situaciones que servirían para definir por extensión el estado carencial del equipo. Por uno u otro motivo, el Zaragoza no alcanza los niveles mínimos. En realidad, está bien por debajo.

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No se trata sólo de lo concreto. El problema afecta a todo el tejido. El Zaragoza ha derivado hacia un fútbol de una sola velocidad, con una preocupante falta de celo en el medio y demasiadas concesiones atrás. Tiene pegada y eso siempre ayuda a rebajar el impacto de otras deficiencias, pero no a solucionarlas. La noche empezó con un leve penalti de Ayala que Rubinos sancionó en el minuto 17. Lo metió Igor, brasileño de rara onomástica. La peor posibilidad de todas, pero nada disonante con una puesta en acción poco prometedora del Zaragoza. El equipo pasó mucho rato blando atrás e inconcreto arriba: Oliveira y Milito le daban amenaza, pero no puntería. Como siempre, estuvo más cerca del gol que del fútbol. Si tuvo un valor fue el que se le supone a cualquier equipo: el deseo inquebrantable de la victoria, por encima de los méritos.

Líder y goleador. El recambio de Luccin por Gabi en el inicio del segundo periodo vino a solventar en cierto modo los problemas del Zaragoza en el medio. El equipo había convertido esa zona en territorio de no agresión frente a un contrario que acumuló cinco hombres ahí. Por encima de todos el argentino Víctor, otra vez. Y el culebreo de Dani por la banda izquierda. Y la experiencia de Turiel. Con la entrada de Gabi el Zaragoza ganó contenido, agresividad y llegada. Zapater ocupó el puesto de un Diogo en estado de disolución y Aimar agitó la media punta. Con todo, el Zaragoza tuvo que igualar en el 52 de penalti a Diego Milito. El influjo del argentino resulta poderosísimo. Volvió a hacer un partido mayúsculo. Liberado de la sombra rizada de su hermano, es el líder natural del equipo. Su expulsión al final, otra decisión excesiva de Rubinos, no le hizo justicia. A partir del empate el Zaragoza redujo el encuentro a un monólogo , conforme el Pontevedra se fiaba a contras que Ayala, solo en medio del desierto, fue cerrando una a una. Después de que Oliveira cazara un rechace para el 2-1, cuando el tiempo ya volaba, Gabi centelleó una última vez por la izquierda y templó un balón de lado a lado. El Pichón García voló para un 3-1.

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