Los lunes del Asador Donostiarra | Granada 74

"La venta del Ciudad ha sido el milagro de Lourdes para Granada"

El granada 74 pasa revista. El Ciudad de Murcia es hoy Granada 74, un ejercicio de transformismo que emprendieron Carlos Marsá y Enrique Pina contra la voluntad de quienes manda en las dos ciudades. Contaron la peripecia ayer en el Asador Donostiarra.

<b>EL EQUIPO DEL GRANADA 74. </b>De izquierda a derecha, Enrique Pina, Carlos Marsá y Juan Carlos Cordero, los padres de un experimento que por ahora funciona.
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El Granada 74 es ahora un equipo de Segunda que mira a Primera, pero durante el pasado verano fue un thriller. Primero no hubo equipo, después no hubo campo, más tarde no le mandaron árbitros y finalmente le negaron la licencia para competir. Se estrenaba en la Liga un sábado en Cádiz y sólo 24 horas antes le concedió el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) de Lausana el visto bueno para competir. Carlos Marsá Valdovinos (Madrid, 1947) fundó el club en 1974 y este verano le compró a Enrique Pina Campuzano (Murcia, 1969) por veinte millones (siete POR la deuda y trece por las acciones) el Ciudad de Murcia para jugar en Segunda. Luego lo fichó como mánager general. "Era una ocasión única para Granada que quizá no vuelva a repetirse, porque sería impensable que el Betis dejara Sevilla o el Depor A Coruña. Fue el milagro de Lourdes", explica Marsá antes de rememorar la peripecia, flanqueado por Pina y por su director deportivo, Juan Carlos Cordero Sánchez (Cartagena, 1974), con fama de tener bueno ojo.

Con Pina empezó todo. Él quería vender el Ciudad, cuarto en Segunda las dos últimas temporadas, y muchos querían comprar. Una operación sin traumas por la falta de arraigo del Ciudad, club nacido en Preferente para que Pina (ex jugador del Mérida que entrenaba Juanito) o Cordero (futbolista de Albacete, Sabadell o Granada, entre otros) siguieran jugando al fútbol. "Primero pensé en vender el 20%. Sólo el Gandía estaba dispuesto a aceptarlo, pero no tenía un campo apropiado. Así que decidí vender todas las acciones, porque en Murcia ya no podía seguir. Yo presenté un plan para hacer un estadio y una ciudad deportiva allí y a cambio rehabilitar un barrio y lo calificaron de disparate. Me llamaron muchas ciudades, pero precio (23 millones) sólo le di a dos: Oviedo y Granada. La primera oferta no me convenció. Y de Granada habló conmigo José Julián Romero (promotor inmobiliario ex compañero de Marsá en la junta del Baloncesto Granada y ahora presidente del club y su adversario más enconado). Me dijeron que tenían el apoyo del alcalde, que el Ayuntamiento podía aportar un millón, que el equipo jugaría en Los Cármenes y que se construirían locales comerciales en los bajos del estadio. Y entonces me llamó Marsá". Y aquí el presidente retoma la operación: "Me metí en esto porque llevo 34 años en el fútbol y porque entendí que Granada se jugaba mucho en el envite. Llamé a Pina a las nueve de la noche y a la una de la madrugada estaba en Sevilla negociando. Quedé en contestar en dos días y en quince habíamos rematado la operación. Yo creo que Pina decidió venderme el club a mí porque le molestó que Romero, con prepotencia, anduviese diciendo que se lo quedaría por cuatro duros".

Aquí comenzó un larguísimo conflicto con el alcalde de la ciudad, José Torres Hurtado: "Dos días antes de la compra, pedí una reunión con el alcalde. Me recibió el concejal de Deportes (Juan Casas) y me dijo que jamás jugaríamos en Los Cármenes porque el Ayuntamiento no consentía el ascenso de equipos que no se lo hubieran ganado en el campo. Y yo le pregunté por el Guadix (cuya plaza había sido adquirida por el Granada Atlético)".

Los informes.

El Ayuntamiento alegó informes técnicos que desaconsejaban el uso de Los Cármenes por tres equipos: el Granada 74, de Segunda; el Granada, de Segunda B, y el Granada Atlético, de Tercera. Y argumentó también la falta de acuerdo entre los grupos municipales. "Los propios partidos se encargaron de desmentirlo", puntualiza Marsá. "Nosotros le ofrecimos al Granada Atlético nuestro campo mientras acababa el que tiene proyectado construir. También hablamos con el Granada, para que públicamente se pronunciara a favor de compartir el campo. Nos encontramos dos negativas y empezamos a mirar alternativas. Estuvimos a punto de ir a Toledo, pero nos pidieron 1,2 millones. Después tanteamos la opción de Triana, en Sevilla, con una posible clientela de 300.000 personas. Y también hablamos con Motril, que tiene 60.000 habitantes y forma parte de una comarca de 180.000. El día en que quedé con su alcalde también pasaron por allí un concejal de Granada, Sebastián Pérez Linares, y Romero. La consigna venía a ser que nos dijeran que sí y dos días antes de comenzar la competición se echaran atrás. No coló. Firmamos por un año". Antes Marsá había iniciado una huelga de hambre en la Plaza del Carmen de Granada como protesta contra el Ayuntamiento: "Fueron dos días y medio. Y eso lo aguanta cualquiera".

