Amistoso | Zaragoza 2 - Juventus 1

Pablo vuelve a ser Aimar

El Cai renace como media punta. Generó juego y sus pases acabaron en los goles de Diego. Luccin y Gabi dominaron el medio. Descontó Iaquinta

Aimar fue el mejor del partido
Mario Ornat
Actualizado a

Hubo un paracaidista que patinó sobre la hierba y casi se va por la boca del vestuario. La noche dio para todo. Se vieron brasileñas que agitaban los cuartos traseros como si tuvieran glúteos motorizados, y argentinos que rezumaban fútbol. Diego Milito hizo los dos goles y Aimar jugó como una noria de agua bendita, repartiendo el balón como si repartiera las cartas de la baraja, o buenos consejos, o saludos de buenas días con exquisita cortesía. Jugó e invitó a jugar. De la mano de Pablo, como cantarían en Argentina, el Zaragoza fabricó la victoria (de relativa importancia) y sobre todo abrió una puerta al crecimiento su fútbol. Víctor sumó a Luccin, cambió a Aimar de sitio y varió el sistema. Y todo fluyó. ¡Cómo no van a mover las brasileñas el culo! De pura alegría.

La incorporación de Luccin abre un abanico de posibilidades muy considerable en el medio y permite revisar el sitio del crack argentino, avanzarlo al carril central en busca de su fútbol innegable sin desproteger la zona central. A eso se puso ayer Víctor, que reunió a Gabi, Peter Luccin y Generelo en línea, como escoltas. Los dos primeros hicieron un partido estupendo. Con Zapater, Matuzalem y compañía dan para componer una versión muy válida del principio aplicado por el Coco Basile con Argentina en la Copa América: Verón, Mascherano y Cambiasso, con Riquelme de guardavías por delante.

Más allá del resultado o del juego, el partido de anoche reunió sentido y trascendencia por esa decisión, que abre nuevas perspectivas. La conexión de Aimar con la pelota y el armazón de juego resultó inmediata. Definitivamente algunos futbolistas no se pueden entender sin el balón, y Aimar es uno de ellos. En cuanto la tocó dos veces se sintió importante, reconoció los territorios y se hizo un espacio que fue como un laboratorio de fútbol. Quiso la pelota y la agarró incluso en los dominios de Luccin, patrullados con celo por el francés, Gabi y Generelo. Desde ese punto de partida, Aimar se sabe todos los caminos. Se alejó de aquel empeño suyo en las conducciones largas, una perversión de su fútbol verdadero. A cambio, licuó fútbol y pasecitos a la espalda de la defensa, con la misma suavidad y picardía que si deslizara notas bajo la puerta.

Los dos goles le nacieron de los pies. Los acabó Diego Milito, el segundo por intermedio de Sergio García, que ratificó su generosidad al descargar el pase exactamente en el momento que convenía, sobre la salida del portero. Esas asociaciones devolvieron la idea de un Zaragoza fluido, veloz y peligroso arriba, alejado de cualquier atisbo de previsibilidad. En el primero, Aimar llegó al frente de ataque por la derecha, conduciendo sobre la punta de los pies, ingrávido, y tiró un pase al corazón del área para Diego Milito. A Diego el control se le reviró un tanto. Perdió equilibrio y las piernas se le abrieron en compás, en posición bien incómoda para rematar. Lo que resolvió habla de su manual: envarado, golpeó la pelota con la punta de la bota, como un jugador de fútbol sala. El balón fue recto al agujero derecho de Belardi, sin levantarse un milímetro de la hierba.

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La Juventus empataría con una falta de Iaquinta. El delantero no pegó un tiro, largó un estacazo que López Vallejo de manera soberbia. Pero la pelota traía una inercia del demonio: botó entre las manos del portero y la absorbió la portería. El empate produjo una imagen enternecedora: la Juve se fue a la cueva, confundiendo escenarios. Los italianos tienen eso, no dan nada por sentado ni en los amistosos. Si alguna vez se han hecho los simpáticos habrá sido con las chicas en la playa. Jamás en un campo de fútbol. Tampoco Luccin permite alegrías. Tiene ese plano bifrontal de medio diverso: busca la pelota y juega con destreza; y si alguien se hace el listo, lo baja. A Nocerino le aplicó el doble tratamiento: la pierna de delante sacó el bal la de atrás sacó al jugador.

En la segunda parte el fútbol se adelgazó. Salieron todos, hasta Miguel. Pero sobre todo apareció Oliveira, un jugador que está para la grandeza, un tipo al que agarrarse. Se fue a por el gol con pisadas y cambios de ritmo matones, igual que si fuera Cruyff en Múnich. A Pavón le dieron un tortazo en el área de penalti y medio, pero Clos no lo chifló. Con las acometidas caballunas de Oliveira se entusiasmó la grada, que echó a cantar y a hacer la ola, ese incomprensible invento mexicano. Las brasileñas calentaron el muslo. Y los italianos se pusieron a pegar de forma industriosa. Cada cual tiene su naturaleza.

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