Fútbol | V Mundialito de la Inmigración

Arroyo, el hombre de los 150 millones de sucres

Hace una década, este ecuatoriano era uno de los jugadores más cotizados de su país. Hoy es solador en una obra de Getafe. La crisis económica que sufrió Ecuador a finales de los noventa le empujó a España: "No me arrepiento", insiste. Ahora, revive sus días de futbolista en el Mundialito.

<b>CAMBIO RADICAL. </b>Arroyo ha pasado de ser futbolista a solador en siete años.
Sergio Gómez
Diario AS
Actualizado a

El fútbol es el arte de lo imprevisto. De estar casi desahuciado puedes pasar, en tres meses, a ser campeón de Liga; de protagonizar uno de los traspasos más caros puedes pasar, en siete años, a ser solador en una obra en Getafe. La vida de Tomás Arroyo no ha girado, no, ha dado un triple salto con doble tirabuzón.

Para Tomás, como para muchos niños ecuatorianos, el fútbol constituyó un elemento de evasión. Con él se abstraía de su realidad humilde, y por él huía de la escuela en busca de partidos callejeros. "Me caían buenas broncas por escaparme", confiesa. Fue entonces cuando el fútbol le tendió la mano. A los once años, le llegó la primera oportunidad: "Al verme jugar, el Sporting Bolívar me fichó. Por suerte, las cosas fueron saliendo y, cuando me di cuenta, ya estaba jugando".

Los primeros meses fueron complicados, le costó adaptarse, pero allí permaneció ocho años. Su nombre comenzaba a figurar como una de las más firmes promesas. Fue entonces cuando el Deportivo Quito le fichó. Era 1996 y pagaron por él 150 millones de sucres (unos 36.000 euros), en lo que se convirtió en uno de los traspasos más caros en la historia de la liga ecuatoriana. Conoció la fama, salía en los medios. Vivía bien hasta que la dolarización se encargó de zancadillear a Ecuador y sumirlo en una de sus peores crisis económicas. El Deportivo Quito le vendió al Deportivo Cuenca y allí vivió sus peores momentos.

El sucre inició una devaluación desenfrenada que limpió las arcas de los clubes. Durante un año, Arroyo estuvo recibiendo talones sin fondos: "Ahorré alrededor de 50 millones de sucres, pero cuando fui al banco equivalían a 600 euros. Fue terrible". A sus 22 años, emigró a España, no se lo pensó.

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Nueva vida.

Acompañado de su esposa Olga Beatriz llegaron a Getafe. Al principio, Arroyo estuvo buscando equipos pero la falta de dinero le hizo ponerse el mono de trabajo. Los entrenamientos y los autógrafos dejaron paso al cemento y las jornadas de doce horas. "No me arrepiento de esta decisión. Al principio fue difícil. En la calle veía a ecuatorianos que me reconocían y me preguntaban que qué hacía en España. ¿Qué iba a hacer? Buscar una vida mejor". Siete años después, Tomás y su mujer tienen una casa propia, un coche y a Aitana, su hija de cinco años. El Mundialito se encarga de reconciliar a este joven ecuatoriano con su pasado; se le nota cómodo ante la Prensa. No confía en volver a ser profesional: "A mí ya se me ha pasado el arroz", sentencia. Tal vez, pero el fútbol ya le ha mostrado su gusto por lo imprevisible.

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