Primera | Valladolid 1 - Real Madrid 1

El Valladolid se luce y perdona

Exhibición local en la primera parte. Pedro López abrió el marcador y empató Saviola. El último arreón del Madrid igualó un choque casi perdido

<b>AMIGOS Y RIVALES</b> Raúl y García Calvo se vieron las caras anoche en el césped del José Zorrilla. Ambos se formaron en las categorías inferiores del equipo blanco y compartieron vestuario en las campañas 95-96 y 96-97.
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Si el Valladolid consigue jugar a menudo como lo hizo contra el Real Madrid en la primera parte se convertirá en el Cinderella Man del campeonato, en el Hombre Cenicienta, en el aspirante inesperado y en la esperanza blanca y violeta. No exagero. Exageraron ellos. Lo que pensamos que sería un arranque furioso de cinco minutos, el estornudo del anfitrión, se prolongó durante un cuarto de hora, luego treinta minutos y por fin 45. Al Madrid le queda el honor de salir ileso de ese encontronazo. Cualquier otro hubiera perdido naves y honra.

Aunque el partido fue apagándose en la segunda parte, había desprendido tanta luz que todavía nos iluminó la hierba. Fue entonces cuando llegaron los goles, sublime el de Pedro López, y providencial el de Saviola, ambos haciendo justicia a un estilo distinto, atronador uno y quirúrgico el otro.

Por eso no sé decir si alguien mereció más la victoria. Es cierto que el despliegue del Valladolid en la primera mitad fue fabuloso, digno del mejor equipo que se pueda imaginar, pero también es verdad que soportar ese aluvión indica virtudes que no conviene pasar por alto. Hay ocasiones en que sobrevivir es el único objetivo posible. Y eso también es un arte.

Además, el dominio del Valladolid, ese festival de poesía y agresividad, tuvo dos problemas carnales y prosaicos. El primero, la finalización. El equipo era incapaz de rematar el millón de jugadas que se inventaba, muchas veces por la colocación de los enemigos y otras tantas por fallar el último golpeo, o por no alcanzarlo. Llorente, temido y revoltoso, no culminó las oportunidades que tuvo. Y la última fue muy clara. Con el tiempo cumplido, Casillas perdió la pelota y Llorente no aprovechó el regalo que caía a sus pies.

El segundo problema del Valladolid fue el miedo a no ganar. Véase que no hablo del miedo a perder, porque ese asunto demostró que lo tenía superado con su salida en tromba y riesgo. Hablo de una situación que no se había planeado, del mejor de los escenarios posibles: ganar. Y el asunto no es menor: soportar un golpe de fortuna requiere tanto entrenamiento como resistir un golpe en el mentón.

No es sólo que el Valladolid diera un paso atrás, o dos, incluso tres. Es que le entraron temblores y sudor frío. Se imaginó que le empataban y se abrumó. Butelle, de natural espumoso, falló un par de balones y la defensa, hasta entonces prusiana, se murió de ansiedad y miedo.

Y el Madrid detecta esas sensaciones como el tiburón la sangre. Así que lanzado por Higuaín, Robben y, finalmente, por Guti, se aproximó al enemigo hasta abrazarlo como un oso. Cuando inicia ese camino el resto es una inercia. Lo vimos el año pasado y lo veremos este. El equipo tiene una inclinación natural hacia el gol y resulta incontenible cuando se lo propone firmemente.

Basta con que Guti controle el balón para que se aflojen las piernas de los defensas. Es suficiente con que ese futbolista detenga el tiempo y divise un hueco. Por allí metió el balón que recibió Van Nistelrooy y que asistió a Saviola, otro que nunca hace nada.

Entiendo que aquello, sucedido en el último suspiro, no fue un jarro de agua fría: fue un cántaro en la cabeza. Es normal que el Valladolid y su afición recibieran el gol con el desánimo del que cree su trabajo inútil y su aliento estéril. Pero no lo fue. Creo que el Madrid se limitó a señalar los dos puntos débiles de un equipo magnífico al que muy pocos toserán durante la Liga.

Principio.

Si de inicio el Valladolid no cambió de estilo ni de once (sólo Óscar Sánchez), el Madrid partió con un dibujo extremadamente coherente, entendiéndose por eso que jugaba con extremos. Drenthe ejercía por la izquierda y Robinho aceptaba, obediente, su papel en la derecha. El resultado es que brilló el menos especialista. Mientras Drenthe no encontraba espacios ni desborde, Robinho apuraba sus jugadas como no se le recuerda. La otra novedad es que la mayoría de sus penetraciones finalizaron en pase al delantero. Le gustará más o menos pero, por agilidad y regate, Robinho es un jugador útil por la banda, y aún mejor por la derecha, apoyado en su querencia natural.

Sin embargo, a pesar de la presunta armonía del esquema, el Madrid echó mucho de menos a Sneijder. Demasiado. La razón es que sin el holandés en el campo, Guti es la única salida responsable que encuentra el equipo. El resto son balonazos al horizonte o delanteros al rescate.

Si a una ausencia tan destacada se añade la presión asfixiante del Valladolid, su vigor, el resultado es que en el centro del campo no quedaban más futbolistas que los locales. Por cierto, es asombroso como Borja, que fue un canterano apocado en el Madrid, se ha transformado en un imponente director de juego, asistido en el trabajo sucio por Álvaro Rubio.

Desde esa dictadura en el mediocampo, el Valladolid conectó con Sesma y Sisi, notable el primero y excelente el segundo. Si en la visita del Werder Bremen nos rendimos a Diego, ahora hay que entregarse al talento del joven Sisi, un jugador eléctrico, vertical, habilidoso y ordenado, cualidad esta última que no suele acompañar a quien posee las tres primeras.

Las mejores oportunidades del Valladolid pasaron por los pies del chico, que supera rivales como los saltadores de vallas. El cansancio de Sisi en la segunda parte explica por qué el Valladolid perdió parte de su encanto, de su mordiente.

La primera mitad se cerró con dos paradas excepcionales. Primero fue Butelle quien sacó un guante imposible a un gran remate de Raúl, muy cerca y muy rápido. Luego fue Casillas quien se lució. Sisi mordisqueó la frontal hasta que vio tiro y escuadra. Su disparo tenía fuerza y dirección, pero también tenía a Casillas delante. Iker voló y despejó.

En la segunda parte, Schuster fue el primero en mover ficha. Debió pensar que necesitaba mucho más juego que alas y retiró a Robinho y Drenthe por Higuaín y Robben. Y mejoró el Madrid, se hizo más afilado.

Aunque el Valladolid continuaba con su asedio al área, cada acercamiento del Madrid equivalía, en peligro de gol, a seis del rival. No es raro que ante esa inoperancia en el remate tuviera que ser un ladrillazo de Pedro López el que abriera el marcador.

Hubo quien pensó que eso sería suficiente y hubo quien olvidó al Madrid. El empate llegó inmediatamente después de que Víctor se quedara a media bota de cerrar un contragolpe. El balón que alivió Cannavaro alcanzó a Guti, que se encargó del resto.

Por ratos pienso que el Valladolid se hizo digno de más y por momentos creo que el Madrid encontró la única salida posible. No sé si el empate es justo, pero creo que nadie mereció perder.

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