Merlu se saca una espina
Miguel clasifica al Zaragoza para la final tras parar el sexto penalti de la tanda. Dani puso 2-0 al Cádiz. Andy y García igualaron. Víctor sacó su once de gala.


Daba ganas de cambiar el portátil por una cámara digital y quedarse en la grada, retratar la lujosa alineación y disfrutar de ella, dejarse llevar por la magia del Carranza y por la colección de magos que reúne el nuevo Zaragoza, blanco y nuclear... Daba ganas de todo menos de escribir, como al inicio del segundo tiempo, cuando Dani sonrojó por segunda ocasión a la agrietada defensa aragonesa y pareció resolver la semifinal. Ahí apareció el goleador olímpico al rescate, Mandrake y su truco estelar: comba asesina al primer palo y el balón que gana la escuadra indirecto (lo peinó Enrique con su cabeza rapada al uno) desde el córner. Una bala cerca del corazón y otra a las rodillas de un rival que ya celebraba la final. Ahí se supo que había vida: Oli alcanzó los penaltis tras cabalgada del Increíble Ju y Miguel, 'Merlu' para los íntimos, encontró la gloria negándole a Vella el sexto de la tanda en el trofeo donde nació esta suerte.
Víctor y García Remón pensaron en sus porteros suplentes como figuras. El Carranza cantando, bailando, latiendo. Todo el drama a la espalda en la lotería más falsa que existe. Miguel ya no cree en la suerte, pero sobrevive creyendo en sí mismo, en una esquina despejada, en un destino que le repare de tanta sala de espera. Quizá su rival era un especialista en los penaltis, pero él está doctorado en superar momentos delicados y ese debía ser el suyo. Ya rozó el cuarto, cuando el disparo de Vella no quiso quedarse en su guante izquierdo, pero se debía una alegría tras las lágrimas de Boltaña y la resignación de agosto. Y se la dio, a sí mismo y a un Zaragoza que necesitaba jugar esta final.
El cuerpo técnico, obligado a tomar decisiones, aquí las toma por obligación. Sin tiempo de innovaciones, con los principales recién llegados de vacaciones hace una semana, Víctor apostó por los nuevos y lo viejo. Fuera rombo, vuelta al doble pivote y al doble diez: Matu con Zapa, aceite y vinagre, mientras Aimar y D'Alessandro partían a contramano para tratar de enganchar hacia dentro y descorrer de cortina a Diogo y Juanfran, todavía ajustando el cuentakilómetros.
Podría parecer demasiado pronto para definir el equipo base, pero un día después hubiera sido demasiado tarde. Decidido salir con todo, había que resolver qué mirar, en qué baldosa fijar la atención. ¿Mezclarían bien Diegol y Oliveira, filo y dinamita? ¿Ejercería Ayala como patrón desde el minuto 1? ¿Se sostendría el rombo? ¿Qué nuevas fórmulas saldrían de la reunión de ingenieros Matu-Aimar-D'Alessandro? Demasiadas preguntas para quitar un ojo del verde y prestárselo al teclado...
Y el ojo que quedó tuvo que educarse y multiplicarse. Prestarle una atención creciente a la ola amarilla, que comenzó acercándose y provocó la primera explosión con el grito callejero de Dani, acumular imágenes y adecuar el perfil exacto a las sensaciones cuando el Zaragoza le dio la vuelta a un marcador que pareció apagarse nada más comenzar el segundo tiempo con un nuevo fogonazo del chico pelado de Triana.
Triángulo mágico.
Noticias relacionadas
Dani hubiera ocupado todas las portadas si al fútbol sólo se jugase 46 minutos. Héroe incontestable en ese periodo. Su presencia fue una pesadilla para Diogo y para cualquiera que se acercara a socorrerlo. Aunque no se recuerda a tantos. Por ahí comenzó a desangrarse un conjunto aragonés que alcanzó el descanso con todas las alarmas activadas. Ni siquiera una triangulación mágica, de Mágico, entre Matuzalem (pase profundo al desmarque hacia fuera), Oliveira (control, cuerpo orientado y centro exacto desde la línea de fondo cerca del costado izquierdo) y D'Alessandro (la devuelve redonda al punto de penalti desde el segundo palo) pudo ser resuelto por Aimar en una de las mayores torpezas que puedan recordársele.
El duelo se afeó, demasiadas asperezas, casi siempre zanjadas con desatino por Pino Zamorano. La más grave la resolvió de manera inexacta, por doble amarilla: Bezares sufrió uno de esos cortocircuitos que no te dejan cruzar las últimas fronteras y agredió sin disimulo a Andy. Roja directa a plazos y Andy sobrevivía a una noche de sobresaltos: el 10 pareció sufrir la maldición de Pires y Gonzalo del verano pasado y dejarse los ligamentos en el Carranza... Susto, sustos. Final y a la final.



