El Pato hace una pavada
Regaló el empate al dejar su portería en una falta

Aunque, como buen argentino, Abbondanzieri acepta la prevalencia de un apodo, ayer hizo el pavo y no el pato. Y esa pavada le costó dos puntos a su equipo, que iba para la cuarta victoria cuando D'Alessandro se dispuso a tirar un libre directo y Laudrup (primer error) decidió hacer un cambio y meter a Pallardó. Tocado por una súbita locura transitoria, el portero del Getafe se fue del marco para pedirle al árbitro que demorara el lanzamiento hasta que Pallardó llegase al área. Naturalmente, el colegiado no aguardó. Y D'Alessandro tampoco. Para cuando el Pato quiso regresar de su viaje a la luna, D'Alessandro ya gritaba el gol.
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El Zaragoza sólo pudo empatar de regalo, pero tampoco el Getafe hubiera marcado sin la concesión de Juanfran en el 0-1. Aunque el equipo azulón no hiciese demasiado ruido en el área del Zaragoza, al menos sí sostuvo una innegable jerarquía tácita sobre un Zaragoza de juego discontinuo en el mejor de los casos, lánguido casi siempre. Esa impresión provino de la incapacidad local para construir juego, para encontrarle al partido una línea seguida por la que hacer correr sus intenciones. Si el fútbol de Laudrup en su época de jugador hubiera servido para definir el término sutileza, ese mismo ánimo posee la tramoya táctica de su equipo: sin el denuedo escenográfico de los conjuntos que quieren ahogar al contrario, el Getafe practica sin la pelota una dulce una armonía opresiva, la asfixia con corbata de seda. Al Zaragoza le cerró las vías por dentro y lo mandó a jugar a la periferia, banlieue parisina El equipo de Víctor no encontró otra salida que algún culebreo de Sergio García, generoso y perspicaz en la búsqueda, y el carril de Juanfran. Error por error: en la segunda parte Sousa le sacó brillo a una frivolidad del valenciano, que decidió controlar en territorio comanche un balón que era para enviarlo a Cuenca como poco. Lo pagó.
Ese gol justificaba al Getafe, porque en el fútbol no vale una percepción si no se corresponde con una realidad. Y la realidad es el gol. El Getafe tuvo durante tres cuartos del partido esa ausencia definitiva. Mantuvo dominado el medio campo con Casquero y De la Red, más la suma del concienzudo Granero. Quiso ganar la guerra con batallas secundarias, un modelo de victoria paciente muy a la Laudrup. Por contra, el Zaragoza se comportó según su hábito: siempre anduvo más cerca del gol que del fútbol. Con poco juego reunió cuatro o cinco oportunidades notables, como para ganar bien: dos de Oliveira; otras de Óscar o Diego Milito que negó el Cata Díaz, y un rechace con el que Sergio García no agarró puerta, tras una salida de Abbondanzieri. El argentino parecía bien compuesto hasta que hizo aquello. El gol de D'Alessandro lo dejó como a un pato en un garaje.




