Copa del Rey | Sevilla - Getafe

Chamartín acoge la final de los nuevos tiempos

Adriano es baja en el Sevilla. Schuster, atracción en el Getafe

<b>SALUDO EN EL BERNABÉU. </b>Schuster y Ángel Torres se saludaron ayer en el entrenamiento del Getafe.
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Esta final de Copa es un reflejo de los nuevos tiempos. Hay un fútbol distinto, alejado de los centros de poder y liberado, por tanto, de los prejuicios que despierta el corazón, a favor o en contra, y de las exigencias que provoca el dinero, casi siempre en contra. Tanto Sevilla como Getafe viven en esa época de los prodigios que lo transforma todo en mérito, hasta los estornudos. Y eso ocurre, porque uno y otro han sido capaces de renacer desde situaciones que invitaban más a rendirse que a reinventarse. Hace seis años el Sevilla estaba en Segunda División y hace sólo cinco temporadas el Getafe jugaba en Segunda B. Ese es el milagro y esto es la Copa. Demostrar que la imaginación y la fe, juntas, valen más que el dinero.

Fijada esa coincidencia, hay que admitir que la posición de ambos es diferente. Desde hace tiempo, el Sevilla acompaña el entusiasmo con el currículo: doble ganador de la UEFA, campeón de la Supercopa y aspirante a todos los títulos en juego, nacionales o extraterrestres. Pretendo señalar que el equipo tiene experiencia, confianza y cuajo.

Si el Sevilla ha cumplido la mitad de sus sueños, el Getafe los tiene todos por cumplir. Y eso, que le ofrece la desventaja de la inexperiencia, le otorga el impulso del hambre, de la ilusión desmedida. Pero no hablo sólo de una reacción deportiva, sino de una reacción social. Es cierto que el Sevilla ha despertado a una afición de alcurnia, cálida y colorista, pero en su caso, el equipo de fútbol de Getafe se ha convertido en bandera de una ciudad joven y moderna (156.320 habitantes), como otras que nacieron en el cinturón de Madrid y que ahora consideran a la capital extrarradio y arrabal.

Cuando toca señalar a los héroes, los rivales de hoy vuelven a coincidir. En pocos clubes el trabajo de sus presidentes es tan decisivo, tan insoslayable. Del Nido rescató al Sevilla y Torres reconstruyó al Getafe. Y no contentos, ambos dibujaron un estilo que reúne copistas e imitadores por legión. Si el Sevilla es el modelo de cómo debe fichar un club, el Getafe es quien mejor promociona futbolistas y, sobre todo, entrenadores. La mejor prueba es el Madrid: quiere fichar como el Sevilla y desea jugar como el Getafe.

Notable baja. El repaso a las alineaciones nos vuelve a colocar ante un Sevilla flamante, con la única baja de Adriano, que no se recuperó a tiempo. La ausencia es notable, pero, a cambio, incluye a Navas en el escenario. El chico, que no fue titular en la final de Glasgow, es una tormenta con tendencia al huracán. Por cierto, de aquel once inicial que se enfrentó al Espanyol se caen, además de Adriano, Maresca y Martí. Se confirma, otra vez, que Juande no tiene un equipo, son dos. O tres.

Entre las turbulencias, hay que destacar que el representante de Kanouté ha dejado deslizar que el delantero quiere regresar a la Premier. Del Nido ha querido apagar el fuego mientras se avivaba otro. Empezó Güiza, al decir que el presidente sevillista era "un bocas", y concluyó Del Nido al preguntarse: "¿Quién es Güiza?".

Personalmente, no creo que beneficie al Getafe que se caliente el partido. A su favor jugaba la aparente indolencia (y superioridad) con la que el Sevilla se aproximaba a la final, una intuición que confirmó Juande cuando advirtió públicamente a jugadores, afición y club. Ayer retiró el aviso.

Mientras el mundo gira, el Getafe se mantiene agazapado, guiado por un entrenador que ha acaparado el protagonismo, no sé decir si estratégica o provocadoramente. Schuster también completaría una obra de arte con la victoria, y así desea marcharse. Sin reproches del presidente.

Sin las armas que luce el Sevilla, el Getafe también forma un equipo impecable, más imponente por el conjunto y la memoria que nos refresca que por los nombres. Pregunten al Barcelona. La duda es saber cómo responderá anímicamente al desafío, su primera final, su tren de enganche con el porvenir. Presente y futuro. Ni un vistazo al pasado. Ya comenté que es una final distinta.

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