El regreso de la alegría
El Madrid recupera el sentido festivo del fútbol. El debutante Sneijder y Raúl, los mejores. Aguirre perjudicó al Atlético al quitar del campo a Simao

El Madrid recuperó su identidad y el Atlético no se libró de la suya, de la última, esa que le condena finalmente, poco importa cómo empiecen las cosas porque siempre acaban igual, especialmente en el Bernabéu. Dicho esto, destacar que el resultado, victoria y derrota, se sirvió envuelto de un gran partido que eleva a los ganadores pero que también rescata a los perdedores, porque para todos cabe la esperanza. Es difícil decir si el futuro será mejor, pero resultará más divertido.
En el caso del Madrid, el regreso a los orígenes vale mucho más que la victoria, porque la distingue de otros triunfos recientes, cosidos por la especulación y el arrebato. Aquello fue un jarabe de palo que dejó de tener sentido cuando se recobró la salud. La conclusión de la pasada temporada es que el Madrid no puede ganar a cualquier precio, aunque para ello deba pagar cualquier precio, como ha sido el caso.
De lo que no cabe duda es de que la inversión ha despertado la alegría. El equipo exhibió ayer la vieja generosidad que ha definido siempre al club. Entregarlo todo y siempre. Volcarse y revolcarse. Si la camiseta es blanca es para que se noten las heridas y el barro, la única filosofía posible. Atacar y atacar. Eso se esperaba de Schuster y eso, exactamente, apuntan los nuevos.
Del Atlético, a falta de pruebas materiales, quedan indicios de la mejoría. El equipo derrocha lo infrecuente y escasea en lo mundano: luce una delantera espléndida, un mediocampo difuso y una defensa sospechosa. A eso hay que añadir (o restar) un entrenador que ayer se hizo carne, empanada de carne quiero decir. Cuando el partido había girado hasta colocarse en los pies de Simao, Aguirre sustituyó al portugués para dar entrada a Reyes. Sus ganas (lógicas) de dar entrada al ex madridista le hicieron aplicar las matemáticas que tienden al cero y no al infinito: hombre de banda por hombre de banda. Aunque Reyes lo intentó, el equipo sintió que le cerraban la única ventana por la que entraba aire. Y se ahogó.
Hasta ese momento, al que siguió el gol definitivo de Sneijder, el partido se movió entre el empate técnico y la igualada moral. En cuanto un equipo hablaba, el otro respondía de inmediato.
Y así comenzó el encuentro: a los 58 segundos marcó Agüero. En ese mínimo intervalo el Atlético se desplegó asombrosamente: Seitaridis se internó primero por banda y Simao intentó luego el centro al área. Del córner resultante nació el gol. Pernía colgó el balón, Raúl García peinó en el primer palo, la pelota tocó en Van Nistelrooy sin desviarse y Agüero remachó de cabeza en el segundo poste. Mil aventuras en el primer suspiro.
Reacción. Sin embargo, es difícil evaluar los goles tan madrugadores. Objetivamente es mucho mejor marcarlos que recibirlos, pero tienen el efecto de alterar los planes y las actitudes. No hay entrenador, por previsor que sea, que incluya en su estrategia un gol en el primer minuto, favorable o contrario. Tampoco hay equipo que ofrezca una contestación uniforme.
En este caso, el Atlético, que salió valiente, se hizo más conservador. Del Madrid nunca sabremos cómo salió, pues ni le vimos, pero al menos salió vivo. De hecho, su respuesta fue sacudirse el golpe y atacar con rabia, pero acompañado de una cierta armonía que convertía cada empuje en algo parecido a una carrera de relevos.
Sneijder probó de lejos; después Robinho fusiló y se estrelló violentamente con Leo Franco. Luego llegó el empate. Sergio Ramos se internó por la banda derecha y centró con la sutileza de los fabricantes de rosquillas. En boca de gol, Raúl cabeceó con toda la furia posible, devorando el balón, a los críticos y engullendo a Pablo, que ayer fue un alma en pena. No se puede negar que Raúl, a falta de los valores de la regularidad, demuestra una magnífica capacidad para hacer coincidir sus mejores partidos con los momentos de alcurnia.
En otros tiempos el Atlético hubiera muerto, pero esta vez se liberó de la responsabilidad del que va por delante, del que recibe un regalo sin haber hecho méritos suficientes. Y comenzó a jugar, o más exactamente, a conectar con su delantera. El modo de llegar el balón hasta esa latitud es cuestión que importa menos, pues el centro del campo no es más que un trámite necesario. Esa irrelevancia tuvieron tanto Maniche como Raúl García, aplicados pero grises. Sólo cuando la pelota alcanzaba a Forlán o Agüero, y más tarde a Simao, el equipo se transformaba en un dragón.
Superada la primera media hora, Schuster cambió de posición a Sneijder, que había comenzado recluido en la banda zurda, algo tímido. La acumulación de mediapuntas es un problema del que no se ha librado el Madrid y que se alimentará con la entrada de Robben. No obstante, en este caso bastó con inclinar a Raúl hacia la izquierda y centrar al holandés para que el equipo creciera y encontrara nuevas salidas.
Sergio Ramos, que personifica como nadie el espíritu guerrillero del Madrid, cabeceó al poste a la salida de un córner. Al instante, Agüero respondió con un magnífico contragolpe que sólo estropeó la falta de definición de Pernía. Con ese intercambio de golpes finalizó la primera parte.
Fue en la reanudación cuando Simao rompió el equilibrio durante unos minutos. Cambiado de banda (curiosa perversión de los entrenadores), el portugués demostró que con el balón controlado y en carrera es casi inabordable. Lo sufrió Sergio Ramos. Hasta que intervino Aguirre.
La revelación. A esas alturas Sneijder ya se había descubierto como el mejor jugador del Madrid y, progresivamente, del partido. Se trata de un futbolista que desplaza bien en largo, que mueve el balón con rapidez en corto y que dispara antes de preguntar. Pero tal vez la más sobresaliente de sus cualidades sea su permanente disposición para el ataque, su verticalidad absoluta. A su ritmo se movió el Madrid y a su grupa montó fantásticos contragolpes que rozaron casi siempre el gol.
Pero la buena impresión que causó el equipo de Schuster fue general. Robinho, además de su genialidad espumosa, aportó sentido colectivo del juego. Sólo eso le faltaba para ser el gran futbolista que se suponía.
Drenthe, por su parte, heredará la banda izquierda de Roberto Carlos porque, aunque nada tiene que ver el fútbol de ambos, el despliegue físico es muy similar. Pepe demuestra estilo de gran central y tanto Saviola como Metzelder se integraron en el entusiasmo popular cuando les tocó jugar. Buenas sensaciones, en definitiva.
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Para coronar a la revelación del partido sólo le faltaba el gol. Y lo consiguió. Guti, que poco antes había estrellado un balón en el larguero, sacó esta vez la falta en busca de Sneijder. El holandés chutó con más decisión que fuerza y su golpeo recibió la ayuda involuntaria de Raúl García, que tocó mortalmente.
En el balance general de lo sucedido, el gol hizo justicia. El Madrid había sido más insistente, más brillante, más agresivo. El Atlético, en cambio, había ofrecido los argumentos que le servirán para ganar muchos puntos en muchos campos, pero no en el Bernabéu. Por lo visto ayer, en ese estadio cada visitante recibirá una oportunidad pero a cambio sufrirá un ciclón. Siempre fue así y así debía seguir siendo. Sin especulaciones ni cálculos miserables. Atacar y atacar.



