Liga de Campeones | Real Madrid 4 - Olympiacos 2

El perdón de Robinho

Sus dos goles fueron claves en la remontada del Madrid. Olympiacos jugó con diez desde el 12'. Raúl también marcó. Casillas volvió a ser milagroso

<b>PARADÓN DE IKER A KOVACEVIC. </b>Casillas volvió a estar de sobresaliente. En la segunda mitad, y con los tres puntos prácticamente en el bolsillo del Madrid, el de Móstoles tuvo dos intervenciones de lujo. La última fue especialmente espectacular. Kovacevic enganchó una volea dentro del área blanca e Iker, pese a estar tapado por Ramos, sacó una mano y salvó el partido.
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Robinho había sido protagonista en los últimos días porque no se conformó con una cajetilla y pidió un cartón. Eso escoció tanto como el retraso de su vuelo, aeronáutico y deportivo. Por esa razón sorprendió que, después de excluirlo de la convocatoria contra el Espanyol, Schuster le disculpara luego en público, con la compresión, quizá, de quien siempre estuvo más cerca de los insurrectos que de los policías. Si la inesperada titularidad fue una estrategia pedagógica, resultó perfecta. Robinho se empleó a fondo para corresponder al jefe y sus efectos especiales se acompañaron esta vez de dos goles rotundos que valen tanto como una victoria que se escapaba al galope.

Y son importantes los goles, porque demasiadas veces nos dio la impresión de que el talento de Robinho no iba a ningún sitio. Casi siempre le sobraba un regate o le faltaba un tiro, o pensar un segundo. Pasar del juego de malabares al juego colectivo.

Anoche repitió algunos de los trucos y varias de sus imprecisiones, es cierto, pero todo adquiere un sentido cuando el balón termina en la portería contraria. Y debe entender Robinho que su dones no son circenses, sino letales. Es de esperar que por fin haya encontrado el mapa del tesoro. Lo que es seguro es que habrá obtenido el perdón del entrenador y del madridismo.

El partido de Robinho fue de cabo a rabo, porque si terminó con una explosión, empezó con otra. Casi a los dos minutos, el chico propició un gol que desacreditó al central griego Antzas, por si alguien pensaba ficharlo para el equipo del barrio. Bastó que el brasileño le presionara con su leve anatomía (o no tanto) para que el defensa perdiera los papeles y el balón. De inmediato, Robinho buscó a Van Nistelrooy, que disparó y se estrelló en Nikopolidis. Raúl, como suele, convirtió el rechace: 58 goles en Champions.

Goleada, pensamos. Y hasta lo dijimos. Y sin embargo sólo pasaron cinco minutos antes de que el Olympiacos empatara el partido. En este caso, Djordjevic, calvo reconocido y gran jugador, fue el protagonista. Se internó por la banda izquierda, amagó para vencer a Salgado y Salgado se venció. El centro siguiente conectó en el volcán del área con Galletti, que controló y fusiló. Estaba solo como si no le quisiera nadie.

Conclusión.

No habíamos llegado a los diez minutos y ya se podían extraer varias conclusiones. La primera es que el Olympiacos venía alegre, lo que disimulaba sus carencias, que son mil. La segunda tiene que ver con la fragilidad del Madrid. Es un jarrón de la Dinastía Ming: casi cualquier cosa le puede hacer daño. Incluso Lua Lua, que es un bebé con revólver. Tiene potencia mortal pero ningún juicio.

Al margen de esa falta de tensión defensiva, el Madrid se entregó en busca del gol. El problema es que no brilla, y su insistencia está plagada de errores y lugares comunes. Hay voluntad y corazón, pero falta música.

A los 12 minutos, el partido se le volvió a poner de cara. Torosidis embistió a Van Nistelrooy cuando se escapaba hacia Nikopolidis y fue justamente expulsado. La jugada dio lugar a una hermosa bicicleta de Robinho con salida hacia la portería (como debe ser) y Guti rozó el palo con un disparo raso.

