Empate válido
Gudjhonsen, que actuó en la media, tuvo las mejores ocasiones del encuentro. El Rangers saltó al campo con el único objetivo de no encajar ningún tanto. Preocupante el mal momento de forma que sigue atravesando Henry. El colegiado se tragó un penalti clamoroso en el área escocesa.


Faltó fe. Esa es la impresión que queda tras el empate del Barcelona en Glasgow. Fe en su sistema de juego, en su filosofía, en el toque como mejor desatascador. El Barcelona pecó de impaciente ante un rival que a lo largo del encuentro dio sobradas muestras de sus carencias futbolísticas y al que le bastó con contener a las individualidades rivales en los últimos metros. El Barça llegaba a Glasgow con la convicción de lograr una victoria que supondría un golpe de efecto casi definitivo para dar finiquitado su pase a la siguiente ronda, pero vuelve a casa con un empate que, sin ser ni mucho menos malo, deja un sabor de boca amargo.
La principal novedad en el once de Rijkaard, además de la conocida vuelta de Ronaldinho tras su 'castigo-descanso', era la inclusión de Gudjohnsen. El islandés tras una temporada en el club blaugrana comienza a ser aprovechado por el técnico holandés como lo que es, un jugador polivalente y cumplidor. Con esas credenciales llegó del Chelsea, donde era un jugador que servía para casi todo, y hasta ahora sólo era utilizado para suplir la ausencia de los delanteros titulares. En esta ocasión formaría en el medio, junto con Iniesta y Xavi, desde donde podría mostrar sus cualidades como llegador. En el bando escocés llamaba la atención la presencia de Nacho Novo, sobre todo por que Walter Smith solía condenarle al banquillo cuando llegaban las grandes citas. Junto con Cuellar es ya uno de los ídolos de la afición.
El comienzo del encuentro fue como la noche escocesa en Ibrox, frío, sin ritmo y a la expectativa de las primeras acometidas escocesas. El Barça no tenía la posesión y cuando la tenía era totalmente improductiva. Sin velocidad, sin tomar riesgos, algo parecido al encuentro de Villarreal. El balón apenas pasaba por las piernas de Iniesta y Xavi, por lo que en principio se optó por la táctica patentada por los británicos, pelotazo desde la defensa. El Rangers realizaba una presión asfixiante, casi al hombre, y como viene siendo habitual, Henry apenas aparecía, Ronaldinho buscaba su sitio y Messi (esto no es habitual) esperaba pegadito a la derecha que le llegara algún balón en condiciones.
A pesar de todo el Barcelona no pasaba dificultades. Los mayores atributos que se le presuponen a un equipo como el de Glasgow es la estrategia a balón parado y las contras, pero tampoco tenían demasiadas ocasiones de ponerlas en práctica. Sí lo hizo en cambio el equipo español. De ese modo llegaron sus primeras ocasiones, en un cabezazo de Gudjhonsen que se marcha desviado y en una falta directa de Ronaldinho que se estrellaba en el larguero. Sin apenas darnos cuenta, el Barcelona podía haberse puesto con una cómoda ventaja en el marcador.
El paso de los minutos calmó notablemente los ánimos de los escoceses, tanto en el césped como en la grada. El público se iba quedando como embelezado por el juego blaugrana. Xavi, y sobre todo Iniesta, comenzaron a entrar en contacto más a menudo con el balón, pero se echaba en falta la presencia de un delantero que sirviera de referencia al juego. Ronaldinho era el miembro del tridente situado en el centro, pero con frecuencia retrasaba su posición para ayudar a la circulación del balón, mientras que Henry y Messi no abandonaban la línea de cal. Mención aparte merece Puyol, presente en ataque y en defensa realizando un gran desgaste. Al final todo se torcía en los últimos metros, faltaba pegada. Nuevamente hubo que refugiarse en el juego a balón parado para crear peligro. En un corner, Ronaldinho, completamente solo, recibe el balón dentro del área y su disparo es rechazado por el brazo de un defensor. El penalti, muy claro, se va al limbo.
Sin gol y con sufrimiento
En la reanudación, el argumento del encuentro era en esencia el mismo. Mayor control del balón de los azulgrana sin capacidad de definición y los escoceses aguantando, aferrándose al empate y esperando un oportunidad. Al cuarto de hora, el juego se desarrollaba ya casi siempre en campo local, con aglomeración de jugadores. Los de Rijkaard equivocaron por momentos la táctica a seguir, abandonaron el toque y la paciencia como doctrinas y se empeñaron en tratar de buscar soluciones individuales, siempre por el centro donde los británicos habían construido un muro inexpugnable. En consecuencia el encuentro estaba resultando tremendamente plácido para McGregor, que sólo tuvo que intervenir para detener un disparo lejano de Gudjohnsen.
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Cada cierto tiempo el encuentro enloquecía súbitamente, los escoceses aparecían por las cercanías de Valdés y el estadio rugía. Pero eso era todo, mucho ruido y pocas nueces. El Barça jugaba con el riesgo de que el rival se lo creyera y eso fue lo que acabó pasando. Cada vez las llegadas fueron sucediéndose con más asiduidad cualquier tiro o centro al área era como una victoria para su autoestima.
En el último cuarto de hora de partido comenzó a aparecer en ambos equipos el miedo a encajar un tanto, especialmente en el Barcelona por aquello de que el Glasgow jugaba en casa y no podía dejar de pensar en la victoria. De hecho los escoceses comenzaron a llevar la iniciativa en el tramo final, lo que a priori debía beneficiar a los visitantes, que habían tenido que atacar una defensa de diez hombre a lo largo del segundo período. Pero la teoría no siempre se cumple y el Rangers realizó su mejor juego en esos momentos. A punto estuvo incluso de adelantarse en el marcador con un remate de Cousin a diez minutos del final.



