Las noches del Bernabéu
Exhibición de Raúl, que abrió el marcador a los tres minutos. El Racing dominó pero falló en defensa. Baptista convenció en el centro del campo

El fútbol, como el amor de los boleros, no se atiene a razones. No es exactamente una cuestión de valentía. Y tampoco es algo que dependa enteramente del entusiasmo. Si bastara el valor y la ilusión el Racing hubiera ganado algo ayer, un punto o tres. Y antes que ganar lo perdió todo, el partido y la buena fama, esa que le anunciaba como el equipo menos goleado de Primera División.
Admito que contra el Madrid y en el Bernabéu los análisis del rival se circunscriben a 90 minutos diferentes (molto longuis). En ese planeta no hay oxígeno, ni gravedad. Puedes ser bueno y no parecerlo, o estar preparado y dejar la impresión de los que improvisan. Allí sopla un viento que primero te vuela los planes y luego la ropa.
De las mil maneras que hay de afrontar un peligro así, el Racing, tal vez inspirado por el ejemplo del Werder Bremen, eligió la más atrevida. Huir hacia delante, cabalgar contra el gigante. El resultado es que en los dos primeros minutos acorraló al Madrid y en el tercero recibió un gol. Esa fue la lección: puedes conocer los ingredientes pero de nada sirve si desconoces las cantidades. El arte del cóctel y el secreto de la paella.
Otros (pocos) han ganado en el Bernabéu con menos fútbol que el Racing, con más miedo y, sobre todo, con menos saques de esquina (11). Pero acertaron en los momentos precisos. Entendieron que asaltar el Bernabéu no es cosa únicamente de vestirse de Don Quijote, sino que exige un baúl lleno de disfraces: cordero, torero, bandido, zorro... Los que salieron vivos de ese desfiladero se acompañaron de ese atrezzo y, además, de suerte.
Guión.
El argumento del partido se escribió al tercer minuto, ya digo, cuando Baptista enlazó con Van Nistelrooy (tal vez buscaba a Robinho) y el holandés trazó una diagonal que descubrió el desmarque de Raúl a la espalda de los centrales. Si el pase fue excelente, como un cañón de luz, el control del capitán con la punta de la bota izquierda resultó exquisito. Después de ese pellizco, el resto pareció fácil. Raúl encaró a Toño y le batió por donde quiso.
La jugada incluía a los protagonistas principales de la noche. Primero Baptista, que era titular en sustitución de Gago, única víctima aparente de la derrota en Alemania. Con Sneijder cubriendo la ausencia de Guti, el brasileño recuperaba la posición de pivote, la misma que le hizo destacar en el Sao Paulo. Luego Caparrós lo transformó en mediapunta goleador y casi nadie se atrevió a recolocarlo después, como si retrasarlo fuera rebajarle la categoría o desandar el camino.
Schuster, que anda escaso de centrocampistas, decidió probar ayer. Y no le salió mal. Baptista tiene un cuerpo que es como la compuerta de un embalse y además hasta se acompaña de ciertas sutilezas. Es, sin tratarse de un diplomado en estrategia, más vertical y más técnico que Diarra y más contundente que Gago. Es, creo yo, un jugador indispensable en el fondo de armario de cualquier gran equipo.
Para explicar la relación entre Van Nistelrooy y Raúl hay que recurrir a las conexiones espirituales. Son almas gemelas que han nacido en países diferentes. Profesionales rigurosos, espartanos y veteranos del gol. Son maestros del ajedrez en sus dos o tres últimos movimientos, los que van del jaque al mate. No es que se entiendan, es que se saben.
En este primer acto de la comedia los burlados fueron los centrales del Racing: Garay y Oriol. Y extraña, porque el primero es un chico prometedor y solicitado (20 años) y el otro un defensa que no suele dejar prisioneros.
Si heridos los dejó el primer tanto, tampoco salieron bien parados del segundo. Marcelo disparó un contragolpe y el balón pasó de nuevo por Baptista, que lanzó la pelota como una liebre hacia el galgo de Sneijder. Toño salió a la desesperada y taponó el primer tiro, delicado. Su problema es que el rebote favoreció a Sneijder, que se vio solo junto a la línea de fondo. Aunque su posición desafiaba a los vectores de la física y no había compañeros en el horizonte, Sneijder chutó a puerta. Si lo piensan, la desgracia de Sergio Sánchez es comprensible. Corría hacia la portería y se encontró con un pase de la muerte, que era la suya. Para el mundo racional quedará que intentó despejar, pero luego están los instintos y las rubias platino, los golazos en propia puerta.
Conviene advertir que en esos minutos y en los que siguieron el Racing hacía por dominar el partido y el Madrid por salir a la contra, el mundo al revés. Y en cada vaivén los de Schuster encontraban un enemigo abierto y a medio repliegue, sardinillas para los tiburones.
Entiendo que el mérito del Racing fue precisamente su honorable suicidio y que después, con el resultado cuesta arriba, ya no le quedó otro remedio que instalarse en el filo de la navaja y en los bordes de los puentes.
Nunca sabremos qué hubiera ocurrido si alguno de sus ataques de torería hubiera tenido el premio del gol, que estuvo cerca varias veces. Un zapatazo de Duscher fue repelido por Casillas en postura de supermán. Y poco después Smolarek estrelló un remate contra el poste. Por cierto, su emparejamiento con Cannavaro convalida por un servicio militar en los marines. Colsa, Jorge López y Munitis se movían con sentido y, de no tener en cuenta la cruda realidad del marcador, la composición estética del equipo era lucida. Como una danza en medio de un tiroteo.
Declive.
En el descanso cambió el panorama: el Racing debió reflexionar sobre el destino y salió algo aturdido. Robinho, por su parte, debió ver a Robben calentando en la banda y se empleó con más insistencia. En una de sus incursiones en el área se detuvo, como suele, y comenzó a practicar bicicletas estáticas, juegos de pies. Cuando terminó, Colsa le hizo penalti. Lo hemos visto más veces: hay ciertas exageraciones de Robinho que en el rival producen más irritación que peligro. El árbitro, que tampoco debe ser partidario de las florituras, pasó por alto el penalti, como dando a entender que el chico se lo había merecido. Así son.
Cómo sería el partido que Raúl comprendió que aquella era la noche perfecta y decidió tirar un libre directo. Se trata de un placer que le han arrebatado sucesivamente Figo, Beckham, Roberto Carlos, Zidane y, últimamente, Sneijder. Quizá su regreso definitivo necesitaba de un golpe de efecto así: un gol de falta y de rosca. Más o menos como el que marcó.
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Con el tercer gol el Madrid completaba un encuentro asombroso y reconciliador, generoso y gratificante. Es una certeza que el equipo tiene mil formas de llegar al gol y que sólo debe aprender a cerrar las ventanas, que las corrientes son muy malas. El Racing se rebeló contra su mala fortuna y Munitis marcó un gol que maquilló la ofensa. Tal vez Tchité, su asistente, debió salir de inicio para bailar con Cannavaro. Tal vez.
El problema es que el Bernabéu es otro mundo y el Madrid otra historia. No sirve lo que hayas entrenado. Para prepararte bien deberías ensayar bajo fuego real rodeado de 80.000 personas. Y, sobre todo, tocar madera.



