El Madrid se fue sin premio
Hizo más por ganar, pero se estrelló contra la suerte y los palos. Nikopolidis, el mejor de los griegos. Diarra sufrió un penalti, pero el árbitro no lo señaló

El partido nació igualado, con una deriva favorable al Madrid, aunque sin decantarse del todo. Hay encuentros así: distinguen un favorito, pero le obligan a examinarse como si fuera un novio. Según fueron pasando los minutos, el aspirante superó todas las pruebas menos la última: el gol. Ya no había igualdad, ni deriva; el partido era cuesta abajo y el enemigo era una víctima. Pero el Madrid siguió sin marcar. Se acercó, se abrazó, susurró y cumplió los trámites de la galantería menos uno, el último, el que da sentido al despliegue de medios, delanteros y portaaviones, el gol.
La victoria hubiera dado el respiro de la clasificación matemática y el empate obliga a mantener la tensión de un incierto viaje a Alemania, donde nunca te reciben con besos. No es un drama, pero es un compromiso.
Aunque tampoco es cuestión de rasgarse las vestiduras, porque, sin parecer excelente, el Madrid fue capaz de domar un partido en territorio comanche y frente a un público con ardor de fuego. No se acobardó, fue de menos a más y tiene tantas razones para quejarse de la puntería como de la mala suerte. También de un penalti.
Ni qué decir tiene que los griegos salieron satisfechos porque salieron vivos, dispuestos para otras aventuras que siempre serán sobre el filo de la navaja. No queda muy claro si el Olympiacos no se defiende por una apuesta romántica o por pura incapacidad. Más bien parece esto último, si bien el equipo tuvo ayer la fortuna de disfrutar de la inspiración del central polaco Zewlakow, que ya tiene una historia que contar a sus nietos, aquella noche.
Potencia sin control. En la primera parte, el Madrid atacó en el fondo que habitan los llamados The Misfit ("Los inadaptados"), lo que no tardó en entenderse. Antes, casi de inicio, Lua Lua se presentó en sociedad con una chilena perfecta de no haber sido ejecutada desde fuera del área grande, a un kilómetro de Casillas. Cuando le alcanza el balón, Lua Lua es hombre de una sola idea y no siempre es buena. Casi nunca, de hecho. Los cuerpos abotijados perdonamos mal estos derroches de vana fortaleza.
Consciente de su inferioridad, Olympiacos se empeñó en extraer lo mejor de sí mismo, que no es tanto. Trató de moverse con rapidez, presionó mientras le duró la concentración (poco) y fue olvidando la rudeza como método para lograr la victoria. Observar vídeos del Sevilla no mejora ni el salero ni la energía.
En principio, se planteó un partido lucido y disputado, con un justo reparto de ocasiones: cada tres del Madrid, una del Olympiacos. Sin Guti en el campo, y con Gago y Diarra metidos a fontaneros, Sneijder ejerció de lanzador desde la posición teórica de alfil del rey. Y estuvo acertado. Por sus botas pasó lo más sensato y atrevido. Después de unas semanas reñido con las musas, recuperó el tono y su facilidad para repartir los últimos pases. Se le perdona todo y se le quiere más.
A los 13 minutos, el holandés descubrió a Robinho, que se plantó solo frente a Nikopolidis y falló en ese juego de chinos que son los mano a mano entre un portero bueno y un delantero notable.
Robinho no finalizó ninguna jugada, es verdad, pero su protagonismo fue permanente, lo que ya es una magnífica prueba de su transición a la edad adulta. Más que el acierto en el remate le criticábamos la distracción y el taconeo. Y en eso ha mejorado. Ahora es más profundo y más directo.
Sneijder y Raúl volvieron a poner a prueba Nikopolidis con una falta ensayada y poco después fue el enigmático Lua Lua quien disparó contra sus propios compañeros. Si ya es raro que un atacante regale un balón a la delantera rival, lo es mucho más que entregue dos seguidos. Eso hizo el congoleño: desesperar a los inadaptados, que nunca dejarán de serlo.
Al Olympiacos le invadió entonces el pánico y en su intento por evitar los picotazos se golpeó varias veces la cara, con saña. Julio César quiso despejar y rozó su escuadra; Stoltidis hizo lo propio y estrelló el balón en un palo. El harakiri pudo culminar con un aparatoso penalti de Galletti a Diarra que el árbitro no señaló. Lubos Michel, por cierto, parecía por algún motivo irritado, lo que multiplicaba su peligro natural. Hasta Casillas vio tarjeta amarilla. También Sergio Ramos. Nos quejamos muchas veces de los árbitros, pero en determinados casos lo mejor que ha podido ocurrir es que sean sólo árbitros.
De ser un equipo con pólvora, el Olympiacos habría acabado como el coyote, con la pelambrera chamuscada. Pero el Madrid tampoco era ayer el correcaminos, no tan rápido ni tan sonriente. Se fue apoderando del partido, pero disparaba con calcetines, botas prestadas y rifles de feria.
El mejor ejemplo fue Van Nistelrooy, usualmente afilado. A los 34 minutos recibió un estupendo pase en profundidad de Sneijder, se acomodó la pelota y cuando le tocó superar por alto la salida desesperada de Nikopolidis (un trámite) el balón voló demasiado y no quiso bajar nunca, como si soplaran los inadaptados desde el fondo. Cuando por fin aterrizó, botó sobre el larguero. Entonces supimos que al desacierto ocasional se sumaba la mala suerte repentina. Van Nistelrooy lo había hecho todo según las reglas, pero no bastaba. Y no bastaría en todo el partido.
En la segunda parte el Madrid incorporó otra marcha. Salió más decidido, más rápido, dispuesto a concluir el debate, animado, supongo, por la arenga de Schuster, que está que da miedo. Y el enemigo dio un paso atrás. Con Djordjevic desaparecido, con Lua Lua sin cerebro y con Kovacevic sin piernas, el Olympiacos parecía estar abandonado a su suerte y a sus inadaptados.
Muy gris. Ni siquiera Galletti fue el futbolista que suele aterrorizar al Madrid. Nada más reanudarse el partido demostró la inutilidad de su pierna izquierda y fue incapaz de rematar un balón franco y claro. Es más: no llegó ni a golpearlo. Es asombroso cómo ciertos futbolistas profesionales se niegan a trabajar sus puntos débiles, confiados en virtudes que tampoco lo son tanto.
A los griegos sólo les quedaba un polaco de 31 años y un portero de 36, Nikopolidis, campeón de Europa y canoso interesante, nos podemos imaginar. Y sobre ellos percutió el Madrid, que fue estrechando el cerco hasta hacerlo asfixiante. Gago se elevó en esos minutos y Diarra dio la impresión de recuperar su autoestima. Sólo Cannavaro continuaba perdido, empeñado en extravagancias circenses, dejado en terrible evidencia por la seriedad de Heinze, que anoche subió en el escalafón de los centrales.
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Van Nistelrooy volvió a estrellarse contra el infortunio. En pleno asedio le llegó un balón milagroso, que se acompañó del resbalón de un defensa y de un claro de luna. No sé si Ruud lo vio tan claro que hasta le dio vergüenza o tal vez sucedió que no vio nada en absoluto y no supo reconocer que estaba solo. El caso es que se marcó un taconazo, el cuarto de su carrera deportiva. Y nadie lo entendió.
Sneijder estiró después varias veces a Nikopolidis, pero hay noches que necesitas hacer el doble para obtener la mitad. Y ayer era una de esas. Hizo más el Madrid, pero no pasó del empate. Así se equilibran la suerte que tuviste y ya no recuerdas. Eso creo.



