Santifiquen a Adrián
Firma otro gol redentor que eleva a la Unión Deportiva
Los tiempos han cambiado. Dan ganas de entonar aleluyas hasta que revienten las cuerdas vocales. También de repartir abrazos, hacer amigos, bendecir la vida y eternizar sonrisas. La Unión Deportiva sufría antes la peor de las pandemias: una tendencia crónica al fracaso. No entendía de misericordias ni argumentaciones su lastimoso arrimo a todo tipo de desgracias. Así transcurría su existencia hasta hace bien poco, salpicada de finales negros, resignaciones y amarguras. Cuando parecía que esa mecánica siniestra estaba por encima del bien y del mal, se abrieron los cielos y amaneció. Una clara muestra de que el luto puede estar consumiendo sus últimos días. La conquista de anoche ante el Éibar es superlativa desde todas las ópticas: mete en vena tres puntos que nutren al triplicado, incrementan convicciones y avisan al resto. La Unión Deportiva está de vuelta. Con hipotecas y carencias, con desvelos y maltrato a la salud cardíaca. Pero ya asoma desde el fondo, dispuesta a restituir justicia y honor. Llega a tiempo y de ahí su celebración conmovedora. El predicamento de Juan Manuel crece y gana adeptos. Le respalda la aritmética, que es la espina dorsal a la hora de calibrar porcentajes de éxito. Su proceder no es sospechoso, contagia espíritu, toca y resucita.
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Los focos se detienen, una semana más, en Adrián Colunga. Ha elegido un momento estupendo para justificar su sueldo. Desde la llegada del nuevo técnico adquirió su mejor versión y anoche sumó más méritos en su hoja de servicios con un gol extraordinariamente oportuno. Adrián no pasaba por allí. Desde que Darino armó el centro definitivo fue directo a dar la puñalada. Y se ganó el privilegio de empujarla a placer. Premio a la obstinación. Y fiesta en la grada. Secuencia completa la que se apuntó Adrián para rescatar a la Unión Deportiva de una tarde en la que no hubo fútbol. Lo que hizo Adrián justifica todas las penitencias que se dieron frente a un adversario que propuso un pulso basado en el músculo. Le convenía ese debate y poco le faltó para enjaular a Las Palmas en esa trama. Incluso encontró alguna vía de agua que le hizo rozar premios mayores (nueva reverencia a un Nacho González que también suma puntos con sus guantes). Salvando su presencia, un disparo al palo de Insa y algún amago de Nauzet, la tarde trajo jaquecas, bostezos y úlceras.
Con el cronómetro en fase final, el Éibar en pleno regodeo y un murmullo generalizado de que volvía la penumbra, Adrián rompió el guión. Es el futbolista de moda, el protagonista indudable, el dorsal estrella. Sus botas han comenzado a escribir la resurrección. Suficiente motivo como para tenerlo presente en las oraciones.



