Kun, hasta donde tú quieras

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Parecerá absurdo, pero de todo el repertorio de Agüero en La Catedral me quedo con algunos detalles que aprecié en directo. El Kun dio otro pasito hacia "donde él quiera", como aseguraba un impotente Caparrós. El chico comenzó el partido con su naturalidad habitual, era como si en lugar de esas robustas porterías de San Mamés, Agüero divisara en frente un imaginario arco proyectado entre dos montículos de piedras como en su barrio natal. Le da igual tener observándole a 30, 50 o dos millones de personas, es casi una sensación de inconsciencia la que le abstrae.
Su figura se agrandó, no sólo por el gol y las cinturas rotas, si no también por la manera de negociar el aliento en el cogote de los centrales vascos. Fue otro gesto de madurez. Ocio y Ustaritz le encimaban cada vez más, aprovechaban cualquier cruce para dejar algún recado en su tobillo y en su oído. Pero nada. Agüero no eludió nunca el cuerpo a cuerpo, la pidió siempre y al final del partido se fundió en un abrazo con Ocio demostrando que entiende los rigores del oficio.



