Fútbol | V Mundialito de la inmigración

Futbolista paraguayo, colegiado madrileño

Es habitual ver a jugadores dirigir su futuro hacia los banquillos; es insólito ver a futbolistas colgar las botas y pasar al arbitraje. Este es el caso de Víctor Cabrera, un tipo que tiene por lema vital: "Creer que es posible". Él creyó y ahora tiene trabajo estable y es árbitro en Madrid.

<b>CAPITÁN. </b>Víctor Cabrera es un enamorado de Paraguay y del arbitraje.
Sergio Gómez
Diario AS
Actualizado a

Juega en Paraguay y le apodan El Gran Capitán, rango que infunde cuanto menos respeto. A ello contribuye su planta de 1,86 metros y saber que de las cinco finales que han disputado los paraguayos en diferentes torneos sólo han perdido dos, las que él no jugó. Sin embargo, hay otro dato que demuestra que estamos ante un tipo peculiar: colgó las botas y se hizo árbitro, algo apto para valientes. Así es Víctor Cabrera, actualmente colegiado de la Federación Madrileña, otrora jugador profesional.

Su vida estuvo repleta de decisiones controvertidas, en ocasiones osadas. Cómo si no definir su primera gran aventura. Se ganaba la vida jugando al fútbol en Paraguay, pero en 1991 quiso probar en otro país y se marchó nada menos que a Canadá: "Jugué en el Croacia FC y salimos dos años consecutivos campeones. Fue muy provechoso ir allí. La liga canadiense no es muy nombrada, pero hay calidad", afirma. En 1996, regresó a su país donde siguió jugando en Segunda hasta los 32 años. Pero en esta etapa, ya sin motivaciones, le comenzó a rondar la idea de ser árbitro. Sin embargo, se desvió del camino marcado y se perdió: "Se me fue la cabeza. Lo que gané en Canadá me lo gasté en un suspiro", se lamenta. Esa espiral de gastos le llevó al borde de la pobreza y decidió emigrar a Madrid. Era 2003. Aquí estuvo setenta días sin trabajo, ahogado pero optimista: "Los paraguayos no nos rendimos. Hay que ponerse un objetivo y creer que es posible. Yo lo hice y lo conseguí". Cierto. Primero fue contratado en una fábrica de pladur y con su primer sueldo alquiló una habitación. Cubiertas las necesidades más primarias se puso un segundo objetivo: arbitrar. Así que cuando reunió el dinero necesario se apuntó a un curso de arbitraje. A partir de ahí todo vino rodado.

Buena base.

Mientras esperaba una oportunidad, pitaba en las ligas ecuatorianas. Allí se comenzó a granjear una fama excelente y, por fin, las puertas se abrieron en 2005: Víctor se convirtió en colegiado de la Federación Madrileña. Actualmente, arbitra en las ligas municipales, pero no se conforma: "Mi objetivo es llegar a Primera, pero primero ir a regionales". Admite ser un árbitro dialogante y difícil de engañar porque "conozco los entresijos del fútbol y nadie lo tendrá fácil para confundirme". Tal vez, el año que viene le veamos dirigir algún partido del Mundialito porque este, a priori, será su último torneo. Pero su vida demuestra que elucubrar con su futuro es algo estéril: "Ahora quiero ser técnico. Mi sueño es llevar algún título a mi país". Él cree que es posible, como cuando soñaba ser futbolista o árbitro...

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El Lugano de Trossero le tentó

En 1992, cuando llevaba sólo uno viviendo en Canadá, Europa llamó a su puerta. Concretamente el Lugano suizo: "Se interesaron por mí y ofrecían 3.000 dólares. El Croacia pedía 10.000, casi nada, y obviamente no hubo acuerdo. La tristeza fue mayor cuando supe que salieron ese mismo año campeones y que el entrenador en esa época era el ex de Independiente, Enzo Trossero. Me tiraba de los pelos". Tras pasar cinco años en tierras canadienses volvió a Paraguay. En esta segunda etapa, recibió ofertas de Argentina pero su cómoda situación le hizo aparcar el fútbol de alta competición.

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