Por fin había campo, pero en esas circunstancias resultó milagroso formar un equipo: "Hablé individualmente con todos los jugadores del Ciudad de Murcia. Me llevó día y medio. Y a la semana siguiente hice ofertas. Convencí a siete u ocho". Pina, mientras, negociaba la compra del Cádiz, un intento que luego resultó fallido: "Muchos jugadores me llamaban para saber si compraba o no, porque eso condicionaba su decisión". Marsá sondeó también al entrenador del Ciudad de Murcia, José Luis Oltra, comprometido con el Tenerife. Un alivio. Le dejaba el camino libre para llamar a su favorito, Antonio Tapia: "Él tenía claro que no iba a seguir en el Poli Ejido, pero prefería que fuese el club quien anunciara que no quería renovarle". Marsá recuerda divertido que "cada vez que recibía un no del Ayuntamiento presentaba a un jugador, para dar credibilidad al proyecto, para mandar el mensaje de que había futuro". La plantilla se configuró con doce futbolistas del Ciudad y otros doce fichajes. "A los jugadores les decíamos: 'Firmad, pero no busquéis piso'. Había contratos condicionados. El de Luque, por ejemplo, era válido sólo si el equipo jugaba en Andalucía o Murcia. Gibanel incluyó una cláusula que le liberaba si el campo era de hierba artificial. A Tapia le insistía la Prensa sobre dónde jugaríamos. Salió del apuro con gracia. 'En un rectángulo de hierba de entre 90 y 120 metros de longitud y 65 de anchura', dijo". Acababa un problema y empezaba otro, con la Federación. "Como no habían podido descabalgarnos con el estadio buscaron otra vía. Jugamos los dos primeros amistosos, contra el Águilas y el Sevilla Atlético, sin problemas. En el tercero, contra el Almería, cayeron en la cuenta y no nos mandaron árbitros. Después jugamos en Jaén y en Linares. El segundo lo pitó nuestro delegado, que fue árbitro. El primero, un colegiado aficionado al que han sancionado por ello con dos años. Todo arrancó cuando Liga y FEF firmaron un convenio para modernizar el fútbol que permitía comprar y vender plazas de clubes profesionales. La FEF aceptó porque estaba facultada para cobrar el 15 por ciento de la venta. La fecha tope concluía el 15 de mayo y a nosotros se nos pasó. Y entonces hicimos algo`permitido por la Ley de Sociedades Anónimas: la venta de acciones y el cambio de domicilio social. La Liga lo avaló por escrito y el Consejo lo apoyó, pero eso dejaba a la Federación sin ese 15 por ciento. Como vieron que amedrentarnos con no mandar árbitros no funcionaba, forzaron aquella carta de Platini y Blatter en la que invocaban el principio de que los ascensos se consiguen en el campo. Pero es que nosotros no compramos una plaza, sino un club que por méritos propios había quedado cuarto en Segunda".

La carta.

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"En una junta directiva Laporta votó en contra de nuestra inscripción pero a favor de una venta de plaza en Castelldefels. Luego Blatter y Platini dieron marcha atrás y pusieron el caso en manos del TAS. Allí no fuimos nosotros, sino la Liga. El día en que llegó su primera carta fue crítico. Tapia me llamó a primera hora y me dijo que los jugadores no se entrenaban hasta no hablar conmigo. En una pizarra les expliqué la situación, les dije que era batalla ganada y se fiaron de mí, aunque no las tenían todas consigo".

Y jugaron el partido de Cádiz y dieciséis más hasta hoy. El club tiene un presupuesto de mitad de tabla, 6,5 millones, y 1.600 socios en un campo cuyo aforo es de 4.600 espectadores, ampliables a 6.100 con gradas supletorias. Esta semana volverá a pedir jugar la próxima campaña en Los Cármenes aunque está más cerca seguir en Motril: "Hay dinero para subir a Primera, pero si conseguimos el ascenso habrá que cambiar cosas. El fútbol amateur genera una ruina razonable. El profesional arruina para toda la vida. Y si no tienes lo que piensas poner, no duermes. El fútbol depende ahora de los ingresos televisivos y en el futuro, éstos serán incluso insuficientes para pagar a los futbolistas. Debemos crear otras fuentes, ajenas al propio fútbol, para que absorban esa ruina, para que creen cimientos sólidos". El Marsá del futuro aspira "a crear una afición propia, británica, que haga la ola incluso cuando perdamos, incompatible con la violencia". Y también tiene enfocado el caladero: "El área metropolitana, donde vive gente de 20 a 40 años que necesita divertirse. No busquen clientes en el centro de Madrid, sino en Alcorcón o Getafe".

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