Zigic corrige a Koeman
El gigante inspiró el empate postrero del Valencia

El Valencia empató un partido bastante increíble, en todos los sentidos y sobre todo aún más increíble desde la perspectiva del Zaragoza, al que le convendría jugar hora y cuarto como mucho. Al final cedió su victoria bajo el empuje ciclópeo de Zigic, quien con su mera presencia física cambió un partido moribundo, que nadie había sido capaz de agitar antes. El Valencia se deshizo bajo el peso del gol inicial de Diego Milito y durante más de setenta minutos adquirió el aspecto grisáceo de los equipos sin alma. No tuvo juego ni respuesta. Pudo salir goleado pero, de forma inesperada, tomó color cuando Zigic apareció para darle dos metros de referencia arriba. El Zaragoza, que había manejado la cosa con eficacia durante tres cuartos del choque (pudo elevar su ventaja y contar uno o dos goles más), se comportó con excesiva generosidad a partir de los cambios. El empate ocurrió en seis minutos, los que contuvieron el zarpazo metálico de Zigic y la hermosa miniatura combada de Silva.
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Fue un encuentro que empezó en buen ritmo y que el Zaragoza puso de su lado pronto con el penalti y un regalo navideño de Mora (metió dentro, como decía Di Stéfano, una que iba fuera de Sergio García). Luego se extravió en una inercia de ida y vuelta sin chicha y demasiadas tarjetas. Muchas cosas resultaron desconcertantes. Cuando un entrenador reúne credibilidad en un equipo prestigioso, como hizo Koeman en el PSV, resulta extraño observarle tomar decisiones tan crípticas como las de ayer. Utilizó a tres laterales derechos para cerrarle el camino a esa bola de cañón llamada Sergio García: Miguel, Caneira y Lombán. Tres decisiones para resolver un solo problema suponen el equivalente a esos futbolistas que precisan tres toques para hacer un control. Pocos minutos después el árbitro lo expulsó y el Valencia mejoró sin su entrenador.
Pero los culpables tienden a buscar a otros culpables. Koeman se fijó en Paradas. En realidad, siendo malo, la influencia del colegiado sólo fue relativa, pero pudo dar para algo mucho más grave. Un minuto antes del penalti a Oliveira que Milito licuó en el 1-0, Paradas se comió una mano de Ayala en un centro de Joaquín. En la jugada siguiente Oliveira se preocupó bien de caer ante Mora y marcó Milito. Y luego, el colegiado le negó un gol legal de cabeza a Oliveira. Sobre esas bases, cada uno hizo sus lecturas. El Zaragoza pensó que ahí podría haber cerrado el partido. Koeman lo vio casero. Todo fue opinable. Como el mismo partido, que se reblandeció hasta hacerse imprevisible e ilógico. El Valencia empató de golpe, sin amenazas previas. Nunca antes de los goles y de Zigic había llegado al área. Que cada cual piense lo que quiera: el fútbol se comporta como una ciencia arbitraria.