Guti ya era protagonista desde el inicio del choque, cuando descubrió, alborozado, que nadie chocaría contra él. Asombrosamente, Olympiacos no le ató en corto y si Guti está libre es un libre pensador. Pero ni eso bastaba para encender la chispa. El equipo se movía con rigidez y con la única profundidad de Marcelo, que todavía está cursando estudios.

Con todo, el Madrid puso a prueba a Nikopolidis, que es un buen portero que luce el dorsal 71 para responder a la intrigante pregunta de su edad: nació ese año. Con ver los temblores de su defensa se entienden las canas.

Sneijder chutó un par de veces desde lejos para demostrarnos que todavía existe, aunque sigue muriendo de ansiedad. Es como si le pesaran todos nuestros elogios. Le ocurre a ciertas mujeres bellas y tal vez a ciertos hombres, aunque no he avanzado el muestreo.

A los 36 minutos, Sneijder centró desde la izquierda y a Van Nistelrooy le faltó tupé para rematar. Era una de las cientos de ocasiones que acumulaba el Madrid, acompañadas a cada rato por una aproximación del Olympiacos excesivamente peligrosa. Djordjevic y Galletti eran casi siempre los instigadores. Aprovechaban que el Madrid se agrupa mal y se defiende peor.

Al filo del descanso, Robinho se estrelló con Nikopolidis después de un magnífico pase de Guti, que amagó el tiro y deslizó la carta. En situaciones así y en escenarios así, Bernabéu y Copa de Europa, sólo es una cuestión de tiempo.

Problemas.

Sin embargo, nada más reanudarse el partido, Julio César, un ex madridista, remató a placer un centro de falta de Djordjevic. Igual que en el primer gol, el asesino tenía el camino despejado y las luces encendidas, como también ocurrió con Riera en Montjuïc. Esa vía de agua es lo primero que debe taponar el Madrid antes de sacar las velas.

El asunto se puso delicado, por una parte, y excitante, por la otra. Y con esa mitad se quedó el Madrid, con la aventura y con la emoción. Después de un año viviendo al límite, el equipo se reactiva con dificultades así y recuerda los viejos tiempos y lucha contra la monotonía, el otro enemigo.

Entonces, Schuster dio entrada a Higuaín por Salgado, que había quedado en evidencia en varias acciones y que atentó contra Raúl Bravo en una jugada de impotencia. Suerte que Raúl Bravo es tipo recio y las bombas sólo le hacen cosquillas.

El Madrid mejoró, naturalmente. Sergio Ramos tomó el lateral derecho y Gago se acercó un paso más hacia Metzelder. Es una lástima que sólo las situaciones desesperadas nos permitan esos actos de valentía.

Con ese espíritu llegó el gol que empataba el partido. Ramos centró desde la derecha y Nikopolidis cometió el único error de la noche y se comió el cabezazo de Robinho al primer palo.

Así que ya estaba el Bernabéu en llamas y el Madrid en ese proceso de arrebato existencial que le dio una Liga y le dará muchos partidos, a costa de los corazones que miran. Imagino que el Olympiacos se murió de miedo, y eso se notó especialmente cuando Robinho volvió a colarse en el área y comenzó a hacer bicicletas hasta que alguien no pudo soportarlo más. El penalti, una patada clara y absurda, fue consecuencia de la desesperación de un pobre defensa. Van Nistelrooy transformó el penalti en un lanzamiento de Wilkinson y lo mandó al cielo y más allá.

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Fue en el todavía más difícil cuando volvió a surgir Robinho. Después de un ataque en tromba, Van Nistelrooy le despejó el camino y el muchacho remató con un punterón digno de Karembeu. El gol fue el éxtasis.

La tortura la sufrió Casillas, como siempre. Mientras el Bernabéu gozaba, y para que lo siguiera haciendo, le tocó lavar los platos, enterrar los fiambres y limpiar el mundo de esas amenazas vulgares que son los enemigos que disparan. Si su parada a Galletti fue formidable, su despeje a la volea de Kovacevic resultó milagroso. Entonces Balboa alivió el sofoco y marcó el cuarto. Ya no nos extraña nada: así es la felicidad del Madrid.

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