Yo digo | Mario Ornat

La máquina acabó con los hombres

Mario Ornat
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La energía sevillista en la presión estiró tanto al Zaragoza que lo descoyuntó. Tuvo paciencia y entereza, más un César soberbio en los duelos individuales, pero echó en falta el vigor suficiente para elevar su ritmo y discutir los balones intermedios, los que van tejiendo el partido jugada a jugada. Le costó mucho encontrar alguien que trasladase la pelota a zonas de peligro, así que sus delanteros cayeron con frecuencia en el aislamiento. Hasta el balón de Ewerthon al larguero, sus dos únicas ocasiones eran los tiros de esquina olímpicos de D'Alessandro: uno lo peinó Alves a gol.

La jugada del 3-1 define bien al Sevilla, que alcanza el final de temporada subido en una ola, con una excelencia física sobrehumana que le permite presionar al contrario en su área todo el partido, o pegar un latigazo así en el alargue. Era la máquina contra un grupo de hombres. A ese martillo mecánico, el Zaragoza le opuso los restos físicos y futbolísticos de un gran año. Llega al final justo y su fatiga competitiva le ha adelgazado hasta la alarma las ventajas para la UEFA: un punto al Atlético y dos al Villarreal. Contra el Madrid, otro desatado, y en Huelva jugará dos partidos del año.

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