Nada detiene al Madrid
La entrada de Guti impulsó la remontada blanca. El canterano dio dos asistencias, a Van Nistelrooy y Robinho. Maresca había adelantado al Sevilla

Ni se para ni lo paran. El Madrid ha pasado de la fe a la certeza: está en condiciones de ganar la Liga. Y esa transformación merece un estudio, porque no es sólo que el equipo haya recobrado la confianza, sino que también le acompaña el juego, hasta el punto de que se ha hecho perdonar las miserias que vimos y ahora nos cuesta recordar. El Sevilla ha sido el último en sufrir esa metamorfosis que no ha hecho más que recuperar el perfil clásico, la lucha y el ansia, la pasión, el escudo y la gente. El Madrid.
Ganar al Sevilla es una credencial para pelear por el título, porque a ese equipo imponente no le vencieron los fantasmas. No fue así. Desde el primer minuto, el Sevilla estuvo a la altura de su fama: apuesto, alto, serio. Y lo que es más importante: sin miedo. Quizá sea eso lo que más sorprendió, porque hay muchos visitantes ilustres que se afligen en el Bernabéu, o que se deciden tarde.
El Sevilla no cambió el gesto. Salió a por la pelota y la tuvo un buen rato. Dominó en el tramo que suele pertenecer a los equipos locales y rompió el fuego muy pronto, a los dos minutos, cuando Ocio tiró una falta que parecía demasiado lejana, y no lo era tanto. El proyectil silbó cerca de un poste.
Curiosamente, en esos compases iniciales, el Sevilla se inclinaba hacia la banda izquierda, la de Puerta, y apenas encontraba profundidad por la derecha, el territorio de Alves. La razón es que Robinho picoteaba a su compatriota y le desesperaba un poco. Mientras el partido buscaba una definición, ellos mantenían un estupendo combate de pesos ligeros con una enorme influencia sobre sus respectivos equipos.
El Madrid tardó 14 minutos en liberarse de esa manta con la que te cubre el Sevilla. Tuvo que ser de córner: lo lanzó Beckham y lo cabeceó Diarra junto al segundo palo. Medio estadio saltó igual que el rematador, y luego suspiró idéntico.
En ese punto se concentró el acoso del Madrid. En la primera subida de Cicinho se generó una sucesión de oportunidades que se cerró con un buen disparo de Emerson desde la frontal que despejó Palop con apuros.
Tras ese arreón del Madrid, el encuentro volvió a igualarse, equilibrado en virtudes y defectos. En esas condiciones, perder un balón, o robarlo, era una pequeña revolución francesa, guillotinas al vuelo.
Así llegó el gol del Sevilla. Alves montó un contragolpe y Miguel Torres lo cortó con falta (y tarjeta). Ocio puso en juego la pelota y dibujó el primer trazo de la pizarra: buscar la cabeza apostólica de Kanouté. Lo consiguió. El africano amortiguó desde el cielo y el balón aterrizó sobre Maresca lleno de musas. Sólo de esa manera puede explicarse su remate, una media volea espléndida que puede considerarse pariente de aquella obra de arte de Zidane en Glasgow.
El Bernabéu se quedó tan callado que se escucharon sus miedos, los viejos temores. Fue una suerte para el Madrid que faltaran pocos minutos para el descanso, porque el equipo también quedó afectado y confuso, casi noqueado.
En la reanudación, quedó claro que el Sevilla entregaría el balón y buscaría una contra definitiva. En ciertas ocasiones es malo pensar y hacer planes. La irreflexión es la condición de los valientes.
En cinco minutos, los visitantes ya se habían metido en dos líos. Implicado en defensa, Kanouté empujó a Ramos y el árbitro pasó por alto el penalti. Inmediatamente después, Drago le arrebató el balón a Robinho cuando se disponía a fusilar. Y el fuego se extendía.
Los medios. Consciente de que el equipo necesitaba una cabeza para tanto corazón, Capello hizo un doble cambio: retiró a Torres (amonestado) y Raúl (inédito) y dio entrada a Helguera y Guti. El efecto fue instantáneo. Gutiérrez se escapó de Poulsen en el centro del campo y cuando levantó la cabeza valoró todas las opciones. Eligió la mejor, como casi siempre. Van Nistelrooy inició el desmarque y el genio entendió la indirecta. El balón rodó con lazo y el holandés no lo despreció: regateó a Palop y marcó con eficacia y pulcritud. Implacable, como deben ser los tipos que rondan el área.
Guti, que había desaparecido del once titular después de su expulsión en Vigo, se descubría, por enésima vez como un jugador imprescindible, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Es así, y no se puede renunciar a él, al menos, mientras su competencia sólo ofrezca mayor estabilidad mental. Vulgaridades de cuerdos.
A pesar del ciclón, el Sevilla tuvo su oportunidad. Maresca y Kerzhakov trenzaron una jugada magnífica que se resolvió en el área con un pase de la muerte. Eso pareció su centro, mortal, hasta que lo tocó Cicinho con el dedo gordo del pie derecho, ese apéndice incomprendido. Bastó esa uña para que Alves no pudiera rematar con precisión. En ese instante pensamos que por ese fondo había volado la victoria del Sevilla, y quizá también su Liga. Pero todavía se le cruzó un tren más: otro remate de Alves en el segundo palo, casi a placer, que repelió Casillas, el espantatrenes.
Ahí se quedó el Sevilla. El resto fue el Madrid en estado puro, ese equipo que se desencadena como las tormentas. Con Ramos subiendo por la derecha y Cicinho por la izquierda, con Guti a los mandos, el fútbol se convirtió en una ola gigante en dirección a Palop.
Y rompió dos veces. La primera fue consecuencia de otro pase exquisito de Guti, que cuando controla el balón, detiene el tiempo. Y mira. Y ve. Así encontró a Robinho. El pase acumuló todas las dificultades posibles: debió pasar entre las piernas de Ocio y correr sin acelerarse. Perfecto. Robinho concluyó la poesía descerrajando un tiro asesino. Bang.
Locura. A partir de ese gol se desató la locura, local y general. Robinho fue expulsado al ver la segunda amarilla por quitarse la camiseta (la primera la vio por protestar). Si el chico fue un verdadero pardillo, el árbitro se comportó como el doctor Menguele.
Luego fue Aitor Ocio quien desfiló. Su pecado: librarse de Diarra con una llave de judo. El impulso fue imperdonable, porque instauró la bronca total e incontrolable, lo peor para el Sevilla.
Van Nistelrooy tocó el cielo al lograr el tercer gol. Esta vez, cabeceó casi bajo palos un pase de Ramos. Pero en un encuentro tan grande no cabía ni un minuto de desperdicio. Por eso, cuando todo parecía decidido, Chevantón marcó un gol de falta que rescata algo más que el honor, pues inclina el balance directo entre ambos equipos en favor del Sevilla.
Continúa la Liga, pero ya no es igual. No hay descartes entre los candidatos. Hay una carta más. Y pudiera ser un as.
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