Raúl engalanó a Cibeles y Beckham la conoció ¡por fin!

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Qué noche. Al final tuvo que ser en el último momento. Fue la Liga Cesarini, la del último minuto, la del último suspiro. Y Cibeles, ¡cómo estaba anoche! Me gustó escuchar a Raúl decir que la iba a poner guapa, y la puso guapísima. Una bandera de España con el escudo del Real Madrid y una bufanda. Cuatro años sin visitarla ya parecían una eternidad. El alcalde le debía una a todos los madridistas por la última vez que no permitió que nadie se acercara provocando un cisma innecesario. Pero el favor no fue completo y sólo Raúl pudo tocarla. Aunque todos hubiéramos preferido que trepara por ella, la hubiera reconquistado, besado y abrazado antes que esa grúa fría, lenta y torpe que tuvo un protagonismo que no se merecía.
Me gustó ver a Roberto Carlos emocionarse sabiendo que también era su último día con una afición que le ha respetado y querido durante once años y a Capello observarlo todo desde la barrera (ayer se perdió la vuelta de José Tomás, pero mereció la pena, ¿verdad, Fabio?). Me encantó comprobar cómo Casillas sigue manteniendo la inocencia de un niño y la pasión de todo un veterano. Disfruté viendo a Beckham cómo miraba a la Diosa. Por fin se pudieron conocer de cerca cuatro años después. Fue en el último segundo, como todo en esta Liga, pero Cibeles pudo saludar al inglés. Y Van Nistelrooy, que se sentía el "hombre más feliz del universo". Mejor o peor, el Madrid ha vuelto, de eso no hay duda. Y Cibeles sonrió más que nunca.



