Recital en el Camp Nou

Primera | Barcelona 0 - Real Madrid 1

Recital en el Camp Nou

Recital en el Camp Nou

Exhibición del Madrid ante un Barça indefenso. Pepe, prodigioso. Baptista marcó un gol espléndido. Iniesta, única opción local. Ronaldinho, horrible

Hay lugares y momentos donde se descubren los equipos y los futbolistas. Hay situaciones que reparten diplomas y medallas. Hay cumbres. Y el Madrid coronó la suya, su Everest, su partido. No sólo venció en el Camp Nou: lo conquistó. La hazaña trasciende la suerte o la inspiración de una noche. Significa, sencillamente, que el Madrid es mejor. Y como también es joven es fácil imaginar que esto es el principio de un equipo y el final de otro.

La victoria madridista en el Camp Nou recuerda inevitablemente al triunfo del Barcelona en el Bernabéu hace dos años, el 19 de noviembre de 2005, cuando se confirmó la liquidación de la época galáctica y la perversión de un modelo de satén y sin sostén. Aquel día, mientras el Madrid inició el camino de la purificación, el Barcelona, cegado por el brillo y quizá por la admiración secreta, repitió los pasos que su enemigo desandaba. El peor pecado del Barcelona y su presidente ha sido no darse por aludidos, copiar el lujo y olvidar los valores, las raíces, lo invisible. Su gran error ha sido, en definitiva, imitar lo peor del Madrid.

El resultado es que el héroe de aquel partido de hace dos temporadas, Ronaldinho, es ahora el villano del Barça, el símbolo de todo lo malo, el tapón de una generación y de una ilusión. Ayer quedó cruelmente claro, abucheos incluidos, y sólo se entiende que Rijkaard lo mantuviera en el campo si pretendía demostrar precisamente eso, su triste final. Acertó el entrenador si fue un sacrificio a los dioses de la grada, los que devoran los corazones.

La otra consecuencia de ese viaje en sentido contrario es que el Real Madrid ha construido un equipo que crece según lo miras. Desde los valores primitivos, el esfuerzo y el honor, Capello, primero, y Schuster, después, han formado un grupo que tiene la textura de las rocas y los destellos de un diamante.

Para resumir se podría decir que todo es mejor de lo que pensábamos. Empezando por Schuster, al que le suponíamos más simpático y peor entrenador. Y siguiendo por Pepe, un central fabuloso, homérico. Si su rendimiento estaba siendo altísimo en los últimos partidos, anoche completó una exhibición memorable. No es sólo un defensa rápido, seguro, con fútbol y con sentido de la anticipaci además es un central que ataca a la moral de los delanteros, que acaban por sentirse alevines y por parecer llorosos, lastimados.

Pero el mérito fundamental no ha sido el descubrimiento, sino provocar la coincidencia. Baptista, Robinho, Diarra o Sneijder se aproximan por fin a nuestras expectativas y a su precio. Hasta Cannavaro se ha unido a la inspiración general. Por no mencionar a Heinze, del que no esperábamos tanta influencia argentina. Si a esa irrupción sumas los seguros de vida, me refiero a los jugadores eternos (Casillas, Raúl, Van Nistelrooy, Ramos), el resultado es un equipo que lo tiene todo. Ayer, al menos, lo tuvo.

Planteamiento. De inicio se reconocieron las fortalezas de uno y las debilidades del otro. Mientras Schuster apostó por el equipo de los últimos encuentros, con Guti en el banquillo, Rijkaard dio entrada en el once a Ronaldinho y Deco, que se habían entrenado con los suplentes durante la semana.

La consecuencia es que los compromisos institucionales maniataron al Barcelona. Con Iniesta y Xavi exiliados a las bandas, el equipo no encontraba ni salida ni balón. Touré estaba sobrepasado y Deco fuera de ajuste. Sin centro del campo, el Barça chocaba con el Madrid como las olas contra el espigón.

Entre las aportaciones de Schuster se cuenta un compromiso general en defensa que convierte al equipo en una zarza en movimiento. Después, capturado el balón, el siguiente trámite se resuelve como una centella, en un par de pases. De esa forma, el centro del campo se ahorra el trabajo engorroso de masticar la jugada. Por eso no se echaron en falta arquitectos en el Camp Nou.

Sobre esas bases discurrieron los primeros 25 minutos: el Barcelona atascado en la creación y el Madrid pendiente del robo. Tan encorsetado estaba el juego que el único acercamiento con peligro lo protagonizó Pepe, al cabecear una falta que sacó Sneijder.

Media hora tardó Rijkaard en comprender que se movía con los brazos atados a la espalda. Entonces, liberó a Iniesta. Y, de pronto, cambió el Barça. Un pase suyo dejó a Etoo en boca de gol y en manos de Casillas. El rechace lo controló el propio Iniesta, que vio cómo Iker no aceptaba ningún engaño y le arrebataba el balón en el último instante.

El partido del Barcelona se disputó durante esos minutos y, especialmente, en la siguiente jugada: Iniesta penetró por la derecha y, una vez en la caldera, centró hacia el punto de la penalti. Etoo no llegó, pero sí lo hizo Ronaldinho, que chutó con todo el interior y toda la intención, cruzado, asesino. Casillas la volvió a escupir. Se confirma: Santa Claus es él.

Golpe. La respuesta del Madrid fue un grito en la trompa de Eustaquio. Raúl tocó de cabeza, Baptista se apoyó en Van Nistelrooy y este le devolvió sin dejar caer la pelota, de modo que, en tres toques, el Madrid había avanzado 30 metros. A la altura de la frontal, La Bestia enganchó la pelota a bote pronto y con el exterior del pie. La metió por la escuadra lejana. Fue un gol de gigante.

En la segunda mitad el Barcelona insistió en lo mismo, pero la lucha era desigual: Iniesta contra el Madrid. El manchego lo intentó de todas las maneras, pero no encontró nada, ni siquiera un buen desmarque. Cada vez que se acercó a Ronaldinho buscando un socio la situación fue ruborizante, porque sólo halló el cartel de un anuncio de natillas.

Entretanto, el Madrid ya había crecido varios centímetros. Aunque el resultado todavía era incierto, su superioridad era aplastante. De hecho, en cada contragolpe daba la impresión de que se abriría la vía de una goleada. Robinho tuvo la sentencia en sus botas, después de una pared con Baptista, y también la rondó Van Nistelrooy, que disparó fuera.

El partido estaba tan inclinado hacia el Madrid que ganaba hasta los choques individuales. Raúl se estrelló con Puyol y el barcelonista rodó por el césped, malherido. Cada patada a Baptista pasaba por un puntapié a un bisonte. La diferencia física era abismal y la psíquica, abisal.

La entrada de Giovani mejoró algo al Barça y la de Bojan, un poco más. Pero no resultó suficiente para luchar contra una tendencia que empieza siendo deportiva y acaba siendo espiritual. En el último asedio, Pepe despejó con el tacón un remate de Giovani que se colaba.

El Madrid invadió el Camp Nou como esos Papá Noel que cuelgan estos días de las ventanas, con regalos o carbón, según.