Copa del Rey | Sevilla 1 - Getafe 0

El imperio del Sevilla

El oficio del doble campeón de Europa le valió otra Copa. Kanouté marcó el gol decisivo. Heroico partido del Getafe al que sólo le faltó el gol

<b>EL GETAFE NO TUVO CONSUELO</b>. En la imagen, Güiza y Pachón aparecen abatidos después de que Rodríguez Santiago señalara el final del partido. En ese instante, los sevillistas se agrupaban en una piña para celebrar su cuarto título, el que se suma a las dos UEFAS y a la Supercopa. Los jugadores del Getafe quedaron abatidos porque no hubo tanta diferencia entre los finalistas. Los distinguió el acierto.
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El Sevilla es muy grande. Ya no es un milagro, ni una eclosión espontánea, ni una curiosidad. Tampoco es una revelación. Esa adolescencia le duró poco. Todo aquello que ponía en duda la duración de esta época de triunfos se ha ido despejando en los últimos meses hasta no dejar, desde anoche, ni rastro ni incertidumbre. Serán años y será imperio. Hace bastante tiempo que el Sevilla pita en las aduanas porque los metales se le acumulan en forma de Copas y medallas. Aquel equipo que creímos bueno es mucho mejor que eso: es campeón de cuerpo y espíritu. Ya no son jugadores, o no es sólo eso: es camiseta y escudo, gente. Es Sevilla Fútbol Club.

Tiene mucho mérito que el Getafe plantara cara a un enemigo así. Diría que hasta resulta heroico su comportamiento. Cuando se recupere del golpe, entenderá que esto fue un máster en las Malvinas, un graduado en Normandías y Waterloos, un aprendizaje brutal que convertirá las lecciones que vengan en clases de costura. Por lo demás, es infrecuente que el novato asalte el trono en su primera incursión. Generalmente, las trayectorias de los campeones se siguen por sus cicatrices. Por eso es hermoso este tajo en el rostro, porque avivará ese recuerdo inalterable que es la venganza en la nevera.

Hay cientos de explicaciones para desmenuzar el partido y completar su autopsia, pero tal vez la más decisiva es que el Sevilla sabía algo más. Conocía, por ejemplo, que el fútbol no es suficiente, que hay otras maneras, ciertos túneles y varios atajos. No hablo de renunciar al juego, sino de completarlo con aquello que resuelve los empates técnicos. No todo es como parece en la superficie. Hay un juego subterráneo y otro que se eleva, hay minutos que pesan más y goles que no se levantan nunca. Hay faltas que minan y faltas que duelen. En conclusión, intimidar antes de ganar. La seducción perversa. La que funciona.

Ante esos universos invisibles, el Getafe opuso resistencia a ras de hierba. Ingenuo y romántico, podrán pensar. Hasta suicida si quieren. No lo niego. Pero valiente y digno, pues esa es la actitud de los equipos ilustres, morir como se vive, con la cabeza erguida y con el balón en los pies. Si de algo puede presumir el Getafe es de que jamás se comportó como un equipo pequeño. Porque no lo es.

A falta de un juego sublime, el partido estuvo cargado de información y acontecimientos. Cada avance deshacía cien cadenas y cada robo cerraba mil candados. Así, la primera mitad fue un mundo entero. Ocurrió de todo, lo previsto y lo que no se podía ni imaginar. Ocasiones, tarjetas, dominio alterno y penaltis en el limbo. Los equipos se fajaron, se retrataron y, al final, de tanto frotarse, se atizaron. Dicen que el roce hace el cariño, pero nadie cuenta lo que hace el cariño. El caso es que la cosa se puso tan caliente que camino de los vestuarios se enredaron Contra y Palop al estilo de los ciervos en berrea. Güiza vio una amarilla por protestar y Schuster se encaró con el banquillo del Sevilla, de naturaleza beligerante.

Lío. El tumulto tenía su origen en lo que había sucedido un par de minutos antes, cuando Del Moral cayó en el área del Sevilla en pugna con Renato. La jugada resultó algo confusa, y si no fue penalti, lo pareció. En bastantes ocasiones basta con observar el estilo de la caída para dictar sentencia y ese desplome no tuvo ni coreografía ni afectaci al contrario, el revolcón fue desmadejado, real.

Si nos referimos al árbitro, se comprende que no estuviera atento a estas sutilezas, más aún si pensamos que este colegiado fue incapaz de ver un palmeo de Messi en un gol del Barça que pudo ser canasta de dos puntos. Tanto como sus errores, lo que desespera de Rodríguez Santiago es que se encuentra en permanente estado de romper algo: de romper el partido o de romper a llorar.

Y esa debilidad, captada por los jugadores, se convierte en un foco continuo de revolución, pues cada protesta da la impresión de tener efecto, quizá no de inmediato, pero sí después. Por eso, a este señor se le escapan los partidos, las manos y los penaltis.

No obstante, la reclamación del Getafe, aunque importante, no puede convertirse en justificación de la final. Ni acabó en eso ni comenzó así. Nada más terminar el himno lalalá, el Sevilla asaltó el partido con la caballería, sin mediar palabra ni conversación. Al galope y agarrando la lanza como los caballeros del Rey Arturo. A buen seguro que entre los planes del Getafe estaba contener esa furia, pero la única estrategia para contener un vendaval es guarecerse y rezar algo.

Si en los cinco primeros minutos el Sevilla sacudió la fortaleza enemiga, en el sexto el Getafe presentó por fin credenciales. Un pase de Celestini cazó a la defensa sevillista en plena retirada y dejó a Güiza en clarísima situación de gol, solo, con metros cuadrados y con tiempo de oro, quizá un segundo, una vida. Intuyo que Güiza lo vio demasiado claro y en lugar de reconocer un camino, descubrió varios. Lo suficiente para distraerse. Cuando quiso darse cuenta, Palop ya se había transformado en anaconda, el balón en la barriga. La parada era buena; el error, imperdonable.

Y fue más imperdonable cuando el destino, cuatro minutos después, cedió el turno al Sevilla. Esta vez, fue un fallo de Pulido en el centro del campo el que lanzó el contragolpe de Kanouté, que cubrió el trecho con unas zancadas tan elegantes que le flotaba el tutú. Cuando llegó a dos metros de Luis García, le batió con la finura de los asesinos exquisitos. Esa es la diferencia, dijo alguien. Y lo repitieron varios.

Lo que siguió fue el dominio del Getafe, durante diez minutos, hasta que Renato puso a prueba los reflejos de Luis García. Entonces, el Sevilla volvió a mandar y repitió esos aguijonazos que no dejan sangre pero que clavan agujas.

Igual. En la segunda parte siguieron lloviendo piedras. Nada más reanudarse el choque se lesionó Luis Fabiano y salió Kerzakhov. Entonces recordamos que el Getafe no jugaba contra un equipo, sino contra dos. Como en los primeros 45 minutos, el Sevilla taconeó sobre el partido, para asustar. Y como sucedió en ese tramo, el Getafe replicó con la insolencia de los rebeldes que no callan ni debajo del agua. Manu encaró a Palop con peligro, pero optó por una volea imposible. A eso obliga un portero tan bueno.

El encuentro se enfangó en faltas y protestas, en todo lo que hace que el tiempo pase más rápido y el fútbol más lento. El perjuicio para el Getafe era evidente, pues perdía su único recurso: jugar. Cruzada la frontera del minuto 60, el Sevilla comprendió que su partido pasaba del ataque a la contención.

En busca del gol, Schuster despejó el banquillo de delanteros y justificó por qué entrenará pronto al Madrid. Salió Vivar Dorado. Y Pachón. Y Maris. El problema es que ya no había balones para ellos, ni redondos ni cuadrados.

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Sólo quedaba un combate, el escenario que había dibujado el Sevilla, maestro del fútbol y aledaños. Eso es la experiencia, encontrar soluciones.

Mientras Rodríguez Santiago se defendía a tarjetazos (roja a Kanouté) el Sevilla celebraba medio título, primero, y tres cuartos, poco después, hasta que lo festejó todo entero cuando pitó el árbitro el final. Jugó así, pero pudo hacerlo de otro modo. De mil modos distintos. Por esa razón el Sevilla es grande y por eso mereció ganar la Copa. A sus pies, campeón.

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