El pibe mimado de Bianchi ante el pupilo de Romario
Uno es considerado el emblema de Vélez, el otro encarna a la perfección la fantasía al servicio del fútbol. Ambos se cruzaron en el camino de dos jóvenes que hoy se enfrentan en el Mundialito. Su experiencia servirá para desequilibrar el Argentina-Brasil, algo más que un partido.

Haber compartido vestuario con Bianchi o Romario garantiza, como mínimo, una vejez endulzada por el recuerdo. Ese será el caso de Adrián Leiva y de William Lima, argentino y brasileño que hoy se miden en el Argentina-Brasil. El primero no ve más allá del Mundialito. El segundo desea que éste sea su trampolín. Buscan caminos diferentes, aunque el punto de partida fue el mismo.
Antes de que aprendiera a andar, este joven argentino de 26 años ya tenía su primer balón. A partir de ese momento, su vida cogió una velocidad endiablada. A los once años ya tenía un representante y a los trece llegó al filial del Vélez de Bianchi. Era 1994 y los argentinos habían conquistado la Libertadores. Adrián disfrutaba de los éxitos del equipo desde la lejanía que le otorgaba la edad y la categoría. Pero esa distancia se recortó en un año. El Virrey requería su presencia para entrenarse con Chilavert, el Turco Assad o el Turu Flores. En ese momento, se convertía en el pibe predilecto. "Es normal, era el más joven de todos. Yo sólo quería aprender y disfrutar del momento porque estaba en la gloria", recuerda un Adrián que sólo tiene palabras de elogio para Bianchi: "Me mimaba. Es genial y aprendí muchas cosas. Siempre me decía que tenía que ser paciente, tener los pies en el suelo y eso me ha servido a lo largo de mi vida".
El Virrey le hizo debutar en Primera con 15 años y le utilizó en ocho partidos. Entonces, llegó la cesión al Atlanta, de Segunda. "Buscaban que jugara más minutos", afirma. Pero más que foguearse, Adrián se quemó. La cesión guardaba una opción de compra que el Atlanta hizo efectiva sin el consentimiento de Bianchi: "Habló conmigo y me dijo que no sabía nada", se consuela. En su nuevo equipo vivió un infierno. El presidente les ordenó que no ascendieran por falta de liquidez. Esto desembocó en la espantada de los jugadores estrella. No fue su caso: "Me obligaron a cumplir mi contrato y estuve tres años tirado". Tras dejar el Atlanta comenzó a entrenar por libre, pero habían cercenado su proyección. Adrián dejó el fútbol y emigró a España. Ahora es pintor.
El caso de William es distinto. Creció en las favelas y allí supo escoger la opción correcta. "Si no haces deporte te dedicas a delinquir. El balón ha guiado mi vida", explica.
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Experimentado.
Tras pasar por el fútbol sala, recaló en el Olaría, como Romario. Su velocidad enamoró al Flamengo que le fichó para su filial pero un enfrentamiento con el entrenador acabó con esta etapa tres años después. Rojinegro y díscolo: como Romario. Regresó al Olaría que lo traspasó al eterno enemigo del Fla, al Vasco de Gama... de Romario. "Llegué allí y él daba las órdenes", afirma un William que destaca el papel paternal que ejercía: "Tenía esperanza en mí. Me decía que descansara, que no saliera por las noches". Paradógico. Sin embargo, hace un año se lió la manta a la cabeza y emigró: "Tengo 21 años, mayor para jugar en Brasil. Además, si no tienes padrino, es imposible". Hoy se enfrenta a su primer reto, Argentina: "Nos vale con el empate pero saldremos a por ellos. Será nuestro torneo". Mientras, Adrián sonríe: "Pasaremos nosotros; iremos a matar". El balón está en el aire.




