Primera | Recreativo 2 - Real Madrid 3

El Madrid vive de las proezas

Roberto Carlos marcó en el minuto 90. Antes, Uche había empatado. El Madrid se complicó y volvió a apelar a la épica. El Recre reaccionó tarde.

<b>RUUD: 30 GOLES EN SU DEBUT.</b> Van Nistelrooy marcó su gol 30, incluyendo todas las competiciones. Ha sumado siete goles en las últimas seis jornadas y se consolida como máximo artillero en su primer año en el Madrid.
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Ya no es sólo lo bueno que eres, sino los amigos que tienes, las influencias. También importa quién te quiere y dónde vive, cuanto más arriba mejor. Cuenta el ambiente y cuenta el viento, tanto como el barco o la tripulación. Pues bien, al Madrid no le falta de nada: amigos, áticos, viento, marineros e influencias en las altas esferas, en las más altas, allí donde visten túnicas (blancas) y tiran los dados que tú juegas. Suerte dirán algunos, pero esa justificación resulta una vulgaridad después de 35 jornadas, a falta de tres. El Madrid gana y puede elegir entre el fútbol o la inercia, porque todo le lleva.

Planteado así, habrá que convenir que el gol de Roberto Carlos en el noventa (como otros en ese precipicio) no es una concesión de la fortuna, sino el ejemplo de cómo la voluntad del equipo resuelve el infortunio que significó el empate inesperado, injusto tal vez. Solamente desde este escorzo mental se puede comprender lo que ha hecho Capello con el Madrid, las cartas que le salen, el puesto que ocupa.

Por otro lado, el partido de ayer fue una exhibición de las fortalezas y debilidades del equipo, desde la determinación hasta el despiste, un muestrario de las diferentes formas de manejar la confianza, como revólver que apunta a la pechera del enemigo o como pistola que se dispara en el zapato que calzas.

Con una comodidad asombrosa, el Madrid puso el partido a su favor muy pronto y tuvo varias ocasiones para dejarlo sentenciado y preocuparse por otros asuntos colaterales, como la Bota de Oro de Van Nistelrooy o rebajar su diferencia de goles con el Sevilla (seis), amenaza que le ronda en un doble empate al final del campeonato. No hizo nada de eso, y ni siquiera creo que se le pueda reprochar. Porque para el Madrid no hay más futuro que la vuelta de la esquina y con esa planificación ha llegado a esta colina, la última.

O quizá ocurrió que el verlo tan sencillo dejó aturdido a un equipo que ya sólo sabe nadar entre cocodrilos. Pudiera ser eso. Hace bastante tiempo que el Madrid ha elegido las proezas como modo de vida, desoyendo los consejos de las viejas que somos algunos. El elogio de la imprudencia, así se llama esta película.

Para confirmar que no hay nada aterrador que intimide a este grupo, ni el liderato ni el favoritismo, el Madrid se adelantó a los ocho minutos. El gol fue consecuencia de un magnífico centro de Beckham, que tocó de primeras, como quien pellizcara un cachete (o similar) y huyera después. La pelota que resultó de ese gesto navegó seductora hasta la cabeza de Robinho, que la remató a placer, con toda la comodidad que necesitan los que no están acostumbrados a golpear con la sesera, casi siempre miedosos, por si pierden neuronas o lentillas.

Es imposible decir ahora cómo hubiera sido el Recreativo sin esa puñalada, pero lo que se mantuvo en pie tardó bastante en parecerse a un equipo, no hablo ya del rodillo que se paseó por el Bernabéu una noche de diciembre, hace seis meses o seis siglos, no sé bien.

Es más, si los locales se acercaron a Casillas fue porque aprovecharon los desajustes espirituales del Madrid. Sergio Ramos, Roberto Carlos y, por supuesto, Cannavaro se equivocaron lo suficiente para recordar a sus compañeros que son mortales, no importa quién los dispare. Intuyo que hasta eso puede estimular a un equipo en pleno estado de inspiración.

Recursos.

De cintura hacia arriba, el Madrid continuó descubriéndose músculos. Si el último día fue Higuaín, ayer Robinho ejerció de pólvora y mecha, especialmente en la primera mitad. El rendimiento de Beckham resultó menos sorprendente, porque mantuvo el altísimo nivel de los últimos encuentros. Por momentos dio la sensación de que él se bastaba para vencer en Huelva. Debería marcharse a América en barco, para que le pudiéramos despedir con pañuelos.

A todo esto, el Recreativo estaba perdido, sin centro del campo, y eso despejaba el terreno para los movimientos del Madrid, que encontraba un hipódromo en cada cabalgada. Sólo en los cinco últimos, el Recre logró recomponer esa fractura. Demasiado tarde.

El monólogo madridista continuó en la segunda parte. La única reacción local fue para reclamar penalti de Ramos a Sinama, pero el defensa tocó el balón. Varios avisos anunciaron el segundo tanto del Madrid, en el que colaboró con ahínco el francés Laquait, que nació en Vichy y es decididamente gaseoso. Es extraño, pero desde el primer instante se convirtió en sospechoso sin que para ello le hiciera falta tocar un balón o revolcarse por el césped.

Laquait no tardó mucho en confirmar los temores sobre su persona. Raúl buscó en profundidad a Robinho con un pase que se moría por largo, pero que lo resucitó el portero francés, al embestir al brasileño con inocencia supina. Van Nistelrooy transformó la pena en alegría.

Cualquiera hubiera apostado a que el partido estaba decidido, incluso una amplia mayoría de recreativistas. Sin embargo, algo cambió. Sólo al verse perdido, Marcelino se decidió a ser valiente y dio entrada a Aitor, Javi Guerrero y Uche. La suplencia de este último era una concesión incomprensible que no justifica su probable compromiso con el Getafe.

Hasta que el efecto de los cambios fue patente, el Madrid tuvo más ocasiones. Una de las mejores pasó por Robinho, que disparó fuera, siempre a un metro o a un regate de la jugada perfecta.

Luego llegó el penalti más absurdo que se recuerda en trance similar. Sin peligro que los amenazara, Gago y Ramos derribaron a Uche en una esquina del área grande, con Casillas a tiro de catalejo. Jesús Vázquez acortó distancias físicas y psíquicas.

Resolución.

Justo después de un penalti a Van Nistelrooy llegó el empate. Aitor sacó un córner y Uche fue el único de los habitantes del área que no ejerció de espectador y remachó con rabia. Empate, la Liga en quiebra y la UEFA más cerca de Huelva.

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Pero alguien lo dijo y es cierto: ni siquiera con la soga cuello el Madrid parece condenado. Siempre esperas que alguien acuda al rescate. Y siempre acude. Esta vez, Roberto Carlos. Se había cumplido el minuto 90 cuando Higuaín desencadenó el milagro. Para que la jugada tuviera rango de hazaña se encontró con todos los problemas posibles, rivales y rebotes. Hasta que Gago encendió una linterna y alumbró a Roberto, que marcó exquisito.

La celebración del gol fue apasionada y las risas recordaron a las del Sevilla, poco antes, y a las del Barça, poco después. Debe significar que aún hay Liga.

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