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Quien perdona lo paga luego

Primera | Murcia 1 - Real Madrid 1

Quien perdona lo paga luego

Quien perdona lo paga luego

El Madrid dejó vivo al Murcia en la primera parte. En la reanudación, los locales empataron y se adueñaron del partido. Guti fue expulsado

Se dice que un partido de fútbol se divide en dos tiempos de 45 minutos, pero no es completamente cierto. En no pocas ocasiones las partes no tienen ni parentesco ni continuación. Son independientes, nacionalistas y reivindican su propia realidad histórica. Ayer, por ejemplo. En una mitad jugaron dos equipos. Y en la siguiente, otros distintos. Vestían igual, esa es la coincidencia. Pero los partidos fueron diferentes. El primero lo ganó el Madrid, fácil, poderoso, alto y guapo, hasta relamido. En el segundo venció el Murcia, arrebatado, furioso y digno. Eso vimos. Lo que se nos oculta es lo que pudo pasar en el descanso, el trueque de inspiración, de acierto y de confianza. Siempre temes que en el viaje al baño te cambien la pareja. Y ayer pasó.

En la primera parte al Madrid se le presentó el partido perfecto. En ese tramo, el Murcia ni pegó en exceso ni jugó lo suficiente, y no pongo en duda que tuviera un plan, pero nunca quedó claro cuál era. Supongo que el equipo tenía demasiados problemas para respirar, acosado por esa atosigante presión del Madrid que lleva camino de convertirse en su rasgo más sobresaliente e inesperado.

Lo más característico de ese pressing es que no tiene frontera en una línea imaginaria, ya sea el mediocampo o los tres cuartos. La persecución es total y, por momentos, cuando el Madrid acorrala al contrario, hasta se escuchan los sabuesos ladrando. En esas frenéticas condiciones, hay defensas con balón que corren hacia su portería con la bomba en los pies y la mecha encendida.

Colapso.

Creo que cualquier operación prevista por el Murcia quedó condicionada por esa amenaza constante e insólita, porque no es frecuente que en un equipo con tanta calidad hasta cuatro atacantes se lancen al asedio de quien transporta el balón. Pensamos muchas veces que hay virtudes que anulan otras, como el talento y la presión, o la belleza y las raíces cuadradas, pero no es cierto, hay casos de plenitud, pocos.

Aunque el partido se inclinó pronto en favor de los visitantes, la primera oportunidad la tuvo el Murcia, con un balón empalmado por Abel a los tres minutos que no voló muy lejos de la portería de Casillas. Pero no pasó mucho tiempo antes de que el Madrid transformara en gol su superioridad.

La jugada surgió de un despliegue espléndido: Gago levantó la vista y picó la pelota hacia el desmarque por la banda derecha de Guti, que centró sin dejar caer la pelota hacia el segundo palo, donde esperaba la cabeza de Robinho. Todo fue bueno: el primer pase, el centro con la diestra de un zurdo (los zocatos suelen despreciar su otra extremidad y las dos nuestras) y el remate oportunista. Notario no pudo hacer otra cosa que dar fe.

El Madrid se sintió muy cómodo en los minutos que siguieron. Quizá demasiado. Tocó rápido, se movió ligero y disfrutó del partido. Hasta los rezagados se incorporaron. Marcelo dejó de comportarse como un lateral correcto para ofrecerse como una salida fiable y solvente. Y Pepe se confirmó como un central excelente. En un par de arrancadas nos recordó lo mejor de Lucio, sus incorporaciones al ataque, sin que nos acordáramos de lo peor de Lucio, su falta de cabeza. En defensa estuvo ágil y elegante. Es bueno.

Un disparo lejano de De Lucas sirvió para que el Murcia tomara aliento. Y el gesto tuvo su efecto. Al tiempo que el Madrid fue perdiendo punch, los anfitriones ganaron metros y confianza. Acto seguido, Baiano puso a prueba la colocación de Casillas y Peña reclamó penalti, aunque más bien fue un topetazo contra el muro de defensas.

A la media hora de juego apareció Daudén Ibáñez. Sin que sucediera nada especial, en cinco minutos enseñó tres tarjetas amarillas. Para calentar. Hay árbitros que se manejan como si tuvieran prendida una estrella de sheryff y hubiera bandidos cerca.

El resto de la primera parte fue terreno que ganó el Murcia, que recuperó el impulso que se le supone a un equipo local. Richi culminó con un tiro desviado una internada de Baiano, y, poco después, el propio Baiano, sobreexcitado, se plantó solo frente a Casillas, aunque el asistente señaló fuera de juego, justito.

La segunda mitad fue otro continente. A los tres minutos de la reanudación, De Lucas empató el partido. Lo hizo con un espectacular cabezazo en plancha a la salida de un córner. No le estorbó nadie, ni antes de lanzarse ni después de resbalar. Como el futbolista se parece a Ricky Martin, la celebración del tanto pareció una carrera por el escenario huyendo de las fans.

Sin reacción.

Los jugadores del Madrid miraron alrededor y no encontraron a nadie. Quiero decir que no hallaron quien los rescatara, un jefe, un superhéroe, una linterna, algo. Raúl, que suele ser el Capitán Trueno, estaba perdido entre las nubes. Y Guti, que firmó un partido notable en la primera parte, no logró echarse el equipo a la espalda después. Por ahí se le detecta al equipo cierta debilidad. Lejos del Bernabéu cuesta que alguien encienda el fuego e invoque la remontada.

El Murcia, entretanto, experimentó una transformación psíquica. Igualado el partido, el equipo creyó en sí mismo y revisó todas sus virtudes como quien se repasa los músculos en el espejo. Entonces entendió que la clave estaba en la fuerza, primero, y en la cabeza de Movilla, después.

Siempre he pensado que sólo una peluca y un apellido prusiano separan a este centrocampista del reconocimiento que merecería su talento. Movilla ha jugado en varios equipos y funciona siempre, pero me temo que siempre también se le ha considerado una pieza sustituible.

Anoche, como tantas otras en distintos lugares, la reacción de su equipo pasó por sus botas y sus ideas. Justo después del empate, Movilla forzó la estirada de Casillas con un disparo duro y colocado. Luego, repartió fútbol.

Mientras el Madrid luchaba por reagruparse, el Murcia se aproximaba peligrosamente. Abel cabeceó con intención y el balón, bombeado, estuvo cerca de activarse junto a una escuadra.

Con ese incierto panorama, los entrenadores no tardaron en cambiar algunos de sus actores principales. El sueco Goitom relevó a Baiano, y Schuster dio entrada a Higuaín y Robben, en lugar de Raúl y Robinho. Alcaraz añadió mordiente. El Madrid apenas notó nada. Y sus problemas se multiplicaron cuando Guti fue expulsado. En un forcejeo como tantos, Guti rodó por el suelo y pateó desde allí a Arzo. Daudén lo expulsó de inmediato, intuyo que con cierto gusto. De hecho ya ha expulsado en su carrera a once madridistas, un equipo entero. No hay otro colegiado con ese currículo.

No pretendo disculpar a Guti, en ningún caso. Su acción fue injustificable, pero conviene recordar también que es la reacción de un jugador que recibe patadas sistemáticamente, sin que se recuerden expulsiones contrarias.

Con el Murcia volcado, Goitom rozó el gol, pero Casillas le tapó el hueco con el cuerpo y con las alas del ángel que le asiste. El balón se marchó fuera. El segundo partido lo había ganado el Murcia. El primero lo venció el Madrid. Otro Madrid, pero vestido igual